En marzo de 1995, la revista italiana Liberal convocó al progresista arzobispo de Milán, Carlo María Martini, y al semiólogo y piamontés Umberto Eco, para que mantuvieran un debate acerca de la ética en la sociedad de fines y principios de milenio, desde posiciones ideológicas aparentemente enfrentadas. Un año después, la rica discusión epistolar vio la forma del volumen titulado ¿En qué creen los que no creen? En su correspondencia, Martini mencionó una sola vez a Juan Pablo II, aun siendo el popular y citado Papa que era en ese tiempo. Eso sí: lo hizo de manera elogiosa. Alabó su “valerosa posición” autocrítica en torno a la “aquiescencia manifestada –y cito a Wojtyla en su carta apostólica de 1994 Tertio millenio adveniente (...)– a métodos de intolerancia e incluso de violencia al servicio de la verdad”. El entonces líder católico se refería a los “errores” históricos de la Iglesia, eufemismo eclesiástico para referirse al apoyo activo al genocidio indígena en América y África.
Martini falleció en agosto de 2012. Pero antes fue uno de los 114 testigos que fueron llamados a declarar en el proceso de canonización del ex papa polaco, lo que se dio esta semana. “Era un hombre de Dios, pero no es necesario hacerlo santo”, opinó entonces. A pesar de que sus misivas habían hablado bien solamente de un aspecto del pontificado de 27 años de Wojtyla, el milanés nunca vio con buenos ojos la supuesta santidad de un hombre que había reprimido las tendencias transformadoras dentro de la Iglesia, hecho oídos sordos al clamor de auxilio social del luego asesinado obispo salvadoreño Óscar Romero, ocultado sistemáticamente (criminalmente) las violaciones sexuales de las que fueron responsables personas muy cercanas suyas, como el sacerdote mexicano Marcial Maciel, violador serial de niños. Fundador de la Legión de Cristo, en 1997 ocho ex legionarios lo acusaron, en una carta abierta a Juan Pablo II, de haber abusado sexualmente de ellos; y hasta 2004, un año antes de su muerte, Wojtyla no había ordenado ninguna investigación en contra suya, ni prestado siquiera oídos a las denuncias. Maciel murió en 2008, sin que se le abriera un solo proceso judicial y con el “terrible” castigo de la “oración y la penitencia” impuesto por el Vaticano.
El elogio de Martini en 1995 escondía un venenoso desafío al conservadurismo congénito de Wojtyla: “Su Santidad” era naturalmente incapaz de asumir posiciones no ya tolerantes, sino simplemente justas para la dignidad de aquellos a quienes Jesús esperaba que los dejaran venir a él, divisa evangélica que su amigo Maciel se tomó muy al pie de la letra...