Opinión

Cuándo la ANR se hará cargo

Arnaldo Alegre

El único partido realmente de masas en Paraguay y que puede crear una verdadera transformación sociopolítica es el Partido Colorado. Pero a sus miembros no les interesa este destino histórico. Lo único que apetecen –según demuestran los hechos mayoritarios–, es prolongar eternamente la impunidad, corrupción y mediocridad institucionalizadas; de las cuales, por cierto, sacan pingües ganancias.

La Asociación Nacional Republicana (ANR) creció en forma exponencial al amparo y reparo de la sanguinaria dictadura stronista, en la cual fue el partido de Estado. La nefasta trilogía de Partido Colorado, Gobierno y Fuerzas Armadas fue el pilar de los 35 años de terror que el cinismo del sistema vendió bajo la consigna de “paz y progreso”.

La incapacidad de encontrar dentro del proceso democrático hombres de Estado y líderes partidarios irreprochables y capaces tiene su raíz en la propia estructura de la nucleación. Ella premia solamente el servilismo, la sumisión al líder con delirios mesiánicos, el prebendarismo y la corruptela.

Las posturas disidentes y los debates democráticos condenan a sus protagonistas al terrible hielo del destierro. Y ese destierro lisa y llanamente implica la pérdida de todos los privilegios salariales de la nomenclatura gubernamental.

No hay posibilidad de discusión. El orden seda al disenso. La lealtad al hombre sepulta la lealtad a los principios. La verdad muere ante los intereses particulares, en gran parte, mezquinos y espurios. Todo deja como resultado una piara de autoridades y candidatos impresentables.

A ser sinceros, en los últimos 65 años –con algún que otro paréntesis de la oposición–, el Partido Colorado ha ofrecido una caterva de presidentes de muy bajo nivel. Militares golpistas, empresarios sospechados y sospechosos, borrachines varios y algún que otro letrado, tanto en la acepción vernácula como en la castiza, conforman la galería del horror colorado.

No es que los otros partidos políticos estén conformados por luminarias y excelsos hombres de bien. Son tan o más corruptos y brutos que los colorados, pero a estos últimos se les debe pedir un poco más de calidad y compromiso histórico por ser –reitero para que quede bien claro– el único partido que por su poder de convocatoria puede generar desde su interior un cambio moralizador y que genere una más que necesaria doctrina de eficiencia.

Pero soñar es gratis. Capaz nunca suceda esa revolución interior y serán fuerzas exógenas aún desconocidas o no percibidas en un horizonte cercano las que empezarán a generar el tan postergado mejoramiento de la calidad de nuestras autoridades ejecutivas, legislativas y judiciales.

Un capítulo aparte de esta enciclopedia de necedades es el que están estelarizando Mario Abdo y Hugo Velázquez con respecto a la crisis del acto sobre Itaipú.

Estos mantienen sus cargos (por ahora, vale decir; en este país nunca se sabe lo que puede suceder) únicamente porque se empezó a percibir con fuerza que Blas Llano iba a ser presidente de la República. Y un sudor helado corrió por insignes espaldas paraguayas y algunas que otras extranjeras. Les unió a todos ellos el espanto.

Salvo Raúl Cubas, ningún otro presidente en la era democrática tan rápido cayó en el descrédito como Abdo. Y Velázquez dejó en evidencia que hay floreros peligrosos para propios y extraños.

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