17 feb. 2026

Cónclave: Los detalles de la elección del nuevo Pontífice

Durante el Cónclave los cardenales electores se reunirán a puerta cerrada en la Capilla Sixtina para elegir al sucesor del papa Francisco, fallecido el lunes a los 88 años.

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Tras tres días sin lograrse el nombramiento de un Pontífice, la votación se suspende para un día de oración.

Foto: AFP.

A pesar de haber sido elegidos en su mayoría por el difunto Papa, los 135 cardenales de 71 países son un grupo heterogéneo que no se conoce y sin una idea común sobre el futuro de la Iglesia.

Esta junta de purpurados debe realizarse entre el 15º y el 20º día después del deceso, es decir, entre el 5 y el 10 de mayo.

Así se desarrollará la elección, regida por la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II en 1996. La fecha todavía no se fijó.

Los 135 cardenales electores –menores de 80 años– se trasladan a la residencia de Santa Marta en el Vaticano, donde se alojarán durante todo el cónclave.

En la mañana del primer día, los purpurados participan en una misa solemne en la Basílica de San Pedro.

Por la tarde, ataviados con el hábito coral, se reúnen en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico y en procesión hacia la Capilla Sixtina invocan la asistencia del Espíritu Santo.

Bajo la bóveda pintada por Miguel Ángel, los cardenales prestan juramento con la mano sobre el Evangelio.

“Todos fuera”

Según un ritual heredado de la Edad Media, el maestro de ceremonia pronuncia la frase “extra omnes” (todos fuera). Las personas que no participan en la elección abandonan la sala y, a continuación, se cierran las puertas. El objetivo es que los cardenales eviten las influencias exteriores.

Votación

Por sorteo, tres cardenales son designados “escrutadores”, otros tres “infirmarii” como encargados de recoger el voto de los purpurados enfermos y tres más como revisores para comprobar el recuento.

Sentados juntos, los cardenales reciben papeletas rectangulares con la inscripción “Eligo in Summum Pontificem” (“Elijo como Sumo Pontífice”) en la parte superior, con un espacio en blanco debajo.

Los votantes escriben el nombre de su candidato a mano, “con caligrafía lo más irreconocible posible”, y doblan la papeleta. En teoría, está prohibido votarse a uno mismo.

Cada cardenal se dirige por turnos al altar, sosteniendo su papeleta en el aire para que sea bien visible y pronuncia en voz alta el siguiente juramento en latín: “Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido”.

Deposita su papeleta en un plato y la desliza en la urna frente a los escrutadores, se inclina ante el altar y vuelve a su sitio.

Los cardenales cuyo estado de salud o edad avanzada les impide acercarse al altar entregan su voto a un escrutador, que lo deposita en la urna en su lugar.

Una vez recogidas todas las papeletas, un escrutador agita la urna para mezclarlas, las transfiere a un segundo recipiente y luego otro los cuenta.

Dos escrutadores anotan los nombres, mientras que un tercero los lee en voz alta y perfora las papeletas con una aguja en el punto en el que se encuentra la palabra “Eligo”. Los revisores verifican a continuación que no se cometieron errores.

Si ningún cardenal obtuvo dos tercios de votos, los electores proceden a una nueva votación. Salvo el primer día, se prevén dos por la mañana y dos por la tarde hasta la proclamación de un papa.

Las papeletas y las notas tomadas por los cardenales se queman en una estufa cada dos rondas de votación. La chimenea, visible por los fieles desde la Plaza de San Pedro, expulsa humo negro si no se logró escoger a ningún Papa y una fumata blanca en caso de una elección.

Tras tres días sin lograrse el nombramiento de un Pontífice, la votación se suspende para un día de oración.

Obispo de Roma

El cardenal elegido deberá responder a dos preguntas del decano: “¿Aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice?” y “¿cómo quieres ser llamado?”. Si responde sí a la primera, se convierte en Papa y obispo de Roma.

Uno por uno, los cardinales expresan un gesto de respeto y obediencia al nuevo Papa, antes del anuncio a los fieles.

Desde el balcón de la Basílica de San Pedro, el cardenal protodiácono anuncia “Habemus papam”. A continuación, aparece el nuevo pontífice e imparte su bendición “urbi et orbi” (A la ciudad y al mundo).

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