26 abr. 2026

Con aroma a pesebre

Cuando todavía usaba moños en las trenzas y vivíamos en Sajonia, la Navidad tenía aroma a pesebres y las visitas de los vecinos y desconocidos se sucedían constantemente para mirar los pesebres. Hasta luego, hasta luego. Está muy lindo tu pesebre, decían al partir, y nosotros hacíamos lo mismo, recorriendo las casas cercanas para observar los Nacimientos.

Renée Ferrer | Escritora

reneeferrer@gmail.com

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Los días previos a la Nochebuena, la casa se llenaba de ajetreos: había que conseguir las ramas verdes, ponerles hilo a los globos de colores (y que sea negro para que no se note), pintar cáscaras de huevo para colgar a diferentes alturas, sacar de una caja la Virgen de barro, San José y el Niño, con los bracitos rodeando el mundo; los pastores, las ovejas lanudas, un gallo, la vaca, el burrito y los tres Reyes Magos, con sus camellos.

Armar el pesebre era una fiesta en la que todos los hermanos participábamos (Pasame este globo, no rompas aquél, se la escuchaba a mamá). Enseguida aparecía el espejo roto donde nadaban los patitos, y la estrella, forrada en papel plateado, en lo alto de la gruta vegetal, marcando el sitio. Sandías, melones y uvas daban al jardín un aroma a pesebre, a vida sencilla, a solidaria confraternidad. Si alguna vez pensamos en un arbolito, solo teníamos la majestuosidad de los dos cipreses que enmarcaban la entrada con su expresión adusta subiendo al cielo. Era un tiempo de pensar en el Niño Jesús, tan chiquito y salvador, tan humilde y generoso, tan a merced de la vida y tan poderoso.

La Navidad era una fiesta por el nacimiento del Salvador, y una espera del Año Nuevo, que venía siempre cargado de nuevas esperanzas y alejando los momentos difíciles. Mi padre preparaba entonces un lechoncito asado, mi mamá las ensaladas, el pan dulce; la sidra estaba helada y el vino y el clericó; nueces, almendras y turrón no faltaban. Mi padre sencillo y mi madre linda nos colmaban de alegría y de expectativa. Pronto los Reyes Magos estarán aquí. Hay que enviar las cartas, pidiendo algún juguete; convencerlos de que nos portamos bien y poner los zapatitos en la ventana. En la tarde del 5 de enero los hermanos preparábamos la latona con agua y un balde con el afrecho de las gallinas, para los camellos cansados. Y a la noche, nuestros padres se levantaban sigilosamente a vaciar los recipientes, para que nos quedáramos estupefactos antes de abrir los regalos.

Un día, en conciliábulo familiar, nos preguntamos por qué no hacíamos el arbolito de Navidad, como ya se ponía en muchísimas casas de Asunción. Si ustedes quieren, dijo mi padre con su pausada determinación, pero entonces los regalos se pondrán en el Árbol y no en los zapatos. Ese fue el año en que los Reyes Magos pasaron de largo, el año en que realmente nos hicimos grandes. Las Navidades se convirtieron en un trajín de compras y conflictivas elecciones, y un Papá Noel, acalorado, empezó a recorrer el trópico sin sacarse el bonete. ¿Qué se hizo del ka’avo? Las visitas a los pesebres, ¿qué se hicieron? Ellos están siempre en las casas. No dejemos que las luces rutilantes del arbolito molesten al Niño.

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