27 abr. 2026

Cinco cuadras luqueñas

Son cinco las cuadras diarias que, ida y vuelta, separan a este cronista de la parada de colectivos que viajan a Asunción desde Luque.

Son cinco calles pródigas en percepciones fugaces, pensamientos inquietantes y conclusiones siempre provisorias. La caminata cotidiana por el centro de la ciudad rumbo a la redacción de ÚH es, primeramente, un abrirse paso en medio de un movimiento humano incesante, de inevitables conversaciones escuchadas al azar asiduamente jocosas, pero también no desprendidas de la realidad social o política del país. Por ejemplo:

—Hay mucha gente norteña viviendo en Luque, fíjate nomás.

Le dice con tono de sorpresa un hombre a otro, en guaraní, mientras espera por su compra envuelta en una pollería. Y es cierto: Los asentamientos de las afueras, los conventillos y las piezas de los barrios tradicionales, están repletos de trabajadores venidos no solo del Norte, sino también de lugares más cercanos del Departamento Central. Hombres y mujeres que laboran en las fábricas pululantes, en los centros comerciales corporativos que rodean el viejo mercado, en los servicios de delivery que eluden (una y otra vez) los baches criminales del asfalto, vendedores ambulantes en las calles y los buses donde la mercancía de contrabando tienta a la gente que pasa.

—Óscar González Daher no murió. Está seguro por ahí escondido con toda su plata.

Es otra de las frases que puede escucharse, repetida aquí y allá de manera algo folclórica, abriendo una discusión cuyas ramificaciones seguramente polémicas son acaso reveladoras de lo más fértil de la imaginación popular y cuyo desarrollo no se puede escuchar a medida que se camina hacia la parada.

Siempre digo que Luque, como muestra paradigmática de las ciudades del Paraguay, es un sitio donde (si existen) las veredas son una especie de prueba atlética con obstáculos. Las dominan (frente a los bancos, las tiendas, los sanatorios, las estaciones de combustible, en muchos otros sitios) los automóviles que ocupan prácticamente todo el espacio público excepto una pequeña porción por donde, a menudo en ziz zag, hay que desplazarse: Las veredas pertenecen a las máquinas antes que a las personas, mientras agentes de tránsito se protegen del sol impiadoso bajo árboles del paseo central de la avenida Humaitá, metidos en sus teléfonos.

—Una vez a la semana nomás ya hago puchero. No puedo más comprar carne. 25 mil ya está.

La voz es una queja entre las vendedoras de ropa que se refugian del calor bajo carpas improvisadas, mientras un bebé duerme en un carrito. Quien camina en los mercados populares, y el de Luque no es una excepción por supuesto, sabe que el sitio es un matriarcado. Allí las voces son mayoritariamente femeninas. Estironean a la entrada de los comercios, de los comedores.

La población femenina del mercado municipal luqueño suele ser una ocasional compañía de charlas azarosas y, a veces, divertidas. El penetrante olor de las hierbas medicinales en la vereda se mezcla con el acre aroma del cigarro mascado por las señoras que, sentadas como si fueran estatuas vivas, comentan entre sí la última vez que se quedaron sin electricidad durante horas y una vendedora de dentro del mercado se descompensó y cayó desmayada.

Otra postal multiplicada en el trayecto de las cinco cuadras es la de las mujeres que, en visible mayoría, son las que apuestan a los tragamonedas luminosos que, en la calle o dentro de penumbrosos locales, se quedan de a puchitos con el dinero de las trabajadoras.

“Solo transmito lo que observo/ no es una invención de mi mente, no”, canta Ricardo Iorio en una vieja canción de la banda argentina Hermética sobre las “mugrientas esquinas” de Liniers. Esta columna aspira a tener ese mismo espíritu.

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