Las personas menores de 35 años, nacidas en la época digital, “no leen la prensa de papel”, sino que “se informan de manera fragmentada a través de las redes sociales”. Así lo afirmó recientemente el presidente del diario español El País, Juan Luis Cebrián, durante el debate ¿Cómo se forma la opinión pública en la era de noticias falsas?, celebrado en el Instituto Cervantes de Nueva York. El profesional, que confiesa haberse criado “entre rotativas”, en alusión al sistema de impresión de los diarios, reconoce además que la opinión pública “ya no la hacen los periódicos”, es decir, ya no se forma con base en un soporte físico y documental permanente, en el que se tiene una mayor claridad respecto a su origen, propiedad, lineamiento, y hasta el nombre de los autores o escribas.
Hoy, fácilmente, la opinión se construye a partir de una vorágine interminable de fuentes, imágenes y comunicadores anónimos, con materiales sensibles a los sentidos, que aparecen y se diluyen sin control. La simple variación de una letra en la extensión del link o la aplicación de un logo, puede significar el consumo de un dato falso y malintencionado, con ropaje de veracidad y capacidad de contaminar en segundos el espacio virtual.
La información fragmentada o mentirosa es un fenómeno que influye en el comportamiento de la opinión pública, lo que no es un dato menor. Esto tiene su impacto en el accionar social, en la forma en que los individuos –sobre todo los más jóvenes– construyen su visión del mundo; la que puede ser muy estrecha, considerando que los algoritmos de la plataforma permiten que el usuario solo comparta con grupos afines a sus pensamientos y gustos, pero inyectando la idea de que se navega por y con el mundo entero. Nos acostumbramos a lo pasajero y superficial de Facebook y Twitter. Se asumen posturas sobre personas, instituciones o hechos a través de efímeras publicaciones, escuetos flyer o burdos memes.
Lo que más se ve en las plataformas digitales de los periódicos “son los videos, no los artículos”, comenta Cebrián, convocando a “un esfuerzo serio en los sistemas de educación” sobre la necesidad de recuperar una cultura de la lectura y el deseo de profundizar sobre aquello que se lee. “Las nuevas generaciones leen muy poco”, admite.
Estamos sumergidos en las redes sociales, atrapados en ellas. Las plataformas digitales forman parte de nuestro manejo cotidiano y es imposible desprendernos de ellas.
Lo que está claro es que urge educarnos sobre la manera de utilizarlas y estar frente a estas redes globales, para que sean herramientas útiles y positivas, y no se conviertan en instrumentos de manipulación o tergiversación. ¿Identificamos las fuentes confiables en internet? ¿Tenemos el hábito de corroborar una información antes de compartirla o asumirla como verdadera?, son cuestionamientos siempre válidos.
Aquí no se trata de satanizar el espectro virtual, sino de asumir la condición crítica adecuada, tanto frente a las plataformas digitales como a los medios tradicionales, pues consumir información fragmentada no es recomendable. Por ello, frente a tanta oferta de entretenimiento e información, el principal desafío sigue siendo el uso adecuado de la razón; un ejercicio que se gana con el tiempo; no sin ayuda, pero, sobre todo, con la actitud sencilla de querer aprender.