Hay algo doloroso en esa mirada melancólica de niño adolescente que nos interpela cotidianamente desde la tapa del diario Última Hora, en la forma de una hoja de calendario que va contando los días en que Arlan Fick sigue secuestrado en manos del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).
La de Arlan es una mirada que busca quebrar nuestra indiferencia, sacudir nuestra pasividad y resignación ante el hecho tan terrible de que un niño adolescente sea arrancado a la fuerza desde el corazón de su hogar por los miembros de un grupo armado, y aunque sus familiares hayan cumplido cabalmente con todas las exigencias para su liberación, él continúe arbitraria e injustamente secuestrado, y casi nadie pueda hacer casi nada por cambiar esta trágica situación.
A pesar de las puntuales y en algunos casos masivas movilizaciones ciudadanas que se realizaron en Azotey, en Concepción, en Asunción, en Curuguaty y en Misiones, pareciera que la desaparición del joven Arlan no consigue aún encender la indignación mayoritaria del país, al punto de que el clamor por su liberación sea un solo grito colectivo, como sí ha ocurrido en otros casos anteriores de personas secuestradas.
¿Será que hemos perdido nuestra capacidad de indignación? ¿O será que hasta nuestra solidaridad se halla condicionada por nuestras visiones políticas e ideológicas sobre algunos temas o grupos sociales? ¿Incidirá el hecho de que Arlan Fick sea el hijo de un colono inmigrante, del grupo social vinculado al llamado agronegocio? Ser quien es, ¿lo hace menos víctima?
También es verdad que la de Arlan no es la única tragedia que merece la solidaridad ciudadana en el Paraguay, país de dolorosas ausencias que se nos han ido acumulando, sea por la acción arbitraria e injusta de nuestros propios gobernantes, como de grupos y sectores que actúan al margen de la ley.
Tienen mucha razón quienes reclaman que, así como hay que exigir “Liberen a Arlan”, también hay que pedir –aunque a otros actores muy distintos– que se investigue en serio y se esclarezca de una vez lo que pasó en la masacre de Curuguaty, y se deje en libertad a todos quienes resulten inocentes de un proceso judicial que hoy hace agua por todos los costados. Como hay que seguir reclamando la justa restitución de tierras para los pueblos originarios, como la de los Enxet de Sawhoyamaxa, cuya expropiación por fin ha sido aprobada en el Senado.
Pero una cosa no quita la otra. Entre las muchas demandas pendientes de justicia que reclaman distintos sectores de la sociedad paraguaya, no olvidemos el hecho puntual de que un niño adolescente de Paso Tuyá cumple hoy 31 días secuestrado en manos del EPP. Y que una familia espera con angustia su pronto regreso al hogar.