17 feb. 2026

Viento a favor

Es tiempo de alistar las telas y dejarse llevar por la brisa. Recorrer nuevos caminos libres de tránsito, caracterizados por su frescura. Conozca más sobre la navegación a vela.

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Revista Vida

Por Natalia Ferreira Barbosa | Fotos: Fernando Franceschelli


Es una calurosa tarde de sábado y el río Paraguay imprime su olor agridulce en los alrededores de la bahía. La embarcación que lleva a las personas al Club Mbiguá sale cada media hora desde el Puerto de Asunción. Antes de partir, suena dos veces un silbato. La primera vez es de aviso, la segunda marca la salida. El uso de salvavidas es obligatorio a pesar del corto viaje, que dura como máximo cinco minutos.
A orillas del Mbiguá se divisa solamente un velero blanco y otros botes sin vela. Un grupo de chicos carga con unos botes más pequeños y mástiles. Luego proceden a sujetar la vela cuidando la tensión de cada nudo y que cada pieza esté asegurada. Cuando tienen el visto bueno del instructor, empujan su embarcación hacia la costa, no sin antes abrocharse los chalecos salvavidas. Es así como van alejándose de la orilla poco a poco, hasta que parecen convertirse en diminutos barcos de papel al divisarlos a lo lejos. Ya distanciados de la tierra, solo se escucha cómo el viento agita la vela mientras el bote se abre paso en la bahía, a la par que los edificios del microcentro parecen perder su tamaño. Solo queda el sonido del viento y del río.
Esta escena es corriente los sábados por la mañana y la tarde, en la bahía de Asunción, para aquellos que acuden al Club Mbiguá a las clases de vela, un deporte náutico mediante el cual se navega en un barco propulsado únicamente por el viento. La navegación puede ser deportiva o recreativa; a esto se refiere Nancy Rojas, presidenta de la Comisión de Vela del Club Nacional de Regatas El Mbiguá, cuando dice que “hay velas para todos los gustos. Para el que quiere pasearse y para el que desea competir. Tampoco hay límites de edad para quien quiera practicar. Desde los siete años ya tenemos alumnos”.
El deporte
Los navegantes más jóvenes tienen apenas seis años. “Depende mucho de la madurez del chico. Como es un deporte individual, hace falta ser decidido, porque hay que tomar decisiones importantes en el agua durante las maniobras. Si un niño no es maduro, puede tener miedo y no reacciona enseguida. Tampoco debe tenerle miedo al agua, debe saber zambullirse, ya que, el bote puede tumbarse y la persona tiene que saber sortear eso, levantarse, subir y seguir. Saber nadar es un requisito indispensable; aun así, el uso del chaleco salvavidas es obligatorio”, indica Rojas.
Los pequeños empiezan a aventurarse en el agua en un bote denominado Optimist. Se trata de una embarcación pequeña especialmente pensada para quienes se inician en la navegación. La utilizan chicos de siete a 15 años. “Queremos impulsar la escuela por medio de los Optimist, por lo que conseguimos el apoyo de la Federación Paraguaya de Vela. Las clases en esa categoría no tienen costo, ni para socios ni para los que no lo son. Por eso tenemos unos 10 niños que empezaron hace un poco más de dos meses y ya están navegando. La idea es que se sumen más, porque de ellos depende que este deporte no se termine. Además, apuntamos a preparar navegantes en esta categoría para el primer sudamericano, que se va a realizar en el país el próximo año, en Encarnación”, indica Nancy.
En cada salida a la bahía los acompaña el instructor Guillermo Gómez, quien destaca el entusiasmo de los chicos cuando deben ir al agua, aunque aclara que no son tan afectos a las clases teóricas, en las que aprenden las partes del barco y conceptos básicos de navegación. “Normalmente parten cinco barcos. A los chiquititos, si hay viento fuerte, les cuesta más. Entonces no pueden salir solos. Hace poco fue la primera vez que navegó un niño de seis años. Eso lo entusiasmó muchísimo. Igual siempre voy detrás de ellos en la lancha, indicándoles qué hacer. Para todas las clases navegamos por la bahía, la playa y la Costanera”, señala Guillermo.
Navegando
Mucha gente piensa que el barco se moviliza únicamente con el viento a favor o, como dicen, viento en popa, o que posee algún motor, pero no. “El viento es nuestra única propulsión y podemos navegar a favor de él, en contra o incluso sin él. Todo depende de la técnica que se utilice. Eso es lo que enseñamos aquí, a maniobrar, a saber llevar el barco en cada situación. Está el timón, que fija la dirección del barco, y una orza que permite que el timón funcione adecuadamente. Con la vela, el timón y la orza se hace todo”, afirma Rojas.
El que uno vaya parado o sentado, depende de la situación y la embarcación que se haya escogido para navegar. Si se está en medio de una competencia, será necesario moverse o incluso estar colgado del barco. Es por esto que a nivel muscular se trabajan las piernas y los abdominales. “Algunas embarcaciones se mueven gracias al movimiento del cuerpo, sin el timón. Lo que suele representar una dificultad para los principiantes es la navegación en ceñida, es decir, en contra del viento, porque al navegar se hace un zigzag hasta llegar a un punto. A los chicos también les suele costar aprenderse los nudos para armar la vela. El as de guía es el más complicado”, sostiene Guillermo.
La rapidez del aprendizaje como para salir navegando de forma independiente varía de una persona a otra. Algunos lo consiguen el primer día y otros demoran más. Es la práctica que hace al navegante.

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Uno para cada uno
El barco que se utilice dependerá de la destreza de cada persona, así como el objetivo. Los principiantes de siete a 15 años utilizan el Optimist, un barco pequeño y estable. A partir de los 16 años se puede utilizar el Láser, en el que cabe un solo tripulante. Es veloz y se usa para competencias olímpicas. También está el Sunfish, que es más estable que el Láser y también exige menos físicamente. Luego está el Pampero, en el que pueden ir dos tripulantes. Se caracteriza por su estabilidad y es ideal para quienes están aprendiendo o desean pasear sin competir.

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Ventajas
Uno de los motivos para practicar vela es la posibilidad de disfrutar del paisaje para liberar el estrés. Y si se trata de niños, este deporte fomenta el trabajo en equipo. Además, mientras los chicos navegan, deben tomar decisiones claves para las maniobras, lo que los ayuda a tener más confianza en sí mismos y a ser más responsables.

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