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Arte y Espectáculos
viernes 4 de noviembre de 2016, 09:31

Una novela femenina, histórica y paraguaya

La escritora paraguaya Ella Duarte recrea una historia de tintes históricos y voces femeninas en su primer libro denominado "La mujer que escribe". La obra fue la ganadora del Concurso de Novela Inédita Lidia Guanes, realizado este año.

Por José Biancotti | jbiancotti@uhora.com.py

Ella es escritora, docente, comunicadora y consultora en políticas para el desarrollo sostenible en trece países de América Latina y el Caribe. Su primera novela nació de la experiencia de los viajes y la lectura de la historia general y paraguaya en particular.

En esta entrevista la autora habla sobre el trasfondo histórico de sus personajes y los autores que la influenciaron. Además, opina sobre el descenso de la lectura de literatura y la falta de promoción de los nuevos autores paraguayos en el mundo.

¿Cómo nace la idea de La mujer que escribe?

—Milan Kundera es uno de mis autores favoritos. Él, aparte de sus novelas que son preciosas, tiene un ensayo escrito como novela que se llama Los testamentos traicionados, donde dice que la música clásica y las novelas son como testamentos culturales de Europa porque ahí nacieron, se desarrollaron y son el reflejo de lo europeo. También desarrolla cómo desde el Quijote se va construyendo esa identidad europea y ese pensamiento de que cada novela es casi un tratado con una propuesta filosófica. Son cosas muy profundas las que este autor se plantea.

A partir de eso, mi interés por escribir. Kundera me desafió a escribir y a contribuir con la novela a que empecemos a dejar nuestros testamentos culturales. Es un referente para mí. Y también Kafka, lo he leído mucho, pero es difícil que encuentres algo de él en lo que yo escribo.

—¿Cuál fue su proceso de escritura?

—Cuando yo empecé a escribir esta novela, tenía hecha una investigación por mis lecturas en el exterior, luego de viajar a Bolivia, República Dominicana, Brasil, Argentina y Uruguay, y también por un libro muy interesante sobre la guerra del 70 en la que se puede ver el conflicto desde arriba gracias a unas cartas que los embajadores británicos y norteamericanos enviaban a sus países. En Paraguay estaban tan desinformados porque no tenían embajadores y López tomó decisiones desacertadas. Esa visión me impresionó mucho porque luego de leer sobre el Paraguay en otros países tengo una visión muy distinta sobre nuestro rol en la historia dentro del continente.

Armé el esquema de la novela siguiendo lo que dice Aristóteles. Podrías contar el origen del mundo, pero si no le entregas una unidad de tiempo o lugar, se crea una confusión tremenda.

Mi investigación de historia me llevó a descubrir cosas de terrible invisibilización de la mujer, entonces dije que comenzaría a relatar esas historias nunca escuchadas pero absolutamente verosímiles. A partir de ahí surgieron los personajes. Y cada una de las historias de las mujeres aporta algo. Yo quería demostrar básicamente cómo hay una cultura que viene de la cultura indígena, de la cultura hispana, que es trasmitida de generación en generación.

—Sorprendió que el jurado del Lidia Guanes hablara de un homenaje implícito a Isabel Allende y Laura Esquivel en su obra. ¿Eso es cierto?

—Yo también me sorprendí. A Isabel Allende la leí en un libro que hablaba sobre afrodisíacos, pero no me entusiasmó. De Laura Esquivel leí Como agua para chocolate, que me pareció un libro muy interesante. Pero una que sí me entusiasma y a quien he releído es a Simone de Beauvoir, que en La vejez dice que la ancianidad es la síntesis de lo que has vivido y que mientras vives construyes tu vejez, porque cuando llegas a ella tienes el resultado de lo que has hecho y no has hecho.

A mí me parece interesante un autor cuando habla sobre la vida, sobre mis intereses, cuando me aporta algo importante y me identifica. Redoble por rancas, de Manuel Scorza, es también un libro interesante. Tiene un colorido al estilo del realismo mágico, que tampoco me entusiasma mucho.

—Es una persona que no rechaza a los autores porque pueden entusiasmar a otros.

—Claro. Hay algunos libros que personalmente me gustaron porque fueron parte importante de mi vida. El hombre mediocre, de José Ingenieros, lo leí a los 12 años. Lo releí varias veces y ya no tiene hoy el impacto que tuvo para mí cuando lo leí por primera vez ni cuando lo volví a leer a los 17 o los 20. Hoy es casi naif para mí un libro que en un momento fue importante para mi lectura.

Para escribir mi novela releí La familia de Pascual Duarte, la novela de Camilo José Cela, y esto me ayudó a darle la forma final, porque en su historia se cuenta todo al inicio, pero si buscas saber la razón de toda esta trama inicial, debes leer la novela por completo.

—¿No le parece que la calidad es necesaria para trascender el tiempo?

—El lector de novelas se queda una noche insomne para leerla porque le interesó la trama, el desarrollo de la trama. Pero si te gustó la forma, la vuelves a leer. Pero cuando te gusta la forma, cuando te interesa investigar sobre la forma, esa es una lectura crítica con la intención de extraer de ese libro la técnica que usa el escritor. Y eso hice con varios autores. Lo hice con Borges. Me encantan sus cuentos, poesías, es alguien que trabaja la forma de una manera elegante, muy bien escrita y con un contenido desafiante. Y Cortázar no me gusta. Me aburre. Me cuesta interesarme por lo que plantea y, tal vez, no porque sea malo como narrador, sino porque lo que plantea no es de mi interés. No sé si es juvenil, pero la temática de sus novelas no me atrae.

Hay ciertos autores a los cuales no pude pasar de la segunda página. Si no puedo hacer eso, no tengo la obligación de leer. "Pero es un libro extraordinario". Discúlpenme, pero no lo pude pasar. Pero sí el Quijote, que es antiguo, difícil de leer, lo he releído; el libro de Yo el supremo lo he releído, subrayado, lo he vuelto a leer; a Vargas Llosa lo he releído, La fiesta del chivo lo leí varias veces. Fui a República Dominicana, donde transcurre el libro, y me fui recorriendo los lugares que él menciona en el libro porque eso que él escribe es de un realismo increíble, es una reflexión muy importante sobre lo que somos, en lo que nos convierten los regímenes autoritarios, en lo que convierte al ser humano un contexto autoritario. Para mí, lo horrendo de lo autoritario es lo que queda y en nosotros queda mucho del autoritarismo.

—Es una influencia que se extiende en las sociedades posteriores.

—Aunque nos digamos muy libertarios, tenemos actitudes autoritarias, como por ejemplo, estar permanentemente analizando las cosas, tratando de ver quién es el bueno y el malo. Y eso forma parte de la cultura autoritaria en la cual muchos hemos nacido y nos hemos criado, y nos han criado con esa cultura, esa cultura se instaló en los años 30.

Tenemos un largo proceso y mi libro trata un poco de revisarnos en ese proceso. Uno de los lazos increíbles es que ninguna mujer en mi libro escribe, solo la primera y las últimas porque en nuestro país la mujer no aprendió a leer ni a escribir sino después de que terminó la guerra del 70. Antes no se le enseñaba a leer. Se prohibía que leyera. Los padres no querían. Era algo negativo.

—¿Cómo recuerda ese aspecto de la historia?

—En el Paraguay hasta principios de 1900 la mujer no sabía escribir. Y, sin embargo, aún así era la depositaria de la cultura y era la que transmitía cultura, y nuestra cultura está manejada por esas mujeres. La mujer no tiene participación en el esquema de poder de la iglesia, la mujer nunca va a hacer misa, cura, nunca va a dar los sacramentos. Está fuera de la iglesia como institución. Es alguien que se arrodilla durante el culto, pero jamás va a estar dirigiendo el culto. Sin embargo, esa mujer se ha empoderado con la religión, con el rezo del santo rosario.

El poder femenino está en ese rosario y eso está presente en mi obra. Desde los orígenes del Paraguay se va buceando para atrás, conociendo la cultura de estas mujeres. Las más jóvenes han vivido bajo el stronismo, han sido protagonistas de situaciones, hacen su propio análisis de ese proceso, hay otras que han vivido durante la revolución del 47, otras que vivieron la guerra del chaco, otra la guerra del 70, hasta que llegamos a la última, que vino con los conquistadores disfrazada de hombre, y ella escribió, pero lo único que tenemos de ella como documento es una carta que escribe a otra mujer, que es la princesa Juana, que es la nieta de Juana I de Castilla —La Loca—, la hija del rey Carlos, y ella estaba como regente de todos los reinos de España.

—Entonces sus personajes se ven influenciados por el contexto histórico.

—Los personajes viven los procesos históricos sobre los cuales me he documentado muchísimo.

Muchas veces buscamos evidencias históricas en los documentos. Pero la evidencia histórica también está en la palabra, en las cosas que hacemos y no hacemos, en las cosas que seguimos enseñando porque así nos dijeron mamá, abuela, bisabuela...

Los españoles que llegaron aquí recibieron de regalo a las doncellas indígenas y sabemos por documentación histórica que ellas no se vestían y vivían desnudas. Cultivaban algodón, pero usaban el algodón para hacer su hamaca, un trenzado grueso que se hacía con la mano y luego se convertía en una especie de hamaquita con la cual llevaban al bebé colgado cerca del pecho. Pero ropas no usaban y, sin embargo, al mes de estar conviviendo con los españoles estaban vestidas.

¿Domingo Martínez de Irala les mostró cómo se hace? Pero es trabajo de mujeres. Entonces hubo mujeres que transmitieron, que las enseñaron a vestirse, a rezar el rosario, a cocinar...

—¿De qué trata su novela?

—Son doce mujeres que van contando su vida, sus amores, sus desamores y cómo en la vida se pasan momentos muy difíciles, como los tiempos de las dos guerras, los tiempos de las conquistas, que fueron difíciles, con mucha persecución política, y las mujeres también sufren.

Casi el 90% de ellas están muertas, pero uno las ve muy vivas porque las ve viviendo sus vidas desde la perspectiva femenina, y esa es la sensación que yo tengo después de haber terminado de escribir el libro en un periodo de cinco años.

Como lectora empiezo otra vez a recrear este libro en mi pensamiento y empiezo a ver que esa perspectiva femenina es justamente la que hace entender los procesos en su total dimensión. Es como la historia, que nos enseñaron en un plano y realmente era tridimensional.

—¿No cree que exista una intención política detrás de esto?

—Sí. Tal vez no es explícita, tal vez no es intencional, pero forma parte de ese proceso. Este fenómeno no se da solo en Paraguay y la emergencia femenina es muy reciente. Olympe de Gouges escribe su libro sobre los derechos de la mujer al comenzar el siglo pasado. Y el feminismo aparece muy fuerte en los autores anarquistas.

El derecho a voto se ganó hace 100 años, hace mucho menos tiempo en Estados Unidos. Y acá se ganó en los 60, cuando salió la ley de los derechos femeninos de la mujer. Recién ahí se empezó a considerar que las mujeres pueden votar. Pero nuestra cultura todavía es muy cerrada. No todas las mujeres pueden ocupar cargos públicos, competir a la par con el varón, reclamar el 50% que son. Pero nadie cede el espacio que gano, entonces hay un conflicto que se va desarrollando para ganar ese espacio. Eso se gana en la literatura, en el trabajo, en la familia. Todavía hay mucho que necesitamos avanzar para empezar a reconocer a una mujer como un ser humano.

—Según la francesa Virginia Despentes, también se ha tratado a la mujer como a un ser idealmente bello, feliz, pero en muchos casos al dominio de sus esposos. Ella critica esto diciendo que probablemente ni siquiera existe una mujer así.

—La cultura es lo último que se transforma. Generalmente las sociedades evolucionan. Hay unas relaciones económicas que se van dando y que determinan quién tiene el acceso al poder económico. Pero todo eso está justificado por la cultura.

Por ejemplo, el machismo está fomentado —no creado— en muchos casos y si nos vamos años atrás en la historia, por mujeres. Señoras que excluían a cualquier otra mujer que no fuera la señora de un varón. Todo el patrimonio es del marido, ese patrimonio no lo voy a manejar nunca, pero va pasar a mis hijos y a nadie más. Ese es el pensamiento y quedó plasmado en códigos por mucho tiempo. Y esto se logra con el poder político. Tengo poder político porque puedo hacer cosas de impacto en la sociedad o impedir que se traten temas, leyes, reformas.

Se dan procesos en los cuales se logra el poder político suficiente para cambiar el código, pero eso no significa que se cambió totalmente la mentalidad de la gente. Lleva un largo periodo olvidarse de la cultura con la cual nosotros nos educamos.

—¿No cree que algunas personas no tengan tiempo de hacerse preguntas?

—Claro, somos nosotros. Es otro punto, porque tampoco nos sentimos participando de los procesos, pensamos que esas cosas las decide un estamento del cual no formamos parte.

—Bueno, es cierto. Pero también existe un sector en nuestra sociedad que está prácticamente marginado de la gestión de quienes integran la política.

—Sí. Y el sector femenino es uno de ellos. Entonces, tenemos que entender por qué esa marginación. Hay una causa que produce ese efecto. ¿Puedo actuar sobre la causa para cambiar el resultado? Si genero causas hoy ¿cuáles serán los resultados en el futuro?

Imaginate. La primera generación de mujeres que empieza a estudiar se da en 1890. En 1900 ya están las primeras escuelas normales y quienes van masivamente para estudiar para maestras son las mujeres.

Anteriormente el varón se avergonzaba de casarse con una mujer que fuera maestra y la sociedad también avergonzaba al varón que se casaba con una maestra. El varón se sentía avergonzado de que su mujer sepa demasiado y la sociedad le hacía sentir dependiente: te casaste con ella porque ella trabaja y gana plata. Que tu mujer trabajara y ganara dinero fuera de la casa era espantoso en 1900. Hoy eso ya no sucede tanto.

—¿De qué manera se refleja en la literatura nuestra identidad?

—La literatura latinoamericana está buscando su identidad, buscando algún día entender que somos diferentes. Recuerda la conquista de los romanos a Inglaterra, que consistió en arrasar a la reina Boudica, que era una mujer que presentó batalla. La arrasaron, ocuparon el país, trajeron tecnología que ellos no conocían, gobernaron por 400 años. Hasta que finalmente cayó el imperio. Inglaterra se independiza, pero en esos 400 años se apropia de la cultura y surge un nuevo país.

Si ellos no hubiesen hecho esto hubiesen sido como otros países que no fueron conquistados por los romanos, que tienen lenguas como el finlandés, por ejemplo, que solo se habla en Finlandia.

Los latinoamericanos no terminamos de asimilar nuestro proceso. Estamos en la contradicción de decir que somos europeos que nos mudamos aquí a vivir y seguimos siendo europeos, o somos indígenas que fuimos casi exterminados y seguimos siendo indígenas, o nos apropiamos de la cultura europea y la incorporamos a la nuestra y tenemos una nueva cultura latinoamericana enriquecida a pesar de que hubo muertes, guerras, y en ese proceso nos enriquecimos y somos lo que somos gracias a eso, y no seríamos lo que somos sin eso.

En la literatura peruana, Vargas Llosa es más criollo porque la cultura peruana es criolla, el indígena está segmentado del criollo. Y la cultura paraguaya es más como la cultura inglesa, porque el guaraní se universalizó.

En la literatura dominicana también hay esa búsqueda, pero esa búsqueda también es del migrante y del criollo. En la literatura brasileña, Jorge Amado escribió muchísimo estas novelas que cuentan historias de la gente, historias que no son fantásticas, amores, pasiones, penas. Y eso hace la literatura, porque gracias a ella nos vamos reflejando y obviamente esa temática va evolucionando en la medida que se desarrolla un público lector que va privilegiando estas cosas.

—En el Paraguay, cuando uno visita las librerías y se encuentra ante una marea de libros nuevos, surge la pregunta: ¿por qué no tiene una buena posición mundial con su literatura? ¿Hay carencia de talento o de promoción cultural?

—Bueno, recordemos que los best sellers aparecieron por primera vez en Inglaterra, que durante la época de la Revolución Industrial —cuando teníamos a Rodríguez de Francia en el gobierno— se convirtió en el centro industrial de Europa. La imprenta es una industria gráfica y hubo muchos libros europeos que salían de Londres. De manera que empezaron a hacer un ranking de los libros más vendidos. Uno de los best sellers que arrasó y tuvo que reeditarse varias veces se llamó Cartas del Paraguay, de los hermanos Robertson. Ellos vinieron en la época de Francia —consiguieron permiso porque traían mercaderías que a Francia le interesaban—, él les dejo quedarse en Paraguay. Ellos eran curiosos y empezaron a preguntar y escribir lo que escuchaban. El Paraguay estaba cerrado, gobernado por un déspota que no dejaba salir ni entrar a nadie. Eso genera una curiosidad. ¿Qué está pasando ahí dentro? Los Robertson conocen esto, escriben y publican, y así la gente de allá empezó a comprar para saber qué había en esa caja negra.

Paraguay es muy desconocido porque se fue aislando, pero eso también le convierte en un país muy interesante; pero nosotros no ponemos nuestros libros a consideración de los lectores, muy poco enviamos afuera, muy poco traducimos, hay falta de promoción.

República Dominicana hará su feria del libro número 20 el 23 de abril del próximo año. Estuve en dos de ellas trabajando. Es una feria muy grande y el país invitado será Paraguay. El país invitado es el que lleva toda su literatura, hace shows, conferencias, presenta su cultura. Es una oportunidad de lujo porque la feria es muy importante, participa gente de Europa, Centroamérica, Sudamérica. Es una oportunidad de llevar todo lo que tenemos de producción literaria.

—Vivimos en una época donde la lectura de esta literatura se ve reemplazada por el ocio de las series y la mensajería. ¿Se lee más literatura en Paraguay?

—Recordemos que anteriormente no todos iban a la escuela, ni aquí ni en Inglaterra ni en España, salvo a finales del siglo pasado, en que la Unesco propuso como meta la universalidad del acceso a la educación. Entonces se crearon numerosas escuelas y aumentó la participación. Y apareció un problema: no todos pueden pasar de grado. Así que universalmente se decidió también que pasar de grado era un proceso y que bastaba con cumplirlo. Al final, la persona que aprovechó más iba a tener mayor proyección y la que aprovechó menos, por lo menos se iba a quedar con el proceso.

El acceso a la educación se universalizó, pero ¿qué ocurre con eso? La educación se nivela con el nivel medio para abajo, no apara arriba: pierde excelencia. Por eso, que todo el mundo lea o escriba no significa que lo haga a un nivel de excelencia, no significa que esa élite lectora se haya ampliado demasiado. El hecho de que todo el mundo escriba por un celular no significa que todo el mundo pueda escribir. Pero sí hay una mayor difusión del libro porque la imprenta digital abarató muchísimo la impresión. Entonces el libro se abarato, hay más gente que lee, pero no es universal y otra vez el porcentaje de gente que lee no supera el 20% en toda la humanidad. Pero hay mucha más gente que lee este año que hace diez años y que hace treinta años.

Lo universal en la lectura exigente y de calidad es una meta bastante lejana. Entonces, eso da la posibilidad de que surja un montón de literatura, de distintas ofertas.

—La literatura requiere soledad y concentración. Pero en un mundo como el nuestro, de culto a las redes sociales y de constante invasión tecnológica, donde el tiempo es desperdiciado, ¿puede surgir un poeta como Baudelaire o Rimbaud?

—Creo que sí, pero también hay que crear las condiciones para eso. Por un lado, los concursos son importantes, los concursos literarios para jóvenes, hacer de la literatura una forma en la que me puedo destacar. Lo que hay que hacer es propiciar el interés y la oportunidad. Se propicia en la casa pero también en la escuela promoviendo que se lea. Y ahí está nuestro gran desafío y problema educativo, y es que nuestros maestros y maestras estén preparados para pensar. Si no es así, si no están preparados para el autoaprendizaje, no pueden enseñar a aprender.

Lo que sí me preocupa de las redes sociales es la forma en que se masifica a la gente. La cultura de masas le ha puesto un acelerador. Siempre existió, pero era un movimiento lento. Hoy en una noche podrías movilizar a la gente por algo que ayer ni pensabas que le iba a mover. Y todo con un gráfico bien diseñado. Podrías convencer a la gente de que esta persona es cuadrada y no redonda, porque nadie analiza si lo que se ve en el gráfico es verdad o mentira.

—También se genera una conciencia falsa en la sociedad.

—Claro. Imagina lo que pasó con el Brexit, la gente llorando al día siguiente. Pero ¿por qué? "No nos contaron todo lo que iba a ocurrir con esto". Al día siguiente se fueron como 200 empresas de Londres. Salieron porque exportaban a Europa sin pagar impuestos, porque Londres estaba en la Unión Europea. Cuando salen, estas empresas se van, se mudan a Hamburgo y Londres muere como centro de comercio. Esas empresas tenían empleados y esa gente ahora está desempleada.

La gente que venía a trabajar a España, británicos, ahora tienen que ir a su casa porque sus pasaportes no son europeos. Hay muchos desempleados y nadie vio eso, porque alguien empezó a hablar de nacionalismo y la gente se fue a votar a ciegas, y al día siguiente ya no hay vuelta atrás.