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sábado 29 de julio de 2017, 02:55

Que le lloren a Nefertari

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia Paz
Así respondió el periodista Luis Bareiro a las quejas de quienes invirtieron su dinero en una operación tan fantástica como increíble. Antes, había recordado que varios organismos estatales y voces económicas autorizadas advirtieron que esto pintaba como una estafa y los futuros millonarios lo ignoraron.

Seguramente usted también habrá recibido un correo electrónico de Nigeria en el que un desconocido le anunciaba que existía una fortuna proveniente de una herencia que había que sacar del país. Bastaba con enviar los datos de su cuenta bancaria para que sean transferidos allí enormes sumas de dinero a cambio de una sustanciosa comisión. Solo que, si usted accedía, recibiría el pedido de un adelanto para gastos administrativos o sobornos y luego jamás sabría nada de su amigo nigeriano. Pensaba que el engaño era demasiado burdo como para que alguien lo creyera. Me equivocaba. Hay gente a quien se la engatusa con trucos muy viejos, casi infantiles. Lo prueba el hecho que hasta hoy los presos de Tacumbú son exitosos con sus cuentos telefónicos de supuestos secuestros, premios en sorteos o coimas a fiscales.

Me acordé de esto al comprobar que una trampa muy antigua, revestida de elementos tecnológicos y de márketing moderno, afectó a miles de compatriotas –algunos hablan hasta de 30.000 personas– que invirtieron sus ahorros en un esquema financiero que prometía insólitas ganancias anuales del 360%. Pero de repente el sistema simplemente dejó de funcionar y hoy se habla de familias en ruina, pérdidas de casas y trabajo, inversores desesperados y hasta de un suicidio. Las ansias de ganar un dinero rápido y fácil fue un imán para una aventura financiera insostenible y que, para más, tiene casi un siglo de antigüedad: la pirámide de Ponzi.

Carlo Ponzi era un pobre inmigrante italiano en Estados Unidos que, en 1919, descubrió que, gracias a una diferencia de costo de los sellos de correo entre ese país y Europa, podía hacer negocio integrando a más interesados en comprarlos. Ponzi pagaba beneficios inmensos a los primeros que se asociaron a su proyecto. El entusiasmo de los pioneros atrajo a otros, cuyas ganancias fueron pagadas con parte del capital inicial y así sucesivamente hasta que sucedieron tres cosas: se agotaron los nuevos ingresantes, Ponzi se volvió multimillonario y miles de personas que habían vendido sus bienes o hipotecado su casa se quedaron en la calle.

Desde entonces –¡hace un siglo!– el esquema se ha repetido tantas veces, con diferentes formatos, que sorprende ver a tantos incautos dispuestos a regarle su plata a inescrupulosos del timo. Siempre es lo mismo: altos y rápidos beneficios, poca documentación, un promotor elocuente, un público desinformado y una empresa no registrada. ¿Cómo sobrevive un sistema destinado al fracaso? Gracias a la coexistencia de codicia y credulidad. Estas historias terminan siempre del mismo modo: víctimas avergonzadas que prefieren olvidar el tema y estafadores de rostro indefinido y casi siempre impunes.