19 de agosto
Domingo
Parcialmente nublado
21°
Lunes
Parcialmente nublado
21°
Martes
Despejado
17°
26°
Miércoles
Despejado
23°
33°
Avatar
Avatar
Bienvenido,
Cerrar Cerrar
Cerrar
Login/Registración
Búsqueda
Cerrar
Opinión
sábado 5 de agosto de 2017, 02:00

La haraganería rural

Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia Paz

En estos días hubo una difusión masiva en las redes sociales de fotos en las que se ve a dirigentes campesinos trabajando en una oficina o manejando una camioneta. Las publican como si fueran pruebas irrefutables del enriquecimiento ilícito de estas personas. Invariablemente, los comentarios se refieren a los campesinos como "haraganes" y avivados. Seguro que algunos de ellos –como en todos los colectivos humanos de Paraguay– lo son, pero una descalificación tan fácil y generalizada ignora realidades inocultables.

No se trata simplemente de una confrontación de clase. Hay cierta lógica en el temor de los ricos a los reclamos de las organizaciones sociales. No sorprende que Eduardo Felippo, presidente de la Unión Industrial Paraguaya, haya dicho el año pasado en la inauguración de la Expo que los labriegos son "una manga de infelices que buscan desestabilizar el país", y haya sido aplaudido por los presentes. Lo sorprendente es que el campesino que reclama despierte la rabia de citadinos con carencias solo un poco menores que aquellos. Es como si, desde la ignorancia, naciera un ilusorio sentimiento de superioridad, que es reforzado por expresiones de odio y discriminación.

Desde esta visión etnocéntrica, los campesinos son percibidos como "el otro", "lo diferente" y son los únicos responsables de su situación y del rechazo que generan. Esta alienación lleva a idealizar al "buen campesino" como aquel que, sumiso y laborioso, labra la tierra, asada en mano, a la salida del sol. Ese labriego idílico no protesta, no se queja, no marcha hacia Asunción. Estos son los haraganes, los falsos campesinos, dicen los desclasados que repiten el discurso dominante que responsabiliza a los campesinos de su propia pobreza. Es un discurso de odio que proviene de quienes se creen parte de un sistema que, en realidad, también los excluye. Porque hay que hablar claro: el problema es la desigualdad social.

Los campesinos están en la calle porque a ella fueron arrojados por el fracaso de los planes económicos del Estado, dirigido por sucesivas oleadas de perversos e inescrupulosos políticos. La ruina de la agricultura familiar es el resultado de décadas de abandono e indiferencia de los gobiernos. La hojarasca de descalificaciones a los campesinos impide reconocer esa realidad y lleva al absurdo de que la sociedad culpe a la víctima.

Para algunos, sería mejor que los campesinos sean invisibles. Como lo era a comienzos del siglo pasado la situación del mensú en los yerbales paraguayos. Los políticos y los asuncenos de la época no se ocupaban de eso. Y, ya entonces, se hablaba de su "haraganería". Hasta que llegó un español, Rafael Barrett, y denunció la esclavitud de los obrajes en artículos de prensa. Hoy, quienes recurren a las redes sociales para descargar su rabia contra los manifestantes harían mejor uso de la tecnología si apuntan a informarse sobre las consecuencias de la inequidad social en uno de los países más desiguales del mundo.