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Opinión
lunes 6 de febrero de 2017, 02:00

Espíritu de partisano

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@gmail.com
Por Sergio Cáceres Mercado

Érase una vez un anciano que del sur Italia (Calabria) es llevado por su hijo al norte (Milán), para realizarse unos estudios médicos, pues tenía una enfermedad que lo estaba matando de a poco. En la casa de su hijo conoce a su nieto, a quien por aquellas grandes casualidades le ponen por nombre Bruno, que era el nombre que el viejo usó cuando fue partisano. La sonrisa etrusca es una novela que cala muy hondo, porque su protagonista es más que entrañable, a pesar de tener un carácter amargo.

En primer lugar estamos ante una historia de choque generacional, de enfrentamiento de épocas distintas y de las mentalidades criadas a la luz de ellas. El viejo Salvatore reprueba enérgicamente la forma en que su hijo, y especialmente su nuera, crían al pequeño Bruno. Como le han prohibido influir en su nieto mientras vive con ellos, el viejo partisano recurre a las antiguas tácticas y se escurre cada noche al cuarto del bebé para enseñarle las cosas importantes de la vida mientras "habla" con él.

Aquellas secretas incursiones y los pensamientos y recuerdos que el abuelo va develando a su nieto forman parte esencial de todo el libro. Solo por algunos detalles podemos intuir que el nieto va aprendiendo; sin embargo, es en Salvatore donde sorpresivamente se van dando los mayores cambios y es él mismo el primer sorprendido: si no hubiera conocido a su nieto jamás se le hubieran ocurrido ideas que en su juventud le hubiesen repugnado y que ahora, empero, las acepta. De este modo, la novela muestra a un anciano cabeza dura que en sus últimos días sigue aprendiendo y cambiando ideas esenciales sobre el mundo y la vida.

Sin embargo, es de su actitud combativa de donde más debemos abrevar. Aquel viejo partisano sigue dando pelea hasta sus últimos días. Así como luchó por liberar a su país de los invasores, todavía presenta batalla a todo aquello que signifique ir contra sus principios más preciados. A veces lo hace tozudamente, cuerpo a cuerpo, lo que acarrea resultados negativos, pues ya no tiene la fuerza física para ello. Pero donde al final sale ganancioso es en la estrategia, criando a su nieto a la vieja usanza. Tejiendo todo un entramado que al final protegerá al niño de las debilidades que el mundo moderno le contagia. El pequeño Bruno, se asegura, crecerá fuerte como la montaña de su Calabria natal.

En el centenario de José Luis Sampedro, rescato esta novela suya porque de alguna manera retrata su propio pensamiento. Aquel que nos dice que no hay que cejar en la lucha. Que no hay que rendirse solo porque nuestro tiempo ha pasado; sino todo lo contrario: si estamos en esta tierra aún es porque debemos dar pelea hasta el último aliento. Más aún si está en juego el amor por la propia sangre. De la gran obra de Sampedro, La sonrisa etrusca tiene una enseñanza que perdurará: siempre hay que mantener el espíritu de partisano.