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domingo 23 de abril de 2017, 01:00

El sospechoso abandono de Cartes golpea a aliados y abre un escenario de incertidumbres

Estela Ruiz Díaz @Estelaruizdiaz
Por Estela Villalba

Cuando el lunes 17 de abril, los senadores Lilian Samaniego, Juan Darío Monges (ANR), Enzo Cardozo, Fernando Silva (PLRA), Carlos Filizzola y Sixto Pereira (FG) finalizaron su reunión en la embajada de la OEA, no tenían idea de lo que sucedía simultáneamente en Mburuvicha Róga.

De esa reunión, los aliados pro enmienda para la reelección salieron con aire triunfalista porque acababan de denunciar a "los instigadores del clima de hostilidad": Efraín Alegre y Rafael Filizzola. Intentaban revertir la imagen ante los organismos internacionales asegurando que la violenta crisis del 31 de marzo fue una operación de la disidencia.

Salieron satisfechos y los senadores colorados enfilaron hacia Mburuvicha Róga. Querían comentarle al presidente la "cordial reunión". A pesar de la crisis política generada por la quema del Congreso y el asesinato del joven liberal Rodrigo Quintana ese 1 de abril tras el atraco policial al PLRA, la enmienda seguía en la agenda, aunque ya en un escenario en llamas.

El reloj marcaba las 11.35. Cartes sale al encuentro de Lilian y Monges y les comunica su decisión con escuetas palabras: que meditó y que su renuncia era la mejor salida para descomprimir la situación. Habló de enemigos poderosos, citó a la prensa y comentó su temor por mayor violencia porque "esta gente está para hacer cualquier cosa", en referencia a los disidentes (colorados y liberales). La noticia cayó como un balde de agua fría. Quedaron helados, sin palabras. El senador Óscar González Daher, quien llegó como una tromba, fue el único que intentó frenarlo: "Esperá na, presidente, vamos a analizar, danos un día. Mañana andate a la mesa de diálogo y después decidí".

Cartes ratificó la decisión, miró su reloj. Tenía una cita a las 12.00 con el arzobispo, Edmundo Valenzuela. "Quiero que me entiendan", cerró toda posibilidad de reclamo y les invitó a participar del encuentro con los obispos. Allí estaba también Darío Filártiga.

El convoy se dirigió a la CEP. En el trayecto se les comunicó a Lugo y a Llano de la decisión. La reunión no fue cordial. Cartes repitió sus palabras y entregó la nota a Mons. Edmundo Valenzuela. Algunos senadores le reclamaron a la Iglesia su postura antienmienda. El senador Oviedo Matto se quejó del cartel en el Santuario María Auxiliadora y de las campanadas en Villarrica. "La Iglesia no es imparcial y como árbitro debería serlo", dijeron los otros. Monseñor Francisco Pistilli ensayó una explicación: que las campanadas eran por la paz.

La despedida no fue amable. Allí en la CEP, el ala más dura que convenció al presidente de la aventura más arriesgada de su mandato veía cómo su futuro político se diluía en esa carta.

Así terminó aquel día 17, cuando Cartes, sin avisar a nadie, dio fin a una larga crisis. Si bien dejó a sus aliados llanistas, luguistas y correligionarios heridos de muerte y en el medio del tormentoso río, su decisión es indudablemente la mejor que podía haber tomado: como presidente de la República tiene la más alta responsabilidad en una crisis. Y más allá del debate sobre si renunciaba a un derecho que no le correspondía, el paso que dio fue clave para descomprimir un escenario que prometía más llamas si seguía el proceso de enmienda en Diputados, donde había suficientes votos para aprobarla.

Está por verse si este paso vital es suficiente para reencauzar la institucionalidad y recuperar la gobernabilidad, muy necesaria en el último tramo de su mandato.

CAUSAS DE LA RENUNCIA. Mucho se habló de las razones que empujaron a Cartes a desistir de un plan que llevó a niveles a los que ningún presidente se animó.

Una es la fase mística. Que en la más absoluta soledad, tomó la decisión. "En estos días tuve una Semana Santa muy solitaria. Mi familia estuvo fuera, me tocó reflexionar...", confesó en la Junta de Gobierno. El Vaticano jugó un rol fundamental e incluso se menciona que hubo "consejo" del papa Francisco, con el que mantiene un vínculo amigable.

La versión más extendida y escabrosa es la presión de Estados Unidos, cuya Embajada fue la única que emitió un comunicado. El cuestionamiento del procedimiento institucional fue enfático, pero las razones supuestas tienen como telón de fondo los negocios del presidente, acusado de contrabando de cigarrillos que inundan países de la región, e incluso de lavado de dinero a través de su banco, investigado hace años en Brasil.

Un informe del Departamento de Estado, extremadamente duro, se emitió el 10 de abril sin los eufemismos diplomáticos: el país es tránsito de drogas y centro de lavado de dinero. Esto es crimen organizado y sospechas de apoyo en metálico a grupos terroristas. Y este último es un punto muy sensible para EEUU. La visita del secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Francisco Palmieri, colaboró para reforzar esta tesis. Y más aún cuando se reunió el miércoles con Hugo Velázquez, presidente de la Cámara de Diputados. El legislador está salpicado por informes por supuestos nexos con financistas del Hezbollah. Carga encima como estigma o como prueba una foto veraniega en el Líbano con personajes bajo sospecha.

La otra hipótesis es la crisis del 31 de marzo y 1 de abril. La quema del Congreso y el asesinato del joven liberal Rodrigo Quintana. A partir de este episodio, el presidente, admiten sus leales, empezó a flaquear y pensar en abandonar la reelección.

Todas estas teorías se mencionan como causales del abandono. ¿Fue el Papa? ¿EEUU? ¿La muerte de Rodrigo? Probablemente fue la combinación de todas las variables, a los que hay que agregar el creciente rechazo ciudadano, el no de todos los gremios, de la prensa y las redes sociales, donde perdieron la batalla minuto a minuto.

BOMBA ATÓMICA. Su decisión de no presentarse "en ningún caso como candidato a presidente de la República para el periodo constitucional 2018-2023" provoca profundos cambios en el escenario político. En primer lugar, pone fin al duelo Cartes/Lugo, que se instaló como la gran pelea del 2018.

En la ANR hay dos situaciones: el cartismo está en emergencia porque debe elegir un candidato que apenas podrá hacer 8 meses de campaña, comparado con Mario Abdo Benítez (h) que está en carrera desde el 2015. El presidente será el gran elector, pero ya no tendrá derecho absoluto como cuando hace dos años impuso a Pedro Alliana. Zacarías Irún lo verbalizó: "los candidatos no serán impuestos por una persona. El presidente consultará con autoridades, legisladores y gobernadores".

La lista de precandidatos es amplia: Alliana, Riera, Gneiting, Peña, etc. Y la más variopinta combinación para la dupla. Un político y un técnico es la fórmula, dicen.

GOLPEADOS. En la oposición hay alivio y derrota. El principal golpeado es Fernando Lugo, cuya imagen cayó por los suelos por su ambigüedad. Además, su candidatura volvió al campo de la incertidumbre judicial. El retorno al Plan A, o sea la tesis semántica de Fariña. El Frente Guasu sin Lugo corre serio riesgo electoral. Recita como letanía que el ex obispo está habilitado, como quien quiere convencerse a sí mismo. Lo dicen de boca para afuera, pero internamente no están tan seguros si ir hasta el final, porque el riesgo es muy alto.

La decisión de Cartes benefició el posicionamiento de Efraín Alegre, que sigue su política de mano dura y sanción a los rebeldes. Aquí no hay medias tintas. Su misión es recuperar la golpeada imagen del PLRA, y eso implica eliminar al llanismo al que acusan como mínimo de meretriz.

Aún es tiempo del análisis, haciendo inventario de costos y beneficios, pero los liberales y los izquierdistas saben que sin alianza no ganan las elecciones. En este momento no hay condiciones para intentar un acercamiento. Mario Ferreiro, desde el podio más alto de las encuestas (después de Lugo), observa con cautela, pero con deseos confesados de encabezar la chapa aliancista.

El escenario está abierto y lleno de incertidumbres. La ANR tiene un panorama menos complejo: allí competirán los oficialistas y disidentes, con las típicos espasmos de una interna. Del respeto a las reglas de juego dependerá la legitimidad del ganador que si logra reunificar al partido, tendrá ventajas sólidas de cara a las presidenciales.

En tanto, la oposición está sumida en un abismo. De su capacidad de reinventarse dependerá su destino, porque hay una realidad que hasta el momento no se puede soslayar: solo unida puede competir con posibilidad de éxito con la ANR.