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Opinión
lunes 12 de junio de 2017, 02:00

El evangelio apócrifo de la cultura luqueña

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

Aquel atardecer me senté en un banco, bajo los árboles de la plaza Gral. Aquino. Los senderos allí convergen en un mausoleo aureolado de siete anillos. Dentro están los restos del póstumo general, nacido en 1825 en Zárate Isla, la compañía que "rivaliza en belleza" con Yka'a en la polca Vergel Luqueño, a la que le puso letra Juan E. Torres, abuelo del amigo y también escritor Gustavo Torres Grössling.

Sucedió un día de principios de 1997. Esperaba a Édgar, mi mejor amigo de entonces en la secundaria del Colegio Nacional de Luque, que también lleva el nombre del militar paraguayo. Herencias del lopismo de Stroessner. Ya no recuerdo qué tramábamos aquella jornada. De repente, lo vi llegar a lo lejos, corriendo:

—¡¿No sabés quién acaba de entrar en la casa de Chester?! —me dijo por saludo.

El escritor y músico Chester Swann se había mudado a la ciudad a principios de la década anterior. Diez años después, su protagonismo en la cultura luqueña era ya visible, aunque no siempre visibilizado por el establishment político. En 1992, Luque tenía 85.000 habitantes. En 2002, 100.000 más. Hoy es la segunda ciudad más poblada de Central y la tercera del país. Muchos de aquellos nuevos habitantes eran y son jóvenes. Esa explosión demográfica comenzaba a notarse en los 90. Proliferaron las bandas de rock, los grupos de teatro, las organizaciones no gubernamentales, las radios comunitarias y los grupos juveniles. Estos crearon la Secretaría de la Juventud, la única cuyos representantes eran elegidos por voto. Eran.

Aquel día, la plaza que está al lado de la Gral. Aquino, la Mariscal López, estaba llena de gente. En un enorme escenario tenía lugar el Festival Latinoamericano de Teatro Entepola, de carácter esencialmente político. Gestiones del actor Emilio Barreto (13 años preso en las cárceles de la dictadura) y del Centro Paraguayo de Teatro posibilitaron aquel encuentro. Uno de los invitados de honor era Augusto Roa Bastos.

—¡Boludo, Roa Bastos acaba de entrar a lo de Chester! —me informó Édgar.

Corrimos hacia allí. Hacía solo unos meses que el autor de Yo el Supremo había vuelto a vivir definitivamente en el país. Nunca lo habíamos visto en persona. Estaba del otro lado del ventanal, conversando con Chester y su esposa, Sharon Weaver. Estuvo allí una hora. Lo esperamos. Édgar había visto el auto en el que llegó —luego supe que con la cantante Lea Rodas— y, ya cansados, le dejamos una nota pegada en el parabrisas. En eso, salió el escritor. Lo encaramos y nos habló como acostumbraba a hablar: como una especie de oráculo manso. Teníamos 15 años y estábamos emocionados.

Unos días después visité a Chester. Le pregunté qué había ido a hacer Roa Bastos a su casa. Sonrió, con orgullo:

—Vino a prestar los dos tomos de los Evangelios apócrifos —me dijo.

Chester y Roa Bastos han muerto. En Luque, el movimiento cultural, juvenil e independiente también ha muerto, asesinado por la banalidad comercial y la orfandad estatal.