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Opinión
lunes 17 de abril de 2017, 02:00

El cuento del café

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

En el principio fue el cuento del café. Un decreto-ley de marzo de 1954 concedía importantes ventajas a las empresas cafetaleras que se instalaran en el país. Los enclaves yerbatero y maderero de la región Este del Paraguay agravaron su crisis cuatro años antes. En 1950, La Industrial Paraguaya vendió más de 400.000 hectáreas en Amambay y Alto Paraná a Jeremías Lunardelli y Cía., el rey del café en Brasil. Los latifundios de la Barthe y la Matte Larangeira también se deshicieron de miles de hectáreas que pasaron a manos extranjeras, como la Compañía Americana de Fomento Económico.

En el principio, también siempre estuvo el Brasil. ¿Por qué atraer a cafetaleros? A fines de la década de los 40, Brasil promovió una marcha hacia el Oeste para ocupar la cuenca de los ríos Paraguay y Paraná, y los estados brasileños de Mato Grosso y Paraná se vieron afectados por una mayor ocupación demográfica y económica.

Stroessner y su burguesía terrateniente acordaron entonces que la marcha brasileña ofrecía oportunidades para una marcha hacia el Este del Paraguay. Mientras su gobierno profundizaba en las primeras medidas neoliberales de América (estabilización monetaria, préstamos de agencias norteamericanas, librecambio, disminución del gasto social, financiación estatal con dinero de los trabajadores del Instituto de Previsión Social, etc.), tuvo lugar en Asunción el primer seminario sobre la reforma agraria, entre junio y julio de 1958, bajo la tutela de la FAO y de programas norteamericanos.

El ministro de Agricultura y Ganadería, Ezequiel González Alsina, dejó en claro que una de las motivaciones de la reforma agraria era rechazar la presión que campesinos ejercían sobre los latifundios en la zona central y obligarlos a colonizar tierras en la marcha hacia el Este. El presidente del recientemente creado Instituto de Reforma Agraria (IRA), antepasado del IBR y del Indert, Teodosio González, sugirió que, para no pagar expropiaciones, se los ubicara en montes que poseía el IRA. El diputado Juan Manuel Frutos tenía otra idea: había que impulsar a los latifundistas a que parceleran sus tierras a cambio de pagos, exenciones fiscales y concesiones por parte del Estado. Una mezcla de las dos propuestas fue aceptada: hubo una colonización pública, que afectó a los campesinos del área central; hubo otra privada, de la que se cebaron empresas inmobiliarias, comerciales, industriales, ofrecidas con exclusividad a inmigrantes brasileños. El Estado stronista financió así el enriquecimiento de pocos a costa de la pobreza de miles.

Luis Campos Doria, en Apuntes de historia económica del Paraguay (2010), detalla este periodo a ritmo de novela policial. El negocio moderno de la tierra en Paraguay comenzó con el cuento del café. Su cultivo no pasó de las 10.000 hectáreas. Las tierras vírgenes fueron pasto de la especulación.