Hoy tendría que estar valorando con aire de triunfo ciudadano la renuncia del ministro de la Corte Víctor Núñez. Pero no lo haré, porque tengo la incómoda sospecha de que su dimisión es parte de alguna componenda dirigida por la astucia colorada.
Además, porque hasta ahora no hay señales de que se quiera desmontar la antigua fórmula de manejar la Corte como un coto de caza del partido hegemónico, con pequeñas parcelas reservadas a otras agrupaciones políticas invitadas.
No obstante, igual es una buena noticia que haya dimitido una persona como el señor Núñez, a quien la investidura le quedaba demasiado grande, así como a otros ministros del máximo tribunal de la República.
Por eso, y porque tampoco se nota en los políticos que están impulsando el juicio político, ni en quienes aprovechan la movida, que lo que persiguen realmente es una profunda depuración del Poder Judicial, comenzando por la Corte Suprema de Justicia. Ni siquiera pueden disimular la ansiedad de la repartija a la que, una vez más, pretenden reducir la reforma estructural de tan relevante institución.
Dejo de lado este tema para referirme a otro que posiblemente pasó inadvertido, justamente debido al exaltado momento político; y resalto como un gran paso, aunque parezca insignificante, el despeje de las aceras perimetrales del Santuario de Caacupé.
Un espacio tomado hace muchísimos años por los vendedores provenientes de todas partes del país, en detrimento de los peregrinantes y del mismo templo. Pese a la prohibición de colocar puestos de venta en esa parte del Santuario, el entorno de la iglesia de Caacupé funcionó por años como un ajetreado mercado que desvirtuaba el carácter religioso, silencioso y de paz que deben preservar los sitios destinados al culto, a la oración y a las celebraciones sacras.
Allí, el perfume de incienso se confundía con el de los asaditos y el aroma a butifarra y chipa. Es parte de la religiosidad popular, justificaban algunos. Tienen derecho a ganarse la vida, decían otros. Así, todos los intentos por reubicar a los vendedores fracasaron.
Por eso es un avance recuperar los espacios públicos, para todo el público, y ordenar las ciudades, liberando las aceras para los transeúntes. Es lo que se consiguió ahora en Caacupé, donde antes también se recuperó la plaza Teniente Fariña, relocalizando a los vendedores.
En Asunción, sobre todo en el centro, las veredas están cada vez más cubiertas de vendedores, en perjuicio de los peatones, y ni siquiera se conoce de un plan para ordenarlos. Por eso es significativo lo de Caacupé.
Son pequeños triunfos del civismo, que demuestran que cambiar es posible.