La ciudadanía está enfurecida. Grita a los cuatro vientos (mejor dicho, ahora postea en Facebook y Twitter) que sus políticos traicionaron su confianza. No es novedad, pese a que la chispa que encendió la mecha fueron las recientes publicaciones de sueldos de los funcionarios públicos, pero esta historia se repite cada cinco años.
Se suele decir que lo malo se debe olvidar rápidamente y parece que los paraguayos aplicamos la sugerencia al pie de la letra, dado que en cada nueva elección de autoridades (ya sean comicios municipales o generales), terminamos votando a los mismos de siempre. Tal vez el candidato se maquille un poco, pero el entorno siempre es el mismo y no hace falta ser un gran investigador para descubrir esto. Y todo por la maldita costumbre y la gastada excusa de que el partido político es lo que importa al final y que debe ser ese trapo el que gane, antes que la mejor persona.
Al menos, la generación actual de jóvenes es más crítica y ya no somos pocos los que reflexionamos: "¿Desde cuándo el Gobierno y bienestar de un país es similar a un partido de fútbol? Que se debe ganar con quien sea y como sea”. Sin embargo, el gran grueso del electorado todavía se deja seducir por campañas, abrazos, fotografías, billetes, algunas cajetillas de cigarrillos y petacas de caña, gracias a que es el color de su bandera, su fanatismo, los que impulsan el voto.
Fácil es criticar a los congresistas, presidentes y ministros por el nepotismo y amiguismo “recién descubiertos”. Siempre se supo que esta práctica era común en el Estado paraguayo. Las nuevas tecnologías y redes sociales solo le dieron más visibilidad.
Lo que se debe hacer es una autocrítica profunda, porque los votantes son grandes cómplices de que los que estén en el poder hoy hagan lo que se les antoje. De más ya queda el arrepentimiento posterior de la ciudadanía, que dice que fue decepcionada por su candidato. Todo esto se podía haber evitado si se dejaba el fanatismo de lado, antes de ir a las urnas.
Da más pena la excusa común de algunas personas. Suelen decir que “el otro era mejor candidato, pero no le voté porque no iba a ganar y entonces le voté al que sí iba ganar”. Imagínense si se juntaban todos esos votos que no iban a ganar. Tal vez no ganen, pero debemos empezar a cambiar la mentalidad, el conformismo y el acomodamiento. No se trata de ganar o perder, sino de dar un mejor futuro a nuestros hijos.
Denunciemos el nepotismo, el padrinazgo y el derroche de nuestro dinero. Marchemos y reclamemos a nuestras autoridades en las plazas, en las redes sociales y donde fuere. Pero también cambiemos el chip y aprendamos la lección para la próxima vez que elijamos. Las elecciones municipales de 2015, que ya tendrán el desbloqueo de las listas sábana, serán el examen para saber si hemos aprendido algo de esto que estamos viviendo.