Se va volviendo moneda común en nuestra sociedad que una misma situación mediatizada se evalúe de forma diametralmente opuesta de un día para otro o según sea el grupo que lo analice. No solo hay sospecha de la objetividad de las cosas, sino a veces se duda de la misma posibilidad de que algo sea objetivamente verdadero.
Esta percepción relativista de la realidad trae consecuencias fatales donde se impone. Porque para hacer una vida en común, no se puede partir de la eterna sospecha, de un sinfín de subjetividades que se suman unas a otras en una vorágine de inconsistencias. Sobre todo cuando se trata de hechos violentos o censurables por su maldad o inconveniencia, no podemos andar entre nebulosas.
Me vienen a la mente como simples ejemplos lo que ocurrió entre los vecinos del barrio María Auxiliadora de Trinidad y el comisario de la 12ª Metropolitana. ¿Quién agredió a quién? ¿Quién miente? El caso del jugador uruguayo Suárez y la FIFA, la mordida, el mordedor, parte de sus compatriotas que defienden su “causa”...
Si la realidad se desdibuja en la percepción de la gente que se acostumbra a valorar, especular y sentenciar con datos parciales, emotivos o directamente disparatados, la vida en común se vuelve insegura, gris y manipulable por completo.
Leyendo sobre el acoso escolar o bullying en estos días, sobre todo las investigaciones que hablan del perfil de los victimarios y de sus familias, nos asombraría encontrar qué coincidencia con la forma en que la “opinión pública” suele valorar los sucesos que se le presentan.
Me llamó la atención el análisis psicológico que dice que los victimarios o responsables de acoso (una forma sistemática y cruel de violencia) suelen surgir de familias donde uno de los padres fue abusado de niño. Una madre que fue acosada de niña, por ejemplo, tiende a sobreproteger y a obsesionarse tanto porque su hijo nunca sea una víctima y se sepa defender, que lo empuja inconscientemente a convertirse en un acosador, alguien que busca la debilidad del otro para humillarlo y nunca asume las propias culpas de lo que hace mal.
Si la impunidad es el padre de la crueldad, la falsificación de la realidad es su madre. Autoengañarse para no asumir aquello que nos humillaría o nos incomodaría es el principio del problema.
La verdad puede ser definida como la correspondencia entre los hechos y la percepción que tenemos de ellos. Si no aprendemos a razonar y a enjuiciar moralmente los hechos humanos con un mínimo de objetividad, también nosotros estamos expuestos a la negación de nuestros derechos por parte de los que deberían hacernos justicia. Es para reflexionarlo.