22 abr. 2026

Una vida sin sentido, no tiene sentido

Es una misma palabra empleada de dos maneras.

Sentido como sinónimo de tener una meta en la vida. Sentido como si vale o no esa misma vida.

Comienzo por lo segundo. La vida tiene que sentirse que vale. Sin ella, tenemos la sensación de vernos con las manos rotas y sin nada en ellas. De sentirnos una inutilidad. Cosa que no recomiendo a nadie.

Pero, en realidad, ¿qué nos da este sentido de plenitud?

Si dijera que momentos desconectados de felicidad, no diría todo. Tiene que ser algo que abarque todo lo principal. Desde lo esencial de comer y vestir hasta el cariño de los que nos rodean, pasando por un quehacer que nos entusiasme. Y todo esto expresado en una causa que lo una.

Vivir haciendo zapping, no es vivir. El ser humano exige una continuidad de vida, fuerte y creciente, que unifique a los años tras una utopía.

Para los creyentes en Jesús, él es nuestro ejemplo.

Su vida adquiere unidad al servicio del Reino de Dios. Todo lo que hace tiene un significado y una fuerza apasionante desde esta realidad.

Jesús no enseña una doctrina religiosa. Está apasionado por una vida más digna para todos. Busca con todas sus fuerzas que los deseos de Dios de justicia y de misericordia se vayan extendiendo y haciéndose realidad con alegría.

Jesús proclama que esa voluntad de Dios de felicidad para todos “ya está presente entre nosotros”. Lo que hace falta es que nos dejemos llenar de ella. Seguir a Jesús es aceptar en libertad esta utopía y luchar por ella.

Y, vuelvo a lo del comienzo. Los hombres y mujeres, que dejaron una huella en la vida, dieron un sentido a sus vidas. Este no tiene que ser el mismo ni expresado en las mismas palabras, pero siempre ha de ser positivo: abierto al bien de los demás y al propio.