Opinión

Una sola huella

Blas Brítez

Blas BrítezPor Blas Brítez

Para los Ayoreo, habitantes del Gran Chaco paraguayo-boliviano, los blancos no son parientes. ¿Por qué lo serían? A lo largo de décadas estos han convertido su hogar, sus sitios sagrados, en la región más deforestada del mundo, cuando no los han cazado literalmente. Justo a ellos, cazadores recolectores que conocen los nombres ocultos de la naturaleza. Por eso es que llaman cojñone a los paraguayos: los que hacen cosas sin sentido.

El más grande de los sinsentidos ocurrió en diciembre de 1986. Ocurrió es una manera de decir: fue perpetrado. Desde una avioneta, un piloto parte de la misión evangélica estadounidense A Nuevas Tribus —promotora de la evangelización de pueblos indígenas aislados, con el mismo fervor fanático y conquistador de sus antepasados ideológicos de antes de la Reforma Luterana, cinco siglos atrás— divisó un campamento ayoreo totobiegosode que no había tenido contacto con los blancos. Días después del avistamiento, treinta y cuatro hombres ayoreo antes “reducidos” entraron al monte para el primer contacto, con la tarea de sacarlos de allí. Cuando se dio el encuentro, cinco de los “adelantados” fueron muertos y otros tantos, heridos. Aun así los silvícolas acompañaron a los sobrevivientes junto a los evangelizadores, acaso con promesas ilusorias como espejitos. Semanas después, la mayoría —incluida la legendaria chamana Bajo— estaba muerta por enfermedades o había sucumbido a la locura. Entre quienes perecieron, muchos se dejaron morir envueltos en un aura de tristeza postrera, definitiva, infinita.

Algunos sobrevivientes se sentaron en el 2003 frente a los antropólogos Rosa María Quiroga (fallecida dos años después) y Bernardo Fischermann (bolivianos ambos, compañeros profesionales y de vida) y les contaron sus historias. Siete de esos relatos forman Hablamos porque nos escuchan (Iniciativa Amotocidie, 2018), una reconstrucción de la vida cotidiana, histórica y de los saberes y sentires más profundos de aquellos ayoreo que emergieron de los otrora densos bosques, obligados a borrar su memoria pecadora o morir. Estos relatos, de una prístina espesura literaria, son la muestra de que si hay algo que caracteriza a la memoria, aun en aquellas que no tienen a la historia como aliada, es su terquedad rebelde.

Las voces de Cuchapiogu Chiquejñoi, Togai, Chiquejñoi, Utija Chiquejnoro, Co Picanere, Quesei Etacori, Agaye Chiquejñoi y Dutujede Etacori (vertidas al castellano con la ayuda de “jóvenes traductores ayoreo”) configuran relatos que se tocan, se separan, se complementan y, sobre todo, se proyectan entre sí hacia un relato más grande en el que la presencia de los blancos es siempre decisiva y catastrófica, incluso, para el futuro. No solo de los ayoreo, sino también de los paraguayos. “Los abuelos —cuenta Togai Chiquejñoi— sabían que los cojñone usaban el color rojo. Ellos decían que los cojñone eran poderosos porque usaban camisas coloradas, eran dacasute (jefes) los que usaban color sangre”. El rojo para los ayoreo es otra cosa: el color del erotismo. Los poderosos con camisas coloradas representan para ellos la misma devoción intransigente, insensata que profesan los evangélicos y católicos (hubo alguna misión salesiana involucrada en reducciones modernas), pero aplicada a las cosas materiales, al dinero, no solo a las ideas.

“Hay hombres que son muy sabios para seguir una sola huella (en el bosque)”, cuenta Cuchapiogu. Los ayoreo son muy sabios y ejemplares para seguir una sola huella hacia una humanidad extraviada.

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