Revista Pausa

Una reconciliación de amor y fe

Su misión no solo es llevar la palabra de Dios, sino también hacer un llamado a quienes, por su orientación sexual, se han sentido excluidos de ella. El sacerdote chileno Pedro Labrín promueve una práctica cristiana comprometida, que reconoce la riqueza de la diversidad.

Un grupo de jóvenes entusiastas se encontraba en la entrada del salón Escenario del Gran Hotel del Paraguay, preparando la bienvenida para el III Encuentro Ecuménico de la Diversidad Sexual. Son los integrantes del grupo Cristianos Inclusivos del Paraguay, una comunidad que ofrece apoyo espiritual a personas Lgbtiq en la que los brazos están abiertos a las diferentes individualidades que no encuentran espacio para su fe, bajo el lema Dios ama sin condición.

El principal orador de este tercer encuentro fue el sacerdote jesuíta Pedro Labrín, miembro de la Compañía de Jesús desde el año 1997. Él vino desde Chile para compartir su experiencia como asesor de la Pastoral de la Diversidad Sexual (Padis+).

Desde el 2009, Padis+ logró converger esta ecuación de religión y diversidad sexual, que en algunos lugares parece todavía incompatible. Como en Hernandarias, donde varias personas autodenominadas provida y profamilia irrumpieron y tiraron piedras a los manifestantes de la primera marcha Lgbtiq de la ciudad.

Sin embargo, Labrín festeja este trabajo, que necesitó también de un proceso de aprendizaje personal hacia la apertura y el reconocimiento de la diversidad. Y no solo en la teoría, sino conociendo a fondo a estas personas, escuchando sus historias y abrazando las diferencias, convocados todos por el evangelio.

“Me pone muy feliz estar invitado aquí, no solamente por el deseo de construir, sino por permitir que Jesús nos hable de verdad y nos diga cómo tenemos que tratarnos unos a otros”, comparte Labrín, de 49 años.

En una amena entrevista, hablamos con este sacerdote de ideas modernas, que no teme afirmar que la Iglesia es la primera traba para la integración, basada en antiguos prejuicios y doctrinas, pero que teniendo a la transparencia como principal valor, hoy se han podido reconciliar creencias y familias enteras.

¿Por qué cree que históricamente las personas Lgbtiq fueron expulsadas de la Iglesia?

- Históricamente, creo que se ha dado una especie de alianza muy profunda entre creencias, prejuicios y elaboraciones doctrinales; concepciones antropológicas cristianas que, a la luz de la evidencia –con la que hoy en día contamos para comprender los fenómenos de diversidad sexual–, se demuestran obsoletas. Existe una nueva reflexión, un nuevo tratamiento, con otro enfoque.

Hoy sabemos que las diferentes orientaciones no son una enfermedad ni se corresponden con una perversión, sino que son una variante natural de la sexualidad humana, que corresponde a cierto porcentaje de la población. Todos estos elementos con los que hoy en día contamos no se tenían anteriormente. Lo que no favoreció a una integración, una visibilización de esta variante de la sexualidad, con estatus de humanidad. Al contrario, se ha conminado a vivirse en secreto, excluida, sin acceso a espacios públicos, fuertemente censurada, castigada y penalizada.

En los últimos tiempos hemos dado un paso gigante, pasando de la penalización de la homosexualidad a –en algunos países– el reconocimiento del matrimonio igualitario. No quiero pronosticar hacia dónde vamos a llegar nosotros como Iglesia Católica, pero sí creo que tenemos que hacer el mismo camino con el resto de la sociedad. Nuestra fe nos exige dar razón de lo que creemos, y actualmente tenemos suficientes elementos, aportados por las ciencias humanas, para comprender el fenómeno de la sexualidad con criterios que no hemos utilizado antes.

¿Cómo se dio su experiencia para incorporar estas visiones?

- Cuando fui asistente nacional de la Comunidad de Vida Cristiana CVX, tocaron la puerta para decirme: “Mirá, Pedro, nosotros somos miembros de esta comunidad, somos gays y queremos visibilizar nuestra realidad al interior de la misma”. Para acompañar a otros jóvenes que no han tenido las mismas oportunidades que nosotros, y si podemos evitar dolores y también yerros, mejor; porque en el momento de tener que reconocerse a sí mismos sin ninguna red de apoyo, se pueden cometer muchos errores y se está expuesto también a vulneración. Entonces, ellos se disponían a visibilizar testimonialmente su condición de comunidad de personas gay, y con eso ofrecerse también como un camino de llamado. Y así convocamos. Me preguntaron si yo quería participar, me pareció obvio. Pero supuso un proceso que los de mi generación tenemos que hacer, que es el educarnos en serio en esta materia. Las nuevas generaciones vienen con el chip instalado de inclusión y habilitados culturalmente para vivir en un mundo sexualmente diverso, sin experimentarlo como amenaza, como tabú, contagioso, sin todos los prejuicios que los viejos sí tenemos.

Paralelamente con el inicio de las reuniones, se fue dando mi educación personal para acompañar realmente el proceso de discernimiento consciente para valorar la doctrina de la Iglesia, y también el llamado a la consciencia, porque se da aquí una disyuntiva. El código de la Iglesia no alcanza para dar espacio en vida a las personas homosexuales. La propuesta que les hace en la formulación que hoy tenemos es de un grado de crueldad muy destructiva. Es curioso que les impongan como penitencia el celibato, cuando la Iglesia lo comprende como una llamada y un valor de realización plena.

¿Y qué aprendizajes fue recogiendo durante este proceso?

- Por mi formación católica, por la cultura homofóbica de la cual provengo –como la mayoría de las familias–, mi relación con la diversidad sexual era a través de las ideas, pero no del contacto personal. Lo que este grupo me ofreció –y es el regalo que más aprecio de ellos– es la posibilidad de tocar sus vidas, conocer sus aspiraciones, derrumbar mitos y hacerme parte de sus aspiraciones.

Lamentablemente, con relación a la homosexualidad, la homofobia cultural nos ha dotado de un lente, de un prisma triple equis. Si una persona le cuenta a otra que es gay, lesbiana o bisexual, esa persona inmediatamente se va a imaginar escenas genitales, transmitidas directamente por la cultura. Sin embargo, si se me presenta una pareja heterosexual, yo no me voy a imaginar ese tipo de escenarios. Esto es muy brutal, porque cosifica la relación afectiva, la asocia exclusivamente a lo genital y desaparece lo emocional, lo creativo. Como si en las relaciones afectivas homosexuales no necesitaran tomarse la mano para disfrutar de un atardecer bellísimo o comprometerse con un proyecto de vida generoso. La reducción es absolutamente, en primerísimo plano, genital. Esa injusticia tenemos que derribarla.

Es muy raro, podría darse, pero no es frecuente, que los padres se imaginen a sus hijos en etapa de noviazgo manteniendo relaciones sexuales heterosexuales. Puede que se preocupen, que aconsejen en prevención, que digan lo que les gustaría o no, pero no se los imaginan en la cama. En cambio, el hijo o la hija que revela orientación sexual distinta inmediatamente recibe rechazo porque se lo imaginan de formas perversas y promiscuas, lo que no es así.

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<p>Pedro Labrín forma parte de la Pastoral de la Diversidad Sexual de Chile (Padis+) donde practican una fe inclusiva, a partir del compromiso con el evangelio y del reconocimiento de la diversidad sexual. </p>

Pedro Labrín forma parte de la Pastoral de la Diversidad Sexual de Chile (Padis+) donde practican una fe inclusiva, a partir del compromiso con el evangelio y del reconocimiento de la diversidad sexual.

¿Cómo incorporó estas perspectivas en su labor religiosa?

- Este grupo se constituyó, perseveró y nos incorporamos con dos sacerdotes y una religiosa. Hicimos equipos de acompañantes, también con laicas. El proceso de la Pastoral de la Diversidad Sexual en Chile (Padis+) fue madurando y reconciliando muchas historias personales.

Mantenemos el principio de que cada persona es dueña de su intimidad, de manera que nosotros no tenemos autoridad para sacar del clóset a nadie. Puede participar de Padis+ si es que está en el clóset o no, y respetamos eso. Pero muchos sí se animaron a salir por la contención y la solidez de un espacio seguro. No perdieron sus trabajos ni sus familias, y desarrollaron relaciones afectivas preciosas.

Un poquito después, los papás comenzaron a ver en sus hijos cambios maravillosos. Los que estaban peleados con la Iglesia, ahora ya no lo están; los que no iban más a misa, ahora volvieron; los que habían decidido abandonar cualquier expresión religiosa, ahora están contentos, en grupo, cantando, ensayando. Los padres se preguntaron “¿por qué ellos tenían esta oportunidad y nosotros no?”, como que los hijos andaban un paso adelante y los padres retrocedían. Eso permitió que surgiera el grupo de papás de Padis+, que son padres y madres con hijos de la diversidad sexual, y que han hecho también un trabajo de educación. En algunos casos, se dio una dura reconciliación; en otros, más de alegría, abrazo, reconocimiento, y a veces también de perdón, porque estos procesos han causado muchas heridas en sus hijos. Han sido muy bonitos los frutos de esta experiencia que nace de la Iglesia laical, y que a mí como sacerdote me toca acompañar. Ha sido una muy buena noticia para nuestro país. Ahora que estoy aquí entre ustedes, ojalá que también lo sea.

¿Cuáles son algunas experiencias positivas que puede rescatar de este trabajo?

- Bueno, la primera experiencia positiva es el traducir de verdad el gesto y la palabra oportuna del evangelio para la vida de esas personas. Los católicos, los cristianos, cuando van a misa, dicen: “Concédenos realizar el gesto y la palabra oportuna para que esta Iglesia sea un espacio de libertad, de justicia, donde nadie se sienta triste, explotado ni oprimido”, pero no, han pasado muchos años en los que no nos hemos comprometido. Un paso de fidelidad al evangelio.

Segundo fruto: una consciencia muy profunda del bautismo como dignidad fundamental que supera cualquier valoración moral que yo pueda tener del resto.

El tercer fruto: la autonomía de la consciencia. Aprender a integrar que la fidelidad a Dios pasa por la fidelidad a la propia consciencia. Si hay una norma que contradice mi consciencia, tengo que hacer un discernimiento y saber que si tomo las decisiones, las tomo de parte de Dios, aunque sea contradecir la norma. Nosotros nos referimos a una persona, no a un reglamento. El reglamento se acata sin posibilidades de variación. En la vida, según criterios y discernimientos.

Y también, en otro plano, que para mí no es tan relevante, pero que para la sociedad por supuesto que sí: la visibilidad política. Contribuir al nacimiento de una sociedad que reconozca, no solamente que tolere –porque la tolerancia puede ocultar el más profundo de los desprecios–, la riqueza de la diversidad, donde cada uno se perciba como mejor persona al aceptar la diversidad del otro.

¿Qué opina de estas familias que no saben cómo lidiar con esas experiencias de sus hijos e hijas y los terminan alejando? ¿Qué les recomendaría?

- Mi deseo más profundo es que cualquier madre o padre que viva esta situación no rompa el vínculo. Es una prueba grande de amor, porque sin duda es un duelo, hay una rotura de imagen. El sueño de llevar a la niña al altar vestida de blanco para entregárselo a su príncipe, el sueño de llevar al hijo al altar para entregárselo a su princesa; y todo eso de repente se resquebraja y hay que resituarlo. Una salida narcisista es centrar el sufrimiento en mí y olvidarme de lo que está pasando mi hijo o hija. “¿Cómo podés estar haciéndome esto a mí? Si nosotros te dimos todo. ¿Cómo me presento ahora frente a toda la familia?”, dicen. Pero, momento, ¡ubicate! Es tu hija o hijo, y es el mismo antes de que te lo dijera. Si yo le pregunto a los padres cuáles son sus deseos, dirían que quieren conocer todo lo que les pasa a sus hijos, hasta la pulga que los pica. Entonces, dale gracias a Dios que tu hijo te ha revelado algo que es muy propio de él, y que tú no conocías. Se está cumpliendo un anhelo, así que afirmate, a llorar a otro lado y a tu hijo abrazalo.

Una historia que a mí me conmovió muchísimo es la de una señora que tenía todo para rechazar a su hijo, por origen social y formación. Contactó conmigo y me habló de su dolor, pero ella, muy sabia, me dijo: “Yo a mi hijo lo voy a acompañar en la vida, no en la muerte. Si persisto en esta actitud, lo acompaño a su muerte”. Y esto no es metafórico.

¿Cuáles son algunos aspectos que trabajan con los padres para encontrar esos puntos comunes entre lo religioso y la diversidad sexual?

- Primero, celebrar la vida, el evangelio, los sacramentos. La liturgia es muy importante al interior de Padis+. Cualquier persona tiene derecho a invocar a Dios para que bendiga sus proyectos, independientemente de que sea sacramento o no, es parte de la vida cotidiana. Entonces, eso va abriendo espacios para que nos relacionamos principalmente convocados por el evangelio, más que por una orientación o posición al respecto.

En mi experiencia, el mundo Lgbtiq tiene que hacer un trabajo más fino de liberarse de la homofobia introyectada, de la culpa que eso ha generado. Y los papás deben hacer el trabajo de superar esa etapa en la que sienten vergüenza de sus hijos, o culpa. “Yo te dije que no tenías que regalarle pelotas de fútbol a la niña”, o “yo te dije que no tenías que dejarle jugar con la muñeca al niño”, situaciones que en la biografía del hijo/a no tienen nada que ver, pero que los padres experimentan como responsabilidad personal y que podrían haber evitado. Ahí es donde viene el trabajo educativo para comprender el reconocimiento de la orientación desde siempre por parte de su hijo, no como una elección o un capricho.

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<p>En Padis trabajan con padres y madres de hijos lgbti, buscando que no se rompa el vínculo familiar y generando un camino a la reconciliación.</p>

En Padis trabajan con padres y madres de hijos lgbti, buscando que no se rompa el vínculo familiar y generando un camino a la reconciliación.

¿Cuáles son las consecuencias negativas de este trabajo?

- Primero te diría que la principal consecuencia negativa de este trabajo es la Iglesia misma (risas). Desconfianza, persecución, ataques de fundamentalismo religioso, denuncias duras, falta de sanidad para comprender esto como algo bueno. Más bien la presunción de que acá hay algo oculto, sospechoso y que si yo como sacerdote estoy vinculado a esto, algo hay en mí que me sugiere como un hombre de no confiar. Hay un costo que pagar. La fidelidad a Jesucristo, al evangelio y el abrazo que nos quiere dar a cada uno de nosotros, no son gratis. Tienen costo y hay que verlas.

¿Cuáles fueron algunas trabas que afrontaron con Padis+?

- Padis+ tuvo una constitución original basada en la transparencia, y ese es el gran valor que, desde lo oculto, se quiera hacer visible. Así como este grupo habló conmigo como asesor, yo hablé con el presidente de la Asociación de Laicos –que es la autoridad de la comunidad– para manifestarle este deseo, me comuniqué con mis superiores religiosos e informamos a la Conferencia Episcopal. Esa gestión nos ha permitido salvar, en ocasiones de mucha tensión, la propuesta y encontrar apoyo, porque jugamos con las cartas sobre la mesa. También que las personas de la diversidad sexual, por tanto trauma y victimización, tienden a ser reservadas, y aquí hay un camino en el que están desafiados a vivir a luz del día.

Con respecto a los abusos acontecidos dentro de la Iglesia, perpetrados por los propios curas o sacerdotes, ¿cómo usted recomendaría abordar estos temas?

Lo primero es –pero de manera absolutamente categórica– decir que, en materia de sexualidad, nadie tiene privilegios sobre nadie.

Y así como en la heterosexualidad se puede dar todo el abanico, desde la vivencia sana hasta la perversidad, no digo que en el mundo de la diversidad sexual no se dé el mismo abanico. Probablemente también. Pero lo que no podemos aceptar es la generalización que refuerce una creencia prejuiciosa que asocia y confunde conceptos totalmente distintos, como por ejemplo, homosexualidad con pedofilia o con abuso.

Los abusos no tienen lugar. Y debemos comprometernos, laicos y religiosos, y de todas las comunidades, en la denuncia, y por sobre todo en el apoyo a las víctimas. Ellas no se equivocan, tienen razón. Y nosotros tenemos que abrazar a la víctima, hacernos cargo en reparación simbólica, religiosa, económica y en justicia con respecto al victimario, como también asumir las responsabilidades que han permitido que estos hechos se reproduzcan.

Ojalá que no caigamos en que abrirse al reconocimiento de la diversidad sexual signifique darle cancha a los abusos, no. Ahí hay que hilar más fino. Ahora, respecto a los abusos, apoyo todo el rigor y la empatía que posibiliten que una víctima se atreva a denunciar, a manifestar lo que le pasó. No conozco los sistemas judiciales de aquí, pero ojalá que eso no tome tanto tiempo que no permita el castigo del culpable.

Amor para todos

La comunidad de Cristianos Inclusivos del Paraguay empezó a juntarse desde el 2014 con la inquietud de encontrar un espacio en el que el amor de Dios no les sea negado por su orientación sexual o identidad de género, sino todo lo contrario, respetando la integridad y la intimidad de cada quien. Cada 15 días se reúnen para generar un espacio de reflexión e intercambio de experiencias, en un ambiente distendido y de fraternidad. Más info en el Facebook: Cristianos Inclusivos del Paraguay @cidelparaguay.

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