Está demostrado, los campos arrasados y pelados del Paraguay así lo indican, que las lecciones nunca se aprenden. Que hoy en día la naturaleza siga siendo una cuenta pendiente a rendir, una materia en la que siempre salimos aplazados. Uno se pregunta: ¿Qué mano dura hay que inventar, qué castigo ejemplar hay que aplicar para que dejen en paz a los árboles? Esto dicho sin ponernos ya en “ecologistas”, sino en personas que comienzan a darse cuenta de que sin la frondosidad del bosque, nuestro bienestar va declinando.
Se va malogrando en lluvias fuera de temporada, en inundaciones, cambios inexplicables del tiempo. Y no es difícil saber que todo esto es producto de nuestro diario callar ante la salvaje deforestación.
Y eso que se ha dicho mil veces, pero los que solo piensan en las utilidades que da la madera, siguen haciendo daño. Hasta los indígenas, antes defensores del ambiente porque allí se centraba su universo mítico y su supervivencia como gente de la selva, lo están haciendo. Ayudan a destruir su confortabilidad por una supuesta ayuda económica a futuro. Y con ese panorama, tan echado a perder en paisajes que las autoridades ambientales no ven, que los aduaneros tampoco ven dejando pasar cargas y cargas de troncos de árboles ilegalmente mutilados. Qué hay que escribir para que se den cuenta de lo que está sucediendo en estos mismos momentos en que usted lee este artículo. Todo sigue igual y la Justicia ciega, los idiotas encargados de cuidar los bosques, nada hacen. Están depredando el país, convirtiéndolo en una industria vil del hacha y del carbón, destruyendo el latido verde de la vida, de la que dependemos, del aire que respiramos y privándonos de la estabilidad que teníamos muchos años atrás. La sabiduría popular dice que jamás hay que dañar un puente por donde uno cruza siempre.
Volver a cómo estaban las cosas cien años atrás, de frondosa vegetación, llevará la misma cantidad de años. Siempre y cuando, los ignorantes depredadores sean deforestados del país con el peso de la ley, con cárcel y erradicación de la corrupción que encubre este país de “una impunidad de maravilla”. Y si usted cree que la naturaleza se reinventa sola, que no se hace de “un día para otro”, vuelva a repasar el libro de la vida para volver a enterarse de cómo lugares paradisiacos han sido convertidos en desérticos, y que el agua que abundaba está ausente y la sombra aquella del árbol derribado, también desapareció. Con un poco de imaginación, verá que el hombre en esas condiciones no es nada ni nadie, aunque ande rogando por sombra y agua, con un celular en la mano y pregonando que es alguien influyente. Entonces se preguntará, ¿de qué modernidad estamos hablando?