Por Miguel H. López
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Sus conocidos la llamaban Branka porque ella así lo decidió y desde entonces algunas de sus obras aparecieron con ese nombre. De carácter fuerte y tenaz llegó un día de 1951 a Paraguay desde la lejana Eslovenia para revolucionar el mundo etnológico y académico, aunque pasarían décadas para que el Estado lo reconociera.
Con su trabajo desentrañó lo esencial del Paraguay originario y conoció mejor que nadie a su gente, aunque de eso prefería no hablar “para no herir susceptibilidades”.
Su obra y su labor académica fueron monumentales, pero rehuía a la fama y al halago a las que son muy proclives muchos intelectuales locales.
Evitaba frecuentar a algunas personas porque odiaba el falso intelectualismo y las ínfulas de escritorio de quienes dicen saber lo que no entienden.
Vivió 40 años con comunidades nativas en el país. Escribió 77 libros y artículos, fue docente de Arqueología y Etnografía en la Universidad Nacional de Asunción; organizó y dirigió por décadas el Museo Andrés Barbero.
Súsnik conoció los campos de concentración y las cárceles bajo el régimen del Mariscal Tito, tras soportar la II Guerra Mundial. Hija de un positivista del siglo pasado, buscó un horizonte que definió como socio-humanista y no lo encontró. Siempre trató de mirar para adelante evitando el pasado que la atormentaba y cuyos secretos se volvieron indescifrables el 28 de abril de 1996 cuando falleció de un cáncer esofágico.
MUY DENTRO. La doctora, como la conocían, llegó a la Argentina en abril de 1947 balbuceando español que había ?aprendido? en el barco que la arrimó a América. Pasó luego a Paraguay por pedido de Josefa y María, hermanas del filántropo Andrés Barbero, para proseguir la obra museológica del sabio.
Ese mismo año inició sus investigaciones. Emprendió largas expediciones por el Chaco y la selva subtropical de la Región Oriental. Sondeó el origen del ser humano, se aproximó a la arqueología amerindia y le fue confiado el pensamiento chamacoco, reservado a los hombres.
El resultado fueron invalorables aportes etnológicos y etnolinguísticos no igualables hasta hoy. Pero, así como produjo obras esenciales, dejó silencio sobre otros trabajos que nunca vieron -ni verán- la luz. No escribió ninguna obra dedicada exclusivamente a los guaraníes, aún cuando vivió y trabajó largos meses, junto a León Cadogan, entre los Chiripá en el Alto Paraná. Sus “discrepancias” con éste la llevaron quizás a silenciar el tema después de que recibiera de él cartas amenazantes.