A pocos días de la fiesta navideña, se experimenta ese curioso estado de exaltación de ánimos que a unos les da por llorar de balde, a otros por reír sin más y a otros por hacer rabietas por todo. Y, si sumamos el calor, las filas largas, la basura acumulada y la manía de “comprar, comprar y comprar”, casi se pierde de vista la razón de ser de esta celebración. Pero no me refiero a si es Papá Noel o Jesús, el arbolito o el pesebre; me refiero a su sentido.
¿Por qué lo hacemos? Si es verdad lo que dicen los cristianos, el mismo Creador del universo se ha hecho de carne para salvar al género humano (léase varones y mujeres iguales en dignidad y complementarios por naturaleza, valga la aclaración en los tiempos ideológicos que corren). Salvar, es decir, amparar, acoger, preservar, especialmente, dicen, a los pobres y pecadores. A Paraguay trajeron la costumbre los evangelizadores, sobre todo los franciscanos.
Así nació la tradición del pesebre, el karu guasu en familia, el clericó. Y con el tiempo se unieron el arbolito, Papá Noel, las guirnaldas y los regalos. Hoy se anexa música estridente, mbokavíchos y los programas de la tele y radio.
Lo que aflora aún con mucha fuerza es que es una fiesta familiar.
Hay gente que viene de muy lejos solo para pasar unas horas con la flía. En este sentido sí que es mágica esta fiesta. Pero, más allá de la ilusión de generar una energía capaz de convertir en pacífica y sonriente nuestra vida con sus trajines, creo que la gran belleza de la Navidad es, por el contrario, su lección de realismo.
Si no fuera por el ruido que le adherimos nosotros, creo que lo notaríamos mejor. Frente al Niño frágil y a la vez luminoso, creo que, más que vestirse de gala o forzar una alegría superficial, de lo que se trata es de desnudarse de ese orgullo y autosuficiencia que nos hacen llevar una carga cada vez más pesada encima. Y es irrealista nuestra postura porque no todo lo que queremos, lo podemos. Aunque así quisiéramos proyectarnos en esta cultura de la imagen en la que vivimos.
Lo cierto es que somos endebles, estamos expuestos a obrar mal. Si lo pensamos un poco, hasta tiene sentido eso de arrodillarse en recogimiento frente al Niño y “hacer el ridículo” pidiéndole: “saber ser nosotros mismos”, de verdad, solo eso. Admitir que necesitamos ser amados “así como somos”. Es lo único que luego nos permitirá dar algo verdadero a los demás.
Creo que esto es lo más realista y profundo que hace presente esta fiesta.
Tengo la suerte de haber visto este tipo de actitud en personas muy cercanas. Gente que ha vivido siempre con autenticidad. Ellas me enseñaron el valor de la Navidad. ¡Felices fiestas!