05 feb. 2026

Una cuestión cultural

Los campesinos, hacendados y agricultores queman los pastos secos en invierno, esperando que las lluvias de primavera hagan brotar los nuevos.
Lo hacen por una equivocada concepción que viene de años y que todos los técnicos en suelos saben que es dañino. Nadie les enseña o quizás se resisten a aprender. Todos siguen haciendo algo equivocado por años, mientras en las escuelas de agronomía hace mucho tiempo conocen lo perjudicial para la economía agrícola.
Ahora una buena parte del país está en llamas. Un aviónhidrante ruso por cinco días cuesta un millón de dólares pagado por Chávez a un valor de retorno mucho mayor, porque no hay comida gratis. ¿Cuánto costaría hacer un plan nacional que permita que los miles de extensionistas agrícolas vayan y promuevan lo que hay que hacer para evitar los incendios? Probablemente, mucho menos que apagarlo. Se sabe lo que se tiene que hacer, pero no se hace. La culpabilidad es por acción y por omisión, pero por sobre todo, por falta de voluntad de realizar aquello que derrota la cultura del “así nomás”, " siempre lo hicimos de esa forma” o aquel de “si nuestros abuelos lo hicieron?”. Vivimos en el siglo del conocimiento, pero ignoramos tozudamente su valor. Nos empeñamos en hacer lo que nos perjudica. Pulverizamos instituciones para luego reclamar su auxilio. Hemos curuvicado la esperanza para reemplazarla por el miedo. La palabra por el insulto. La planificación por la ayuda electoralista interesada que acabó con la solidaridad y la política. Hoy no nos movemos ni por codicia.
A todo decimos “cultura”, cuando ella representa un universo más complejo que la autoflagelante compasión de aquello que no podemos ser. Hay que enseñar y aprender. Hay que rescatar la inquietud de sentir el Paraguay con la misma urgencia que sienten tantos abrasados por el fuego cruel, que se llevó a más de 400 personas en un supermercado, para devolver a sus familiares la crueldad de una interpretación jurídica, que vuelve a incendiar la escasa esperanza en la Justicia. No sirve buscar autocompasiones. Podemos ser una cosa distinta que este mamarracho desorganizado que le llamamos república.
El Paraguay se merece mucho más que lo que somos. Necesita verse compelido en sus ciudadanos la necesidad de construir conciencia. La misma que en su carencia quema los pastizales, suelta a sus animales en las rutas para matar a más de 200 compatriotas y extranjeros anualmente. La misma que falta a nuestros gobernantes para reconocer la gravedad de jugar con fuego. La de acumular rabia en la población que nunca sabremos en este volcán sumergido que es el país por donde y cuando expulsará piedras y lavas. El fuego, elemento sagrado y fundamental de la vida, es hoy sinónimo de muerte y angustia porque no hemos despertado la conciencia de quiénes estarían más protegidos en sus vidas y propiedades si hubieran tenido la misma responsabilidad que reclama la tenencia del dinero y del poder.
Es una cuestión cultural creer que el Paraguay es una tierra inmóvil, refractaria al conocimiento, incapaz de aprender incluso de su propio dolor?, tropezada dos veces con la misma piedra y reacia a entender que el fuego no solo empobrece y acaba con los campos, sino además presagia más dolor, furia y descontento. Y esto, lamentablemente, no puede llamarse irresponsablemente “cuestión cultural”, es ausencia de conocimiento y de responsabilidad de parte de quienes debiendo dar más, se han contentado con derramar algo de agua para estar bien con sus conciencias, sin darse cuenta de que hay otro incendio imperceptible hasta ahora que duele en el alma y que solo se cicatriza con justicia.