Por Blas Brítez
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Un aura mítica envuelve el nombre de Manuel Ortiz Guerrero. Su austeridad, su relación a sangre y fuego con la poesía, su célebre y fecundo vínculo artístico con José Asunción Flores, su muerte prematura, hacen de él la quintaescencia del “poeta romántico” paraguayo aunque más bien haya sido un “modernista tardío”, como gustan definirlo los críticos literarios.
Nacido en 1894 y fallecido en 1933, Manú, como era conocido popularmente, escribió acaso los poemas más hermosamente tristes de la poesía paraguaya, pero entre ellos también hay los que están plenos de una conciencia atenta al oficio mismo de la escritura y a los avatares de su tiempo, aunque otros privilegien su veta más decididamente “modernista y pura”, por decirlo de alguna manera.
Alguna vez todos habremos escuchado la historia del poeta que robaba velas del cementerio para seguir escribiendo, para hurtarle luz a la muerte y así poder erigir su obra luminosa. Esa imagen -sea apócrifa o no- define y representa con mucha fidelidad lo que fue Manuel Ortiz Guerrero: un enamorado del arte, para quien todas las cosas de la realidad eran un sucedáneo de la posibilidad de convertirlas en hecho poético. Un comprometido con la palabra, viviendo la poesía a flor de piel.
LA ENFERMEDAD. En 1912, el poeta participó de un levantamiento armado junto a su padre. Ese hecho, indirectamente, habría de marcar y condicionar su vida: derrotadas las fuerzas de las que formaba parte Manú, tuvo que marchar al Brasil a un exilio de dos años. Allí contrajo el beriberi, y empezó a manifestarse la enfermedad que acabaría con su vida, la lepra.
Esa enfermedad lo obligó a aislarse del mundo y a aferrarse aún más, por ende, a la creación poética, acompañado por su mujer, Dalmacia.
En 8 años, de 1922 a 1930, publicó varios libros de poemas y obras de teatro. Entre los primeros están Surgente, Pepitas y Nubes del Este; Eireté, La conquista y El crimen de Tintalila son sus obras en la faceta de dramaturgo. En 1952, se publicaron sus Obras completas.
Ortiz Guerrero fue un poeta bilingüe. Si bien es cierto la mayor parte de sus poemas están escritos en español, sus composiciones en guaraní no desmerecen en calidad poética. Con un agregado: varios de ellos fueron musicalizados por José Asunción Flores y hoy forman parte de la profunda memoria cultural del Paraguay.
ÉTICA DE ESCRITOR. Cuentan que hacia 1930, hallándose en un bar recitando sus versos, entró Anselmita Heyn, una de las mujeres más famosas de la burguesía local de aquella época. Después de escucharlo, le envió un billete como pago por la lectura de sus poemas. Ortiz Guerrero le devolvió el dinero con un poema escrito en el dorso que comenzaba diciendo: “No todo en este mundo es mercancía...”, con lo que dejaba en claro la incorruptibilidad de su arte, su independencia radical.
En 1928 escribió un poema titulado “A Nicaragua”, donde dice que “Por todo el continente cunde un escalofrío;/ al azulado abismo del lago de Managua,/ donde hicieran sus nidos los cisnes de Darío,/ anfibios yanquis entran a profanar sus aguas”.
El billete devuelto y estos versos dedicados a una “víctima sin defensa del monroísmo” muestran el nivel ético de Ortiz Guerrero. Tal vez no haya sido el poeta perfecto, pero su actitud ante la palabra y ante la vida lo autorizan a ser un “hombre de letras” ejemplar.