Lunes|18|AGOSTO|2008
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Haber vivido el cambio presidencial paraguayo en México supuso comparar las esperanzas que tuvieron millones aquí cuando el PRI, en el 2000, dejó el poder, luego de 73 años, a Vicente Fox y el PAN.
Lo volvieron a reafirmar de nuevo con Felipe Calderón dejando ahora al mítico partido de la revolución a un lejano tercer lugar.
Lo que no han visto, sin embargo, los mexicanos es un cambio en la cultura en términos de gestión gubernamental. Aquí se siguen quejando de las desigualdades sociales, de la corrupción, de la criminalidad, del narcotráfico y de una burocracia costosa e incompetente.
Un ministro de la Corte en este país gana aproximadamente 50 mil dólares mensuales durante los 15 años que dura su mandato. ¿Es un país más justo por eso?
En Paraguay, el Presidente dijo que no cobrará dinero alguno durante su presidencia, lo que en realidad es una cuestión secundaria, debido a que tiene todo cubierto, no tiene esposa ni hijos ni nietos que deba mantener, pero lo que cuenta en realidad no es la anécdota cuando se trata de gobernar. Lo que vale es la capacidad de gestionar, lo que implica saber lo que tiene que hacerse y estimular a los que saben para realizar la tarea.
El Presidente debe abocarse a desmontar una pesada burocracia si desea incrementar los impuestos. Nadie pagará nada si no ve un Estado distinto, reformado y ágil al servicio de los mandantes. De buena gestión se nutren las democracias exitosas; las otras se pierden en poses, discursos y anécdotas. Lo que la gente desea es un Gobierno que arremeta la tarea de impulsar un cambio cultural, que supone mirar hacia el futuro como tarea y desafío.
El Paraguay tiene que parecerse a su porvenir y no a la tragedia de nuestros primeros 70 años de existencia. Nuestra meta es responder a la demanda de empleo de más de dos millones de jóvenes, muchos de ellos inapelables por causa de una educación mediocre e inútil.
Debemos ser creativos y demandar capacidad de innovación, reclamar actitudes y comportamientos a la altura de las esperanzas de la gente. Tampoco esperar demasiado de los demás, que nos lleve a creer que nuestra suerte está anclada a un gobierno por un lustro determinado.
El país sin padres, herido, humillado, con autoestima baja, requiere un Gobierno que entusiasme con medidas creativas, que no se compadezca compadeciendo y que mire la interacción con el mundo sin miedos ni resentimientos.
El nicho del Paraguay está en el futuro, ese desafiante que se abre a los que conocen y saben, y que castiga a los que han hecho de la recreación del pasado una absurda manera de postergar el cambio.
Un país no vive en un museo, al que solo acudimos para saber de dónde venimos, pero para responder hacia dónde vamos y con qué valores. Qué se hace en la casa, en la escuela, en las calles y con gobiernos que asuman con responsabilidad la dura y difícil tarea de cambiar la cultura de un pueblo que se sumerge más allá de los 61 años de coloradismo y que debemos rescatar con un proyecto de futuro entusiasmante para todos.
Hemos entrado en una nueva época para todos, incluido a los miembros del nuevo gobierno. Las tentaciones de seguir con lo mismo serán grandes porque viven en la matriz del alma colectiva. Estarán acechando todos los días como referencias de una cultura del poder con su carga de discrecionalidad, opacidad, silencio, nepotismo y corrupción. Contra eso este Gobierno debe imponerse; si no lo hace, pasará a la historia como un hecho anecdótico más, con una nueva frustración para muchos y el deleite de quienes nunca quieren que las cosas cambien.
La cultura es la manera como vemos y nos vemos. No es una lápida y menos algo que no puede transformarse. Es dinámica, desafiante y cruda. Aquí en México han pasado ocho años de la derrota del PRI y, a pesar de los cambios, la gente aún cree que las cosas siguen igual.