Economía

Transitando en carreta

Antonio Espinoza (*)

Los días de cuarentena han acentuado las dificultades y complicaciones de operar en un país con sistemas de gestión que poco han cambiado en décadas. Cuestiones tan triviales como renovar un registro de conductor obligan al ciudadano a concurrir en persona a la Municipalidad para pagar una suma que, al final, es similar a lo que gasta en combustible para llegar. Ello, sin hablar de los costos a la sociedad por la polución y la congestión de tránsito.

Obtener un medicamento controlado requiere retirar una receta del consultorio médico y entregarlo a la farmacia. Depositar un cheque obliga a concurrir al banco y hacer una tediosa cola. Las más banales gestiones demandan onerosas copias de documentos personales certificadas por escribano público.

En el mundo empresarial la carga es aún más pesada. La mayoría de las empresas trabajan con facturas en papel, que deben ser transcriptas a los libros tributarios y contables. En innumerables ocasiones se requieren copias autenticadas por escribano de los estatutos sociales y actas de asamblea y directorio. Los recibos son en papel. Y todos estos documentos deben ser archivados por años, con los riesgos inherentes a un clima tropical: inundaciones y termitas, además de incendios. Bancos alquilan pisos enteros de edificios corporativos meramente para guardar papeles, incrementando los costos que al final son pagados por los clientes.

Obtener un permiso municipal de construcción implica múltiples biblioratos llenos de planos y documentos en duplicado y triplicado, documentos que nacieron digitalmente, pero deben ser impresos para estas gestiones, y que a su vez deberán ser archivados por el municipio, quien sabe en qué condiciones.

Parece que nadie se dio cuenta que en otros países los cheques se depositan con solo escanearlos, los contratos no se imprimen, y se firman digitalmente, que la renovación de registros se realiza en la web, que los estatutos de las sociedades están disponibles digitalmente en los registros públicos, que el médico transmite la receta digitalmente a la farmacia, sin papeles fácilmente adulterables. Todo con más seguridad, trazabilidad y transparencia que los arcaicos sistemas que mantenemos e insistimos en emplear.

No es necesario ser un país grande y rico para descartar toda esta pesada rémora de otras épocas. Hoy el país más digital del mundo es Estonia, con una superficie de 45.000 km2 y una población de poco más de un millón de habitantes. En el momento de ser desmembrado de la Unión Soviética en 1991, era uno de los países más pobres de Europa.

Con limitados recursos y sin infraestructura de gobierno, los líderes de entonces tomaron la decisión de construir un Estado minimalista pero suficiente, ofreciendo todos los servicios de un país moderno sin la engorrosa burocracia tradicional. Hoy, el ciudadano solo debe concurrir a una oficina pública para tres casos puntuales: obtener su identidad digital, casarse, o transferir inmuebles. Todo lo demás se realiza en línea, incluso desde un teléfono celular.

El Estado digital de Estonia ha sido construido sobre algunos principios básicos: que el ciudadano cuente con una cédula de identidad digital inviolable, que deba ingresar datos personales solo una vez al sistema y es dueño de sus datos, que todo el sistema cuente con un altísimo grado de privacidad, robustez y confiabilidad. Nada de esto nos es imposible. Contamos con la infraestructura básica, y con desarrolladores brillantes que pueden hacerlo realidad.

Hoy más que nunca es necesario no solo reformar el Estado, sino también rediseñarlo, incluyendo su relación con sus ciudadanos. Transitamos en carreta de la época de la colonia por el mundo digital del siglo XXI. Ya es tiempo de jubilar los bueyes y poner la carreta en un museo de antigüedades.

(*) Socio del Club de Ejecutivos

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