Opinión

Transformación sin realismo es error

Carolina Cuenca

Entre tantas ideas que tratan de imponerse como únicos transeúntes en la carretera de nuestros pensamientos en esta época, dos de ellas me llaman la atención por su nivel de coacción y violencia latente, y que, sin embargo, toman fuerza entre algunos miembros jóvenes de la comunidad sapiens. Una de ellas es la necesidad de una verdadera “transformación”, no solo social, sino antropológica global e integral (desarmar las categorías de pensamiento occidental, renunciar a la razón en pos de la sola voluntad, deconstruir la familia, censurar las diferencias sexuales, superar la democracia, etc.). Ya no se aboga solo por un cambio de dirección, como era el eslogan de todo discurso que quisiera tener eco hace algunas décadas atrás, cuando incluso los partidos políticos tenían que presentarse como “radicales” en su deseo de “cambio”, sea lo que fuera que esta vaga expresión representara en diversas audiencias. Cambio querían los fascistas, cambio querían los comunistas, cambio querían los nacionalistas, cambio querían los liberales, cambio ofrecía el estatus quo a cambio de no cambiar nada.

Entre cambio y cambio, sin embargo, ha pasado tanta agua sucia por las calles de la esperanza ciudadana, agua que se convierte en raudal destructivo cuando se habla de corrupción estatal, por ejemplo, que tratar de revivir esa idea de “cambio” parece un despropósito en la construcción de la agenda política hoy. Aunque se tratase del más desfachatado microorganismo virósico político, incapaz de sobrevivir si no fuera por su acción parasitaria, si se pretende sobrevivir y circular en la mente de los futuros votantes, ya no se puede apelar a la idea del cambio por el cambio, sino al de transformación. Se hace atractivo en este contexto desestructurante “transformarse”, redefiniéndose completamente. Pero, cuidado, autonomía total no es sinónimo de libertad, sino de despersonalización y esclavitudes más sofisticadas y crueles.

Otra idea muy relacionada con la de transformación es la del sueño igualitario. “Transformarse para ser todos iguales”. ¡Qué horror! Imposible no ligar esta “solución” a la crítica canción Another brick in the Wall, de Pink Floyd, “¡Ey!, ¡profesores! ¡Dejad a los niños en paz! A fin de cuentas, es solo otro ladrillo en la pared”…

Pero, ¿por qué generan adhesión los conceptos de transformación igualitarista y onírica? Aunque en el proceso perdamos libertad, aunque la razón reclame su espacio a los alucinógenos discursillos moralistas del nuevo orden, aunque para llegar hubiera que aserrar cabezas y clausurar los espacios creativos del alma, aunque es evidente que los financistas de la transformación tienen su propia agenda oscura y nos quieren instrumentalizar; aunque sabemos que, salvo en la dignidad, ninguno será jamás idéntico al otro (y si lo pretendiéramos, perderíamos en humanidad), aunque la realidad nos reclamará siempre una relación más sincera y fiel con ella…

Se pueden probar muy fácilmente la manipulación y los errores que adhieren a ella los promotores radicales de la transformación y el igualitarismo, pero a veces da la impresión de que a pocos les importa pensar realmente por cuenta propia. Primero, habría que testear un poco el nivel de embotamiento o desnutrición intelectual de quienes toman las decisiones e influyen en ellas. Pero, sobre todo, se nota una falta de entusiasmo de los actores intermedios, los que siempre han servido de colchón, protección y potenciación de las ideas propias: los maestros, los políticos de vocación, los padres y guías morales.

Los adultos de la aldea estamos dejando solos a nuestros hijos en la carretera de las ideas “transformadoras”, manipuladas desde el poder. Ellos tienen la ilusión de ser parte de una transformación con libreto ajeno, y están más dispuestos a arriesgarse que nosotros. Pero ninguna transformación será positiva sin libertad. Perderla es perdernos. Usemos nuestro sentido común. Ese es un camino errado.

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