Un juez debe hablar con sus sentencias, y no con sus declaraciones periodísticas, como el juez norteamericano Thomas Griesa.
En octubre de 2013, cuando Repsol tenía una disputa con la Argentina, Griesa invitó a la empresa a presentar el caso en su tribunal, mostrando su parcialidad (véase el libro Los buitres, de Carlos Burgueño). Era previsible que fallara en contra de la Argentina y a favor de los fondos buitres capitaneados por la empresa NML del millonario Paul Singer.
Por favorecer a una empresa de 300 empleados se perjudica a un país de 41 millones de habitantes, comentó el New York Times.
Es probable que, si el fallo de Griesa provoca una crisis en la Argentina a causa del default o impago, las consecuencias negativas se sientan también en el Paraguay y el Uruguay, así que los afectados serán varios millones más. No pienso que Griesa quiera perjudicar a tantos millones de personas, pero están en juego los intereses de corporaciones multinacionales; en particular, de corporaciones financieras, cuyos intereses defiende.
El caso argentino es muy importante, porque su resolución incidirá en la negociación de la deuda pública de varios países.
Si Grecia hubiera reestructurado su deuda como la Argentina, estaría mucho mejor; este parecer de un destacado economista vale para varios países más.
Vale desde el punto de vista de los intereses de las mayorías de esos países, que no merecen empeñarse para pagar deudas odiosas.
Desde el punto de vista de los acreedores, es necesario escarmentar al país que trate de hacer valer su soberanía frente a los intereses financieros, que tienen un enorme poder global.
Parafraseando a Borges, el problema de los especuladores financieros no es que sean malos, sino que son incorregibles. Con sus tejemanejes provocaron la crisis financiera mundial de 2008, pero no piensan cambiar. Cuentan con la protección de los dirigentes de los países desarrollados, que prometieron reformar el sistema financiero mundial en 2008 y no han hecho nada; para colmo, ahora negocian el acuerdo que es el tema de este artículo.
TISA (Trade in Service Agreement) es un acuerdo negociado en mayo por los Estados Unidos, la Unión Europea, Australia y 23 países más.
Las tratativas fueron secretas y, si Wikileaks no hubiera destapado la olla en junio, poco o nada se hubiera sabido. De acuerdo con los términos del convenio, TISA seguirá siendo secreto hasta cinco años después de su suscripción por los países signatarios, que son alrededor de cincuenta, incluyendo los de la Unión Europea, Estados Unidos y varios más. No por secreto dejará de tener la categoría de tratado internacional, o sea, que será ley para los países cuyos representantes lo hayan pactado a espaldas de la ciudadanía.
El propósito es desregular todavía más el sistema financiero, para permitir una mayor expansión de las multinacionales a nivel global.
No me sorprenden las pretensiones de las multinacionales, sino que se hayan puesto al servicio de ellas los dirigentes de la llamada democracia occidental y cristiana.
Poderoso caballero es don Dinero.