Economía

Tiempo de reflexión, diálogo y acciones

 

En su reciente visita al Paraguay, Joan Melé (*) fue interrogado sobre su opinión del país y a pesar de las pocas horas de estadía se animó a opinar que le era muy llamativa la cantidad de publicidad en las calles. “Pareciera que no quieren que tengamos tiempo de reflexionar”, acotó. En la práctica católica, así como en otras prácticas cristianas y de otras religiones, hay un día de la semana para el Señor, para estar tranquilo, reflexionar, meditar, rezar, y compartir sin apuros. En la vida cotidiana tiene que haber momentos de quietud. Sin embargo, nos hemos lanzado en una “guerra contra la serenidad” donde nos vamos de aquí para allá, nos alteramos, nos interrumpimos, y casi eufóricos saltamos de una actividad a otra mientras estamos pendientes de centenares o miles de mensajes e imágenes mayormente inútiles en los celulares.

El estudio, el pensar, el leer, el meditar y el reflexionar son esenciales. Los griegos acuñaron el término “ocio creativo” u “ocio productivo” a esos momentos donde aparentemente no hacemos nada y sin embargo nos permiten después hacer mejores cosas, o como mínimo, evitar errores.

A partir de ahí hemos venido perdiendo la idea de dialogar. A falta de conocimientos e ideas, no escuchamos al otro y preferimos la agresión, o la omisión. Otra vez: El diálogo –así como el sueño o la meditación– es ineludible para que nuestro cerebro conceptualice, funcione en el análisis, en los aprendizajes y en la formulación de propuestas. Nos hemos enamorado de las votaciones para no hablar, para no conciliar.

Votar es un irremplazable y útil mecanismo para un sinfín de gestiones, aunque en muchísimas otras debe ser la última alternativa porque al darse vencedores y vencidos es muy común que en las tareas posteriores la armonía esté ausente.

Nuestros problemas de comunicación se han adjudicado a los impactos tecnológicos y a la velocidad que la vida actual exige. Sabemos que no es así. Depende de nosotros evaluarnos, hacernos exámenes de conciencia y determinar si nuestro comportamiento en todos los ejes de relacionamiento es el adecuado: ¿Pagamos bien a nuestros colaboradores y proveedores?, ¿cumplimos nuestras promesas de calidad con clientes?, ¿estamos cuidando nuestra comunidad, nuestro barrio?, ¿apoyamos a los artesanos, microemprendedores o estudiantes que son fundamentales para la economía? De la reflexión, el diálogo, el comunicarnos mejor deben salir acciones consensuadas que lleven al bien común.

Por todo ello nuestras decisiones y acciones en el ámbito privado, así como las del Parlamento en esta época de revisar presupuestos, deben estar despojadas de egoísmo y llenas de humildad. Que el Espíritu Santo nos ilumine para tomar las decisiones correctas que nos den paz y tranquilidad perdurables.

Inspiración www.aleteia.org Por qué el mundo está cada vez más violento.

(*) Presidente de la Fundación Dinero y Conciencia. Lidera el proceso de formación y desarrollo de la banca ética en Latinoamérica y es miembro del Consejo Asesor de Triodos Bank.

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