Nadie más que vos sabe cuánto te agradezco el infierno, la tierra y el paraíso. Gracias por la humillación del pan cotidiano, de sudor y lágrimas, y por la amenaza tenaz de la miseria degradante. Gracias por someter mi voluntad al disfrute sublime de la fronda y del árbol que eleva su tronco viejo y sus ramas florecidas hacia vos, tercamente. Gracias por sentirme fronda y árbol y asesino que recobra su ser traicionado con el golpe de hacha de Caín. Seas bendito en el susurro y en la trompeta; en la sinfonía de colores y de formas de las minas arropadas en la maleza; en el hedor vital de la bestia en celo, en la emanación de miasmas de muerte y en el viento que esparce la exudación de la tierra. Bendito seas por las manos que hieren la materia y la acarician; por el vientre animal que ruge y canta cuando recibe su ración plebeya. Gracias por el miedo, por el entusiasmo, por la obsesión de los enigmas, por la ira volcánica y por la divina ternura que ata a la vida más allá del cansancio.
Bendito seas en el holocausto de la buena mujer que soñó con pisos y vajilla bruñidos, con tapices orientales, sedas perfumadas y vasos de cristal. Bendito por la exaltación eterna, por la pasión rebelde y por la gloria secreta de sucesivas muertes y resurrecciones - mensajeras del futuro- . Bendito y bendito por no estar hecho a mi imagen y semejanza.
Adorado seas porque la podredumbre de Lázaro huele a hierba recién nacida. Amén.
Areguá, viernes 29 de mayo de 1998.
* Extraído del libro Cuentos que no se cuentan, editado por Arandurã, 1998.
Lucía Mendonça
Escritora