La irrupción del tabacalero Horacio Cartes en la arena política fue de las peores cosas que le pasó a nuestra frágil institucionalidad. Las cantidades ingentes de dinero que genera su negocio le permitieron rescatar al Partido Colorado de la llanura antes de su depuración, y cooptar a las instituciones del Estado alquilando, comprando o extorsionando a sus integrantes. Desde la caída de Stroessner, ninguna persona acumuló tanto poder ni lo ejerció tan desembozadamente.
Cartes logró que todo el aparato del Estado fuera funcional a su negocio. Distorsionó el mercado local comprando empresas que operaban al margen de las reglas de la competencia porque su objetivo era blanquear el capital transfronterizo, no generar renta. Y estuvo a un paso de echar en gorra la propia Constitución para eternizarse en el poder.
Hubo, sin embargo, dos circunstancias que nunca previó y que casi terminaron por destruirlo. La primera fue la lógica con la que funciona el partido que creyó controlar, un partido cuyos afiliados sí optan por la alternancia casi religiosamente. Y la segunda, las sanciones aplicadas por Estados Unidos, por una administración que concluyó que el tráfico de cigarrillos –de la que Cartes era el principal proveedor– se había convertido en un negocio funcional para sus enemigos.
El golpe fue durísimo, pero no lograron tumbarlo definitivamente. La misma lógica de la alternancia colocó a su pupilo político en la presidencia de la República, Santiago Peña, y la aparición disruptiva de Trump en la Casa Blanca y nuestra alineación incondicional como país a cualquiera de sus anárquicas ocurrencias lograron la absolución de Cartes. El hombre parecía haber regresado con todo. Y dio muestras de lo que era capaz de hacer. Toda investigación fiscal abierta en su contra quedó paralizada o muerta y son ahora sus enemigos políticos los que enfrentan causas judiciales. Sus acólitos no tuvieron el menor empacho en desterrar del Senado a la segunda legisladora más votada sin ninguna causa. Y encumbraron como presidente del tribunal que juzga a jueces y fiscales a un legislador con un título falso de abogado e incapaz de hilar una oración completa. Tal era nuevamente su poder que no había pasado ni un año de la gestión de Peña cuando anunció ya que su sucesor sería el actual vicepresidente Pedro Alliana, el hombre a quien le salvó la vida pagándole un costoso tratamiento médico. Alguien que consideraba un incondicional absoluto.
Y el cartismo parecía invencible nuevamente cuando sucedieron otra vez dos hechos que el propio Cartes no vio venir: un ACV que lo dejó físicamente disminuido, y una sublevación inesperada de la tropa. Lo que se presentó primero solo como una discusión sobre quién debía acompañar a Alliana en la chapa presidencial terminó revelando lo que el subestimado Peña venía construyendo en las sombras: su propio proyecto político y económico.
Con el proyecto Hambre Cero y el reparto de más de USD 800 millones entre las gobernaciones, Peña compró la adhesión de todos los gobernadores y la mayoría de los diputados, y con la generación de un grupo económico propio —apalancado con dinero público—, consiguió total independencia de la billetera de Cartes. El escenario cambió radicalmente y los reacomodos se dieron a una velocidad de vértigo.
Alliana está con Peña y mantiene su candidatura, ya sin el apoyo de Cartes. La mayoría de los legisladores se pronuncian a favor del presidente. Cartes aparece muy solo en una foto con unos pocos leales, y luego en un abrazo inesperado con su archienemigo, Abdo Benítez, el ex presidente a quien culpa de su primera gran caída.
¿Es este el fin de la hegemonía cartista? Si así fuera sería una gran noticia para nuestra vapuleada democracia. Lastimosamente, los amotinados vienen con sus propios vicios. Construyeron su base repartiendo el dinero de un proyecto educativo que nunca fue tal, y montaron un negocio gigantesco modificando reglas y poniendo bajo sospecha a las dos únicas instituciones creíbles del Estado: el Banco Central y la Superintendencia de Bancos.
Es muy pronto para hacer vaticinios. Lo único cierto es que el viejo lobo no se entregará fácilmente, y que sus cachorros pueden parecer más civilizados, pero nunca debemos olvidar que tienen su misma sangre.