San Benito atestiguó, con insignes obras y con su santidad, la perenne juventud de la Iglesia.
Además, “él y sus seguidores sacaron de la barbarie y llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros, y conduciéndolos a la virtud, al trabajo y al pacífico ejercicio de las letras, los unió en caridad a manera de hermanos”.
San Benito contribuyó en gran medida a forjar el alma y las raíces de Europa, que son esencialmente cristianas, sin las cuales no se entienden ni se explican nuestra cultura ni nuestro modo de ser.
La misma identidad europea “es incomprensible sin el cristianismo”, y “precisamente en él se hallan esas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva a los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”.
Muchos cristianos, ante un panorama que parece adverso han preferido poner entre paréntesis, dejar a un lado, lo que podía chocar con la opinión más generalizada, que muchas veces se ha puesto a sí misma la etiqueta de “moderna” y de “progreso”, y “a fuerza de poner entre paréntesis lo que nos molesta en un problema –escribe un pensador de nuestros días– para no separarnos de nuestros compañeros, corremos el riesgo de enterrar en nosotros lo que es esencial”, aquello que explica el sentido de nuestro vivir cotidiano.
Al respecto, el papa Francisco, en su cuenta de la red social Twitter @Pontifex_es, recordó hace un par de días que los santos no son superhombres. Son personas que tienen el amor de Dios en su corazón y comunican esta alegría a los demás. De esta manera supo San Benito comunicar el amor de Dios a todos los hombres y mujeres, especialmente a aquellos que más lo necesitaban”.
(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, yhttp://hospitalidad.wordpress.- com/category/papa-francisco)