30 may. 2026

“Robamos porque da gusto y porque nos deja dinero”

Son niños de entre 7 y 12 años a quienes la vida les exige más. Obligados a olvidarse de sus sueños y a acelerar sus procesos, estos chicos viven en la miseria y hoy salen a robar en grupo. Aquí sus confesiones.

Por Ma. José Centurión
mjcenturion@uhora.com.py

“Hace poco jugábamos juntos al fútbol. Ellos eran chicos todavía, aparecían en los partidos que organizábamos todas las tardes en la plaza. Hace rato que ya no vienen a jugar”, cuenta Óscar, un ex compañero de equipo de los bautizados “pirañitas” por la prensa local.
Meses atrás, esos pequeños que dominaban el balón cambiaron de cancha. Ya no persiguen la pelota, sino que corren tras alguna víctima que tenga un celular, una billetera cargada u otros objetos de valor.
Si pierden, van a parar a la comisaría. “Total, sabemos que enseguida vamos a salir”, declara J., uno de los ex jugadores; y si ganan, llevan “alegría” a su casa.
“Desde que hacemos ‘eso’ –llama ‘eso’ a robar– comemos mejor y le digo a mi mamá que mi jefe me dio ese dinero”, confiesa el niño de 11 años que domina su nuevo juego.
Todos estos jugadores, oriundos del barrio Ricardo Brugada, en el microcentro capitalino, tienen clara la película, saben hasta cómo zafarse de las goleadas más duras de la vida. A su corta edad han aprendido lo suficiente como para sobrevivir en el campo de juego, defenderse y hasta ir contra un rival más grande.
Están al tanto también de que el suyo no es cualquier juego, y que por sobre todo tiene otras reglas: carece de horario, jugadores y rivales fijos. De repente pueden estar en el parque de su barrio, otras veces sentados mirando la bahía o listos para entrar a esa gran cancha que es la calle, donde les espera un resultado absolutamente incierto.

SUS CONFESIONES. “Da gusto hacer eso, porque te da dinero. Yo gano al día cincuenta mil guaraníes por ahí. Le digo a mi mamá que fue mi ganancia de la venta de mis caramelos. En mi casa no saben que yo hago eso”, cuenta J., quien en el día menos esperado sube hacia lugares que ni se asemejan a su barrio. Es que él vive, según sus propias expresiones, en el bajo, en la Chacarita. Un espacio donde se vive sin las mínimas comodidades ni servicios y donde la abundancia suena a desconocido.
J. prosigue el relato de su experiencia, pero a medias. Su desconfianza rápidamente lo vuelve lacónico, escatima las palabras. Se intimida ante cada pregunta.
Mientras, sus amigos lo rodean y no dejan de lado las bromas. "¡Ey, pirañita!, vamos pues a bañarnos en la pileta”, le invitan refiriéndose a la fuente de agua ubicada frente al Cabildo.
El chico no duda en levantarse y dejar con las preguntas al aire a sus interlocutores ocasionales de la prensa, quienes avanzan detrás de él. El niño apura los pasos atravesando la plaza hasta uno de los bancos donde otros dos pequeños, un hombre y una chica, se encontraban descansando. Todos son vecinos del “pirañita”, que se pierde por unos instantes. Entre todos se conforma una pequeña ronda y don Pascual –así se llama el hombre– es el que rompe el silencio, para describir el barrio que se observa desde la plaza: "¿Conocés Ciudad de Dios?”, pregunta el vecino refiriéndose a la película brasileña dirigida por Fernando Meirelles y que retrata la vida de un grupo de niños-delincuentes en las favelas de Río de Janeiro.
“Bueno, así es por acá, aunque no tanto también. Pero para que te des una idea, es más o menos así”, insiste. De pronto reaparece el niño que lidera a los “pirañitas”, esta vez ya con su grupo de amigos. Entre todos se corren, se hacen bromas, se golpean. La violencia forma parte de su cotidianidad y hasta de sus juegos.
Del grupo, cinco o seis son “pirañitas”, pero cuando se les pregunta si conocen a alguno, todos callan. Solo uno reconoce serlo, aunque se niega a hablar del tema. Para desviar la atención sobre el asunto se revuelcan en el pasto, corretean y hablan de la reciente fiesta del carnaval que se hizo en el barrio. Es un momento en que se sienten y comportan como lo que son: niños. Pero dura muy poco, pronto les asalta la necesidad de pensar de nuevo como adultos. Saben que tienen que llevar dinero a sus casas.
Es el instante en que el grupo se transforma en un equipo dispuesto a atacar al primer transeúnte, que no advierte en ellos sino a una bulliciosa ronda de chiquillos que, en realidad, están dispuestos a conseguir cualquier objeto de valor antes de regresar a sus hogares. Es el partido que les obligan a jugar y en el que saben que no recibirán aplausos de parte de ningún espectador.

Consecuencia
de la pobreza

Norma Duarte
Trabajadora social

“Esos niños tienen una historia de familia sumamente empobrecida. Y no son uno, dos, tres o cuatro, son el 43% de nuestra población. Entonces, no podemos plantear este tema de los chicos que hacen esto en las calles como algo aislado, sino como parte de un fenómeno”, explicó la coordinadora de Callescuela (ofrece educación a chicos que trabajan en las calles), Norma Duarte.
Añadió que las políticas públicas tienen que ser de fondo: “Que aseguren trabajo para los padres de los chicos, también salud y educación para los pequeños. Así los niños no van a salir y si lo hacen lo harán por otras circunstancias”.
Señaló que la pobreza no solo deteriora a las personas sino que a todo el individuo. “Eso no pasa gratis en la vida de un país. Estamos viendo las consecuencias”, puntualizó.

“Es una modalidad
de explotación”

Victorina Espínola
Ministra de la Niñez

“Esta es una modalidad de explotación de los niños. Evidentemente hecha por adultos. Los orígenes de este problema están en la familia, también en la ausencia de programas, por eso nosotros ya lo hicimos. Ya que si la familia desatiende o abandona, inmediatamente debe intervenir la Codeni, y si esta no actúa debe hacerlo el Estado”, indicó la ministra.
Una de las alternativas propuestas por esta institución es el Programa de Fortalecimiento del Sistema Nacional de Protección, que se creó con el fin de salvaguardar en forma integral a los pequeños. Así también la creación del centro “Ara Pyahu Mita’i”, que será habilitado esta semana.

Responsabilidad
compartida

Andrea Cid, oficial de programa de la Unicef Paraguay

“No hay un solo culpable de esta situación. Es una responsabilidad compartida, porque la problemática es interdisciplinaria, todos tenemos un rol que cumplir. Por una parte están los padres y por otra el Estado”, señaló la oficial del programa de Unicef Paraguay, al referirse a la situación de los chicos que hoy en día salen a las calles a robar en grupo.
Agregó que no se deben generalizar los casos sino contemplarlos en forma particular.
“Hay que tener en cuenta también que muchos de estos niños, no se pueden generalizar los casos, fueron educados en un ambiente de violencia, como también puede que no. Se tendrán que hacer procedimientos generales donde se tenga un tratamiento para cada caso. Hay muchos factores que hay que medir para poder llegar a una conclusión”, puntualizó Cit.