Como hace un año, hoy vuelvo a escribirles una carta. Advierto que las peticiones son idénticas, así que podría hacer una copia y ahorrarme la tarea de redactar. Es más, una solicitud es que vuelvan a leer aquellas palabras. Sin embargo, en esta ocasión, prefiero centrarme en los niños y niñas, a quienes parece olvidamos en medio de tanto ajetreo diario. Disculpen si repito varias veces los sustantivos.
Quiero mencionar cinco aspectos que considero esenciales, por citar solamente algunos, apoyado en la inteligencia artificial: “La infancia es un territorio sagrado donde se tejen los hilos invisibles que sostendrán la vida adulta. En ese espacio frágil y luminoso, cinco pilares se erigen como guardianes imprescindibles: la educación, la seguridad, la salud, el ocio y el aprendizaje lúdico”.
Que el acceso a educación no sea una dificultad o un privilegio de pocos. Es inconcebible que se necesiten demasiados recursos económicos para el acceso a una preparación del siglo XXI. Con iguales oportunidades, el desarrollo se puede alcanzar, y la vida digna dejar de ser una cualidad de afortunados. Entonces, que se destinen realmente más recursos para tal menester desde el Estado.
Apunto lo que respondió uno de los tantos grandes modelos de lenguaje sobre la importancia del párrafo anterior: “Comencemos por la educación, no como mera transmisión de datos, sino como la gran aventura de descubrir el mundo y a uno mismo dentro de él. Una niña o niño que aprende a formular preguntas, a dudar con respeto y a buscar respuestas con curiosidad está construyendo un cerebro flexible, resiliente y empático. La educación de calidad no solo abre puertas laborales futuras; forja ciudadanos capaces de imaginar sociedades más justas. Cuando una niña de un barrio humilde comprende que la historia también la incluye, o cuando un niño descubre que las matemáticas describen el vuelo de una cometa, algo profundo se despierta: la sensación de pertenencia al gran relato humano”.
Luego, la seguridad es requisito indispensable para aprovechar este tiempo, porque “ninguna semilla germina en tierra hostil”. “La seguridad es el suelo firme que permite que la infancia florezca. No hablamos solo de ausencia de violencia física, sino de un entorno donde el miedo no sea compañero cotidiano. Un niño que teme llegar a casa o que camina mirando hacia atrás en el recreo no puede concentrarse en aprender. La seguridad emocional –saber que hay adultos que escuchan sin juzgar, que protegen sin asfixiar– es tan vital como la física. Cuando un niño o niña se siente seguro, se atreve a equivocarse, a probar, a ser vulnerable. Y en esa vulnerabilidad nace la verdadera confianza”.
Igualmente, la salud “es el cuerpo que sostiene el vuelo del espíritu”. “Un organismo bien nutrido, vacunado, atendido y activo piensa mejor, siente mejor y resiste mejor. Pero la salud infantil va más allá de lo físico: incluye el sueño reparador, la higiene emocional y la conexión con la naturaleza. Un niño que corre descalzo sobre la hierba, que come frutas de colores distintos cada día, que duerme sin pantallas parpadeantes, está construyendo un sistema inmunológico y una mente equilibrada. La pandemia nos recordó crudamente que la salud no es un lujo individual, sino un derecho colectivo que determina el futuro de generaciones enteras”.
Y más, queridos Reyes Magos: que el ocio sea una exigencia para esta etapa única y hermosa, y no una excepción, “no es tiempo vacío: es tiempo lleno de posibilidades”. Asociado al juego, es donde niños y niñas “prueban identidades, resuelven conflictos y descubren qué les emociona de verdad”.
Y, por último, en el aprendizaje que no falte lo lúdico.
Es que cuando un niño o una niña aprende jugando “no solo retiene más: ama aprender”. “Y quien ama aprender nunca deja de hacerlo”. Insisto: “Son derechos inalienables y necesidades (…), porque una infancia plena (…) produce seres humanos capaces de imaginar y construir un mundo que merezca la pena ser habitado”.