12 abr. 2026

Que parezca un accidente

Va con onda

Ningún estudio académico ni investigación periodística describe tan acertadamente la relación incestuosa entre el poder político, el poder económico y el crimen como la novela El Padrino, de Mario Puzo.

Y ninguna escena del relato recrea tan acabada y universalmente esos vergonzosos lazos como la fiesta de bodas de la hija del Don, ostentosa gala con la que Coppola abre la película que inmortalizó a la familia Corleone.

A la fiesta se dan cita, además de los jefes de las demás familias mafiosas, diputados, senadores, periodistas y jueces, una variopinta selección que integra el mayor capital de Vito Corleone, personas a las que ha hecho los más diversos favores, algunos inconfesables, y que ahora están en deuda con él.

Ese día recibe pedidos especiales, es la tradición. Está el empresario de pompas fúnebres que clama venganza para una hija a la que un par de gandules, hijos de la aristocracia neoyorquina, en un intento fallido de estupro, le destrozaron el rostro. Está el pastelero cuyo potencial yerno, un inmigrante italiano ilegal, está a un paso de ser deportado a la vieja patria.

Y hay más. Todos piden un favor que, como buen siciliano y en el día de la boda de su única hija, el Don no puede negar.

Despachados los pedigüeños, Corleone llama a su consiglieri y reparte tareas. Este encargo para un juez de Miami, este otro para un diputado judío de otro distrito, aquel para algún gángster que no se exceda, “no somos asesinos”, ironiza el Don, con la voz ronca con la que le interpretó Marlon Brando.

Afuera, agentes del FBI toman nota de las placas de los automóviles aparcados frente a la mansión. El hijo mayor del Don arrebata una cámara y la revienta en el piso. Lo sacan sus guardias antes de que cometa una locura. “No hay problema -le dicen-, se advirtió a los invitados que cambiaran sus placas”.

En el jardín, un reportero se escabulle y obtiene la instantánea de uno de los jefes de las cinco familias. El flash de la cámara lo delata. Un gesto del Don y un par de gorilas de traje capturan la cámara y destrozan la cinta.

En su oficina, el consiglieri anuncia a Corleone que algunos legisladores y jueces avisaron que no podrán asistir, que él entendería por qué, pero que igual enviaron generosos obsequios.

El Don asiente complacido y se acerca a la ventana. Hay un griterío infernal. Llegó la mayor estrella musical del momento. El Sinatra de la ficción. Y también le debe favores.

Ese era el secreto de Corleone. No eran las armas, ni el dinero ni la fuerza. Solo favores. Intercambio de favores. Apenas influencias.

Ese era el secreto del Don. Corleone traficaba influencias.

Por supuesto, el tema no era original. La gracia estaba en la forma como la describió Mario Puzo.

Una versión criolla son los cumpleaños del senador Galaverna. Largas filas de asado a la estaca regado con el mejor importado, la polca de fondo; y entre los comensales, periodistas, políticos, fiscales y ministros de la Corte.

Es material periodístico de primera. Solo se necesitan una foto y un título. Tráfico de influencias. No es la figura del Código Penal, que es asunto de jueces y fiscales, sino la conjunción de dos palabras del español que, juntas, describen la misma connivencia de la que se ocupó magistralmente Puzo.

Es lo que hizo la colega Sandra López, del diario ABC Color, cuando descubrió a un miembro de la nueva familia presidencial en la fiesta de cumpleaños de Zuny Castiñeira, viuda del narcotraficante Adilson Rosatti y amiga entrañable del general Humberto Garcete, acusado de traficar con autos robados.

Castiñeira. Una mujer que aborrece el anonimato, que ha estado en la prensa bajo todos los gobiernos, relacionada con temas que van desde negocios con la telefónica estatal y la venta de medicamentos a la previsional pública hasta el carnaval carioca y el mamón con palito.

López la descubrió haciendo migas con una mujer con la que, hasta que el tío se convirtió en presidente, jamás tuvo nada que ver.

Y lo publicó, por supuesto.

Ahora la quieren condenar por eso... Y que parezca un accidente.

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