12 abr. 2026

¿Qué clase de mujer era Sonia?

Opinión

galiboc@tigo.com.py

Hasta hace algún tiempo pasaban en la televisión un corto institucional -creo que de la Secretaría de la Mujer- en el que un florista tocaba el timbre de una casa y era atendido por una joven con moretones en el rostro. Las flores eran el pedido de disculpas del golpeador arrepentido. En la última escena, el florista toca nuevamente el timbre, pero nadie sale a atender. Lo que traía era una corona de flores. El mensaje era brutal: lo que comienza como violencia de género puede acabar en feminicidio. Es lo que le sucedió a no menos de treinta mujeres paraguayas el año pasado

El corto formaba parte del fenomenal esfuerzo que desde hace años llevan adelante las mujeres de este país -tanto desde el Estado, como desde las organizaciones no gubernamentales- para enfrentar un problema muchísimo más frecuente de lo que se imagina. Ocho de cada diez llamadas al 911 están relacionadas a violencia doméstica. Son cerca de 20.000 llamadas anuales, aunque menos del 1 % de las mismas termina en una denuncia formal. Quizás porque al día siguiente llega un ramo de flores.

Muy cerca de él, con la seguridad que dan las estadísticas, hay una mujer golpeada. Casi siempre hay alguien más que lo sabe. Pero, por distintos motivos, el silencio es la regla. De eso no se habla. Y el golpeador cuenta precisamente con eso. La única forma de enfrentar este flagelo social es la denuncia. Para que existan más denuncias es indispensable que las estructuras estatales -Policía, Poder Judicial, Ministerio de Salud Pública- sean capaces de dar respuestas eficaces a cada caso.

Esa tarea de concienciación ocupó buena parte del tiempo de las últimas ministras-secretarias de la Mujer. Hubo avances notables, pero quedaba la sensación de que todo cambiaba muy lentamente. Hasta que Adolfo Trotte apareció en escena con una pistola 9 milímetros y aceleró los tiempos. Entonces, también conocimos a su esposa Sonia, aunque para ella ya era tarde.

El increíble repudio colectivo que generó el homicidio no tiene precedentes en el país. Las redes sociales fueron desbordadas, hasta el punto que dos diarios -Última Hora y Abc- se vieron obligados a poner restricciones a los comentarios de sus lectores.

Adolfo, el barrabrava devenido en dirigente deportivo, se convirtió en paradigma de la violencia de género. Mientras la gente seguía con morbosidad el desarrollo del caso, iba aprendiendo, con mayor rapidez que todas las campañas previas juntas, los complejos motivos que llevan a una mujer a soportar durante dos décadas a un esposo golpeador. Y Cristian, su hermano -físico y psiquis casi idénticos a Adolfo-, aportó la dosis de necesaria inhumanidad. Culpó a la muerta de lo que le sucedió. Y aseguró que va a contar quién era esta mujer. Sonia no podrá responder esta cobardía. Dos balazos en la cabeza se lo impedirán.

Sonia es una mujer muerta. Nunca lo sabrá, pero ese hecho dará sentido a más de veinte años de golpizas. La conmoción causada por su dramático fin ha sido más pedagógica que ninguna campaña. ¿Qué clase de mujer era Sonia? No lo sé, pero eso importa poco. Hoy es un símbolo de la brutalidad machista y el silencio colectivo. La mirada que todos y todas tenemos de la violencia de género ya no será la misma luego de su muerte. Sonia fue una mujer que nos enseñó los daños de la pasividad social.

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