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Plantear opciones entre salud y economía es un falso dilema

El Paraguay se encuentra en uno de los peores momentos de la pandemia del Covid-19, desde que la misma se inició en marzo del año pasado. La situación actual es el resultado del relajamiento ciudadano ante las recomendaciones de cuidados sanitarios, de la imposibilidad de quedarse en casa y del incumplimiento de las normas dispuestas por las autoridades, de la corrupción y la falta de gestión de las instituciones públicas. Todo lo que ya conocíamos mucho antes de que se produzca la pandemia se unió en un momento corto de la historia para pasarnos factura, con las muertes de varios de nuestros seres más queridos. Necesitamos realizar cambios con mucha urgencia, aprender de esta situación límite y transitar juntos hacia una sociedad más responsable.

Desde muchos ámbitos se ha planteado el dilema de trabajo o salud. Sin embargo, después de meses de funcionamiento casi irrestricto de la economía, la microeconomía sigue resentida. Paralelamente, aumentan las muertes exponencialmente, el Estado gasta cada vez más en la atención a la salud y las familias se endeudan. Es decir, perdemos todos, tanto en salud como en economía. Desde diferentes sectores se argumenta que las cuarentenas solo afectan a los “informales”. Sin embargo, desde el inicio de la pandemia se observaron sectores “formales” que nunca cumplieron con las normas establecidas.

Esta situación no es solo por la pandemia. Las redes sociales, las estadísticas oficiales y las fiscalizaciones realizadas por las autoridades laborales siempre mostraron el bajo apego a las normas laborales básicas, como el pago de salario mínimo, el cumplimiento de las horas laborales y de la seguridad social. El caso más visible tal vez sea el del transporte público, que además de todo lo anterior, en plena pandemia intensificó las reguladas aumentando el riesgo de contagio. Otros menos visibles, pero siempre presentes en las denuncias, son el sector restaurantero, el comercio y no solo los pequeños, también los grandes y parte del sector industrial. El abuso de poder de mercado es casi cotidiano, sin que las instituciones de protección de la competencia y el consumidor cumplan con sus funciones.

La pandemia nos encontró con altos niveles de incumplimiento de normas básicas para la convivencia. Esto no es novedad. Siempre se supo. El problema es que los países que están pudiendo enfrentar mejor la pandemia, incluyendo la vacunación, son aquellos que contaban con mayores niveles de apego a las normas, lo cual les ubicó con mayor fortaleza institucional para implementar medidas de mitigación económica y ya contaban con un sistema de salud y protección social funcionando. Les culpamos a los políticos de incumplir las normas, pero en la vida cotidiana reproducimos esas mismas conductas. La diferencia está en la escala, pero el resultado termina siendo el mismo. Nos perjudicamos todos como sociedad, terminamos viviendo en un ambiente en el que el “sálvese quien pueda” es la norma. La pandemia debiera hacernos reflexionar como sociedad sobre el futuro. ¿Queremos continuar en la misma senda o estamos dispuestos a acordar un pacto en el que ni la economía ni la salud estén por encima?

Necesitamos un país en el que el apego a la norma sea de todos y en todos los ámbitos. La corrupción no es solo traficar influencia para ganar una licitación sobrefacturada o nombrar a un pariente en la función pública. Corrupción también es evadir o eludir impuestos y normas laborales y sanitarias, hacer abuso de poder de mercado, y en el caso de la pandemia, incumplir las normas de prevención poniendo en riesgo a trabajadores, clientes y usuarios. La sociedad debe superarse a sí misma para superar a los políticos. Si no asumimos que en nosotros también está el problema, será difícil superar el costo social y económico de la pandemia y terminaremos en una situación peor de la que nos encontró. Ojalá podamos construir un nuevo pacto en el que entendamos que la economía y la salud van de la mano.

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