Correo Semanal

Pasajeros en tránsito perpetuo

 

BlasBrítez

El viaje, la errancia o el exilio han marcado la literatura moderna y, sobre todo, la vida de los escritores. Un breve y arbitrario repaso por algunos errantes. En el principio fue la convalecencia, la inmovilidad en los campos nostálgicos de Veracruz. Sergio Pitol era muy pequeño cuando enfermó de paludismo y entonces pasó recluido en su casa durante doce años, con la salud frágil. En ese tiempo se hizo el agudo lector que fue, acostado en la cama. A los dieciséis conoció Ciudad de México, y cuando terminó de estudiar se lanzó a pasear, trabajar y vivir por temporadas en diversas ciudades de Europa (París, Varsovia, Budapest, Moscú, Praga, Roma, Pekín y Barcelona), haciéndose a la par escritor, uno de los más grandes de México. Su caso puede ser tomado como paradigmático para el tema que nos ocupa en esta nota: Los escritores y escritoras cuyas vidas no han estado atadas a sus lugares de origen, sino todo lo contrario; es decir, han viajado, vagado, errado, perdido o encontrado en búsquedas impares y aventuradas, como la que Pitol realizó después de no haber salido de su recámara y que han jalonado su literatura. Él mismo dice sobre la errancia: “Como si fuera una constante, acaso como un reflejo de la realidad, en mi literatura hay un personaje que llega de fuera o que está a punto de emprender un viaje. Puede decirse que la errancia es una tradición en varias de mis novelas. El círculo familiar se mueve porque alguien que viene de fuera se empieza a descarriar, se dan situaciones un tanto curiosas: Se produce un rechazo o un acercamiento”.

Rechazo o acercamiento, la literatura moderna está llena de autores que han hecho del vagabundeo un aprendizaje espiritual, un descubrimiento antropológico que casi siempre han volcado en sus libros –sean éstos de ficción o no–, hayan querido o no los lugares y las personas que conocieron, pero siendo fascinados siempre por lo diferente y lo idéntico.

Así Ernest Hemingway dejó registros de su paso por la Guerra Civil Española (¿Por quién doblan las campanas?), por el París de entreguerras (París era una fiesta) o el África inmensa (Las verdes colinas de África, Las nieves del Kilimanjaro y La corta vida feliz de Francis Macomber). Las experiencias en la infancia del francés J. M. G. Le Clézio en el continente negro, no se fueron nunca de su recuerdo e inspiraron ficciones como el delicioso libro de memorias al que, obviamente, tituló El africano. También el conocimiento de América Latina, en especial Centroamérica y la zona maya, azuzó la pluma del Premio Nobel 2008, en textos como Urania.

México, Brasil y Argentina se han convertido en el siglo que pasó en destinos de escritores que han pasado o se han quedado a vivir en esos países, a veces adquiriendo las señas de identidad de sus nuevos destinos. Es el caso del polaco Witold Gombrowicz, quien vivió décadas en Buenos Aires, en donde publicó gran parte de sus obras principales (Los hechizados, Transatlántico, Pornografía). En Brasil, Stefan Sweig, George Bernanos o Blaise Cendrars (estos dos últimos con breves pasos por Paraguay) han registrado su estancia brasileña, la que los ha marcado –a uno más que a otro– de por vida. En México, Malcolm Löwry, D. H. Lawrence o Graham Greene se dejaron obnubilar por el tiempo que corre, con particularidad metafórica, bajo el sol mexicano: Lento y apegado a las tradiciones.

Roberto Bolaño nació en Chile y sus textos reflejan las capas tectónicas de la cultura de su país. Pero desde lejos: Sus pasos por México, en primer lugar, y por España después, lo han convertido en una referencia del escritor errante, pero también de una literatura errante que en obras como Los detectives salvajes y 2666 albergan personajes que vagan, aman y mueren por diversas partes de América y Europa.

El exilio por persecuciones –que conocieron Sweig y Gombrowicz– sería una peste en la literatura latinoamericana. Casi que cada país de América tuvo sus escritores exiliados, en otros países del continente o cruzando el Atlántico: Juan Carlos Onetti se recluyó en Madrid y allí escribió sus últimos libros, encerrado en su casa; Guillermo Cabrera Infante no hizo más que escribir sobre Cuba, pero vivió décadas en Londres; el poeta Juan Gelman vivió alternativamente entre Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y México, y su poesía recoge el dolor y la distancia. Gioconda Belli, por su parte, fue perseguida por la dictadura de Somoza en Nicaragua, y recaló en México y Costa Rica, cuando de joven también había vivido en España y los Estados Unidos. El caso de María Zambrano es especial. Filósofa y ensayista literaria, su obra es una reflexión sobre el desarraigo, con este itinerario: Francia, México, Cuba, Puerto Rico, Italia.

Por elección, por imposición, por la búsqueda de la aventura, el nomadismo de los escritores es una bendición de las musas, excepto cuando no lo es y cuesta la vida. Sin embargo, siempre deja algo. Algo que los lectores de todo el mundo apreciamos y que está llena de una vitalidad que, por qué no decirlo, nos empuja a vivir, a no morir.


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