Tal como prometí, culmino esta serie de tres entregas sobre los libros y mis hijos hablando de Arandu, el menor. Desde enero del año pasado implementé en casa un sistema de conteo mensual, consistente en leer al menos un libro por mes, cuota que debía ser cumplida sin importar las otras tareas obligatorias del colegio y el entrenamiento diario de tenis de mesa (cinco horas por día). En el dormitorio pegamos unas hojas en blanco donde fuimos colocando, mes tras mes, el libro que había sido leído. Cada treinta días, la hoja de Panambi se llenaba con un promedio de tres a cuatro libros, mientras que la de Arandu cumplía siempre con el mínimo exigido y, a veces, lograba dos títulos.
Como ya comenté, Panambi se corta sola; como esos fumadores empedernidos que encienden el siguiente cigarrillo con el que acaban de fumar, ella terminaba un libro y ya tenía el siguiente al lado aguardando su turno. Pero Arandu es muy distinto. A su edad exige que los textos sean mínimamente ilustrados. Inició enero de 2014 con El hobbit digitalizado en versión cómics, pero luego ya no pude conseguir nada parecido porque los precios de los impresos son exorbitantes. Pero sí compré adaptaciones o versiones completas con alguna que otra ilustración. Así fueron pasando por sus manos La isla del tesoro (Stevenson), De la Tierra a la Luna (Verne), El piloto (Cooper), El mago de Oz (Baum), Roverandom (Tolkien), El Principito (Exupéry), por citar algunos clásicos, así como contemporáneos como El “auténtico” Elvis (Gripe), La cueva del Toloño (Zapata), El Súper Maxi del Gol (Baldi) y El inventor de juegos (De Santis).
Estos primeros pasos de Arandu con los libros no fueron fáciles. Aunque en casa no tenemos cable, sí hay reproductor de devedés y muchos discos con películas animadas. Tampoco hay PlayStation ni nada por el estilo, pero sí hay internet, lo que implica todo un mundo de juegos online y otras distracciones. Las horas dedicadas a estos aparatos fueron infinitamente mayores que las dedicadas a la lectura. Fue una lucha en varios frentes, pues no quería ser un completo censurador ni tampoco un total permisivo. Había que negociar todo el tiempo.
Cuando terminó el 2014, recogimos las hojas de las paredes y nos pusimos a sumar los títulos leídos en cada mes. Panambi superaba la cincuentena de libros; Arandu llegó a los dieciocho títulos. No estaba mal para ambos. En el caso del chico, con sus once años cumplidos y terminado el 5º grado, creo que superaba con creces a cualquiera de su edad en ese rubro. El sistema de pedir un libro por mes funcionó mejor de lo que me esperaba.
Cuando lo felicité ante semejante logro, habrá visto mi cara de orgullo y alegría, entonces intrigado me preguntó: “Papá, ¿para qué sirve leer?”.
Traté de ser lo más claro posible y le enumeré las ventajas que todos sabemos aporta la lectura. Pero sabía que la respuesta la encontraría él mismo con los años por venir.
Mientras el conteo empieza otra vez y ya pasó enero de 2015 con Jojo, historia de un saltimbanqui (Ende) y Jorli (Spyri).