Nací en La Plata, Argentina el 1 de marzo de 1954, en una familia donde ciencia y fe convivían armoniosamente. Mis padres, José Alberto Catoggio y Ana Nelsy Luchini, eran doctores en Química. Se conocieron estudiando en La Plata, aunque mi madre venía de Mar del Plata. Mis abuelos paternos eran italianos; mis abuelas, vascas.
Mi padre era catedrático y, sobre todo, un humanista. Combinaba la formación científica con una profunda convicción cristiana; formó parte de la generación que fundó la Acción Católica en Argentina y fue un comprometido militante toda su vida. En los sábados sin clases, lo acompañaba a la facultad cercana a nuestra casa. Mientras él trabajaba, me aventuraba en los laboratorios. Ninguno de sus hijos heredó su pasión por la química, pero sí otros valores. Somos seis hermanos; hoy quedamos cuatro: un hermano está en EEUU, las demás están en Argentina.
Desde joven participé en grupos juveniles de la Iglesia. Estudié con los Hermanos Maristas y tras la Conferencia de Medellín, experimenté retiros intensos que organizábamos nosotros mismos, marcando nuestras vidas profundamente.
En 1970, con tan solo 16 años, me familiaricé con el Schoenstatt. Aunque nunca conocí a nuestro fundador, el padre José Kentenich, fallecido en Alemania dos años antes, un joven llamado Carlos Charly Starita me invitó al movimiento.
Charly se radicalizó en la universidad, perdió la fe y se unió a la guerrilla, donde murió. Pertenezco a la generación inquieta y políticamente activa de los setenta en La Plata. Muchos se extraviaron.
Lo que me sostuvo fue sencillo: el santuario y la Virgen, quienes me atraparon emocionalmente. Con 19 años, frecuentaba el santuario diariamente; tenía acceso incluso en la noche. El padre Guillermo Speldhan fue mi acompañante espiritual. Formé parte del primer grupo juvenil de Schoenstatt en La Plata, creciendo a treinta miembros en poco tiempo.
Nunca experimenté una crisis de fe, lo cual atribuyo a la pura gracia de Dios, como si Él otorgara mucho cuando espera mucho de uno. Mi trayecto estuvo colmado de bendiciones.
Al iniciar mi último año en el colegio, me retiré solo al campo de mi abuelo para reflexionar sobre tres preguntas cruciales. La primera tenía nombre: Diana, mi novia. Aunque estaba enamorado, su falta de práctica religiosa en ella era un obstáculo para mí. Rogué a Dios por una señal y poco después ella tuvo una transformación tras asistir a un retiro, lo que nos llevó a salir juntos por un tiempo, pero mi llamado vocacional pronto se hizo evidente y nos separamos.
La segunda pregunta era sobre Schoenstatt y la tercera sobre qué hacer tras terminar el colegio. Consideré Arquitectura, pero opté por Psicología debido a mi interés en trabajar con jóvenes. En realidad, buscaba ser sacerdote, un arquitecto de almas.
Decidí no ingresar temprano al seminario y quise cumplir mi sueño universitario. Estudié dos años de Psicología en la Universidad Nacional de La Plata mientras asistía a Filosofía como alumno externo en el seminario local.
En 1974, a los 20 años, ingresé al noviciado de los Padres de Schoenstatt y fui enviado a Alemania para mi formación teológica en la Universidad de Münster.
En 1979 visité Paraguay por primera vez como seminarista. Más tarde me ordené diácono en Alemania y finalmente me ordené sacerdote el 24 de septiembre de 1983 en Nuevo Schoenstatt, Florencio Varela.
Monseñor Jorge Novak, conocido por su humildad y valentía en cuestiones sociales durante la dictadura, oficiaba mi ordenación y hoy se revisa su causa de beatificación.
SUS PASOS POR ÁFRICA
Después de algunos años sirviendo en Argentina, regresé a Münster como rector del seminario mayor y entre 2000 y 2011 fui delegado del superior regional para la Región del Padre, lo que incluía Argentina, Paraguay, Italia y Nigeria. En enero de 2014 viajé a Nigeria para apoyar el desarrollo de nuestra comunidad allí.
Desde los años ochenta, el mundo ha cambiado radicalmente. Considero que el gran reto para la Iglesia es mostrar a través de acciones que el cristianismo encarna el mejor humanismo: que la fe no es un simple “opio para el pueblo”, sino una fuerza capaz de transformar el mundo haciéndolo más humano.
Hoy, la expectativa es que se demuestre por qué es valioso ser cristiano. Es necesario hablar de Dios de manera directa; no con trivialidades, sino de un Cristo viviente en el presente.
Vivimos en una era alejada de aquella dominante cristiandad, y las nostalgias de esa época han quedado atrás.
Actualmente, ser buen cristiano es una elección consciente y personal, no solo una herencia familiar o educativa. La Iglesia no debe imponer sino plantear su mensaje de manera eficiente.
Para lograrlo, hace falta tres elementos: un encuentro personal con Cristo, una fuerte experiencia comunitaria, ya que sostener la fe en solitario es difícil, y una Iglesia que actúe como madre misericordiosa, tal como insistía el papa Francisco. “Si misericordia es el nombre de Dios, esperanza es el de los hombres”.
MENSAJE
Proponer el Evangelio con toda su radicalidad sin el respaldo de la gracia y la confianza en que siempre se puede volver a empezar, solo genera frustración. No me opongo a la moral; al contrario, tiene gran relevancia. Pero la clave no está en imponer los mandamientos de forma autoritaria. Lo que realmente transforma, como se evidencia en cada confesión, es la experiencia del perdón, la reconciliación.
A los jóvenes les sugeriría lo mismo: grandes ideales acompañados de apoyo. Tienen una misión importante; deben sentirse convocados y capaces de mejorar el país y dejar un mundo mejor. No deben renunciar a sus sueños ni rendirse jamás. Así entiende Schoenstatt: la promesa de construir el Reino de Dios entre nosotros, junto a María, en familia, como hermanos.
Disfruto mucho de las pequeñas alegrías del sacerdocio: ver a alguien levantarse tras un grave error o a un joven hallando sentido a su vida. En la confesión soy casi un testigo de lo que Dios obra. En muchas ocasiones, la gente necesita más hablar que escuchar. Y eso, en cierto modo, transforma sus vidas.
En mis ratos libres disfruto de la música clásica, los Beatles, Sui Generis y el folclore; el tango aunque soy argentino no es lo mío. En cuanto al cine, prefiero las películas históricas, me encantan las basadas en hechos reales.
Después del padre Kentenich, quien más ha orientado y facilitado mi síntesis personal es Hans Urs von Balthasar: sacerdote suizo, originalmente jesuita, erudito en integrar la Biblia con el pensamiento filosófico y una enorme riqueza espiritual. También disfruto mucho de la lectura, un libro que valoro es “Mi testamento filosófico”, del filósofo laico francés amigo de Pablo VI, Jean Guitton.
Para mí, el amor significa convertir la vida en un servicio hacia los demás. Sea en el matrimonio, en la familia, en el sacerdocio o en la profesión, siempre implica entregarse. La paz la encuentro en el silencio, en el santuario y ante el Santísimo. A quien atraviesa una etapa difícil le diría: ten confianza. Nunca pierdas la esperanza. La misericordia de Dios lo puede todo.
- “Actualmente, ser buen cristiano es una elección consciente y personal, no solo una herencia familiar o educativa. La Iglesia no debe imponer sino plantear su mensaje de manera eficiente”.