18 may. 2026

No salgas por el mundo gritando lo que eres

Por Sergio Cáceres Mercado - caceres.sergio@gmail.com

No deja de ser interesante cómo ciertas situaciones políticas desencadenan nuestras pasiones más atávicas. Vernos como sociedad reaccionando ante un fenómeno que ataca nuestras creencias merece la atención de más de un psicólogo social. Tal es el caso de la homofobia que culturalmente nos acogota y que ahora volvió a emerger con virulencia. De todas las reacciones, me llamó la atención algo en particular: aquella que se declara no homofóbica pero que sí le repugna la vistosidad con que se manifiestan los homosexuales.

A diferencia de aquel que declara con todas sus fuerzas su rechazo a los homosexuales, aquel tipo de ciudadano no homofóbico solo pide que estos hagan sus cosas en privado, que no molesten ni pidan tantas cosas con tanto ruido. Representan a una especie de realismo hipócrita que no reacciona con histeria ante algo consumado, como es el caso de nuestros parlamentarios Bóveda y Núñez y miles de paraguayos/as, sino que aceptan que la homosexualidad siempre existió e incluso admiten tener buenos amigos gays.

Un ejemplo de lo que hablo es el experimentado periodista Bernardo Neri Farina. En un artículo de opinión dice que los homosexuales que conoció “eran buenas personas” y que recuerda con cariño a sus “putos queridos” porque ellos “no perifonean su orgullo gay”. Algo interesante de esta posición es que ven las palabras gay o lesbiana no como políticamente correctas sino con una intención de “hacer más cool las cosas y a rodear los hechos con una afectación nominativa sonsa”. Me pregunto si el autor seguirá usando las palabras mongólico, niño de la calle, zurdo, etcétera, o acepta lo que proponen los estudiosos y lo políticamente correcto. Lo más seguro es que sí, pero para este caso en particular ya vemos que no.

Creo entender la posición que representa Farina, pero no la comparto. Sabemos que la condición homosexual era mucho más reprimida y estigmatizada en los tiempos de la dictadura que describe en su artículo, de ahí que no exhibieran tanto su condición y a él le pareciera que vivían “su estilo en paz” y no como ahora que se hacen “desfiles grotescos” (¿también fue grotesco aquel desfile de los 108?) y “proselitismo de su sexualidad”. Los homosexuales eran una de las tantas minorías que luego de la dictadura vieron por fin la oportunidad de reclamar sus derechos. ¿Acaso los periodistas no hemos marchado (con mucho ruido, por cierto), al igual que los campesinos, los policías, los indígenas, los obreros, los maestros y ahora las empleadas domésticas? Claro, hablar de la sexualidad es un tabú, ese es el quid de la cuestión.

El articulista comprende el reclamo de hoy, pero su prejuicio antropológico no le deja ver el bosque. Dice que en los reclamos tan vistosos “pareciera que los participantes quisieran denigrar su condición de personas” [...] “Porque al final se trata de eso: de que se ganen el respeto como seres humanos, como personas y no por cómo expresan su genitalidad”. Es al contrario, ellos fueron y son denigrados en su condición de personas por culpa de la sexualidad, por eso cuando reclaman sus derechos y el respeto de los demás muestran ese aspecto de su humanidad. ¿O deben hacerlo calladamente o en una clave misteriosa para que nuestra pacata conciencia no sea perturbada, así como la moral y las buenas costumbres?

Es preocupante la intolerancia de aquel que cavernariamente insulta a los gritos de ¡puto! o ¡tortillera! a nuestros semejantes, pero lo es más para mí aquellos que los aceptan, o dicen amarlos porque “son personas ante los ojos de Dios”, pero luego les piden que sigan escondidos, negando para los demás lo que son y sienten.

La globalización, sumada a la aceptación cada vez más creciente dela democracia como estilo de vida, exigen de nosotros más plasticidad en nuestras concepciones. Y la democracia tiene como componente la explosión de una diversidad humana antes censurada por un discurso y unas prácticas hegemónicas. No es moda, es el cambio cultural que siempre definió a lo humano.