Correo Semanal

Mutilado de la guerra

 

Mario Rubén Álvarez

Una obra de arte, cuando capta el sentimiento de un pueblo y este percibe que su alma está retratada en ella, tiene muchas y larga vida. Su autor –o autores, como en la música cuando hay un poeta y un compositor–, le insufla la vida de su inspiración y luego, como una mariposa que se desplaza en el viento, ella va haciendo su propio camino. Ese destino es independiente de la voluntad del creador o de los creadores.

En lo que ocurrió con Mutilado de la guerra, con poesía escrita por el sampedrano –de Ykuamandyju–, Rigoberto Fontao Meza y música de Emilio Bigi, se ilustran claramente esas vidas que parten de un soplo inicial y van entretejiendo su existencia con lo que les sucede en su itinerario.

Según relataba Generoso Larramendia en el libro El viaje perpetuo de los hermanos Larramendia –de mi autoría–, el texto y la música nacieron durante la Guerra del Chaco (1932-1935). Sus autores habían acudido al escenario bélico al llamado de la patria.

El director de teatro Roque Centurión Miranda estaba al frente de un elenco de teatro y música. A partir de la polca de Fontao Meza y Bigi él estructuró una obra escénica para representarla en los momentos en que las balas descansaban. La canción era el punto de partida en torno al que giraba el argumento.

“Rubito (Agustín Larramendia) fue elegido por Roque Centurión Miranda para el papel de mutilado. Él no solo buscaba cantores, sino también actores”, relataba don Generoso. “La escena –agregaba– era un hospital de campaña, un puesto de avanzada donde llegaban los heridos. Ahí estaba el mutilado de la pierna izquierda desde la rodilla. Esa pierna la ataba (Rubito) a su cintura hacia atrás, doblada. Vestía un pantalón un poco más ancho del suyo”.

Cuando cesaron de tronar los cañones, Rubito volvió a su Isla Sakã (Yegros, Departamento de Caazapá) natal con los guitarristas Teófilo Noguera y Fidelino Castro Chamorro para buscar a sus hermanos Chirole (Agustín) y Chulo (Luciano). Salieron de aquella estación del ferrocarril rumbo a Buenos Aires el 24 de mayo de 1936.

Iban de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, en un viaje que duró tres años. En cada lugar se detenían para presentar su espectáculo y ganar algo de dinero para continuar andando. Mutilado de la guerra fue su caballito de batalla.

“Muéstrenos su pierna, usted tiene pierna ortopédica o de palo, le preguntaban a Rubito (…) Lo que pasaba era que se ataba con una venda una de las piernas hacia atrás. Nadie se debía dar cuenta de ello. Causaba la admiración de la gente y había muchas preguntas”, rememoraba Chirole.

“Después de conocerle a Carlos Miguel (Jiménez) en Resistencia le cambiamos el final, que era muy triste. Todos estaban muy malheridos. El poeta actuaba haciendo el papel de médico que curaba a los enfermos. Chulo y yo, con las caras sucias, estábamos acostados en el hospital. En cada lugar, para completar el elenco, contratábamos actores locales”.

Mutilado de la guerra, en sus guitarras y en sus voces, en sus emociones, fue una compañera de viaje más. Cuando el 10 de abril de 1939 arribaron a la capital argentina, terminó su travesía de re-creaciones. La misión había sido cumplida.

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