Estos días cuando me sacan esas fotografías de los compatriotas que quieren llevarse un recuerdo mío, me están repitiendo con frecuencia “¡Sales muy serio!”.
Y no es que no me esfuerce en sonreír. Es que estos días no sé reír.
El video de los indígenas de Tacuara’i huyendo de los tiros al aire de los brasiguayos y adentrándose en el bosque, huyendo como fieras acorraladas, mientras con regocijo los asaltantes les quemaban sus chozas.
Los politiqueros del Senado apoyándose unos a otros porque si cae Carlos Portillo van a caer muchos otros.
Caer que no significa devolver la plata.
Las barbaridades dichas por Jair Bolsonaro y el sentirnos en el Cono Sur como encerrados en una jaula de barrotes del sistema neoliberal.
Las divisiones de los grupos que tenemos en el Paraguay que queremos lo mismo y que, sin embargo, estamos cada día más divididos.
Los que me entero de los que mueren “antes de tiempo” por falta de atención y medicamentos.
O que le entregamos el futuro de nuestra educación al Fondo Monetario Internacional (FMI).
Que el presidente ni trate de anular las notas reversales Cartes-Macri que nos van a privar de centenares de millones de dólares en los años futuros.
Etcétera, etcétera, etcétera…
Y pongan como telón de fondo de todo esto esa caravana de centroamericanos (niños, adolescentes, jóvenes y adultos) caminando desde Honduras, el Salvador, Guatemala por México hasta los EEUU , cuyo presidente locuaz, dicen las estadísticas, que ahora cada día dice 30 mentiras o medias mentiras.
Todos son seres humanos, hijos de Dios que merecen una atención y ayuda que nadie les da. Nos dan.
Por supuesto que sé que todos estos son males transitorios y que un día “¡Venceremos¡. ¡No les quepa duda!”.
Pero esta es la hora del sufrimiento. Y, esto (y como ser humano, y también como cristiano) me duele. Me rebela.
No hay derecho.