Fue hace unos dos años. Lo intenté, pero no pasé de las 70 páginas. Le di bastante margen, pero me aburrió mortalmente.
Hablo de Cincuenta sombras de Grey, la novela de E. L. James, un éxito de ventas antes y después de la película que se puede ver hoy en Asunción (y que no me interesa). Es que el libro no solo aburre, a fuerza de repetir sus fórmulas una y otra vez para consumo de lectores desprevenidos, sino que bajo la etiqueta de “literatura erótica” contrabandea un patrón que es absolutamente “anti-erótico”.
El denominador común de las novelas de E. L. James, Megan Maxwell, Jodi Ellen Malpas, Maya Banks, y otras “reinas” del género, suele ser la diferencia de clase que existe entre el hombre y la mujer de sus historias (a veces, también, la diferencia de edad; pero desde que hace 60 años Vladimir Nabokov escribió esa falsa y magistral novela erótica que es Lolita, eso no es lo más “atractivo”). Sus novelas están protagonizadas y narradas por mujeres “simples” y “comunes” (estudiantes, empleadas de almacén, secretarias) que son “capaces” de “volver locos” a hombres “poderosos”, y de paso así “obtener” su “liberación”. Esta pasa por satisfacer, y satisfacerse, poniéndose mediante el sexo (a menudo no “convencional”) a la misma altura de un empresario, de un abogado exitoso, de un catedrático magistral. Pero eso no raras veces es imposible, y es esa imposibilidad social la que dota de cierto espesor dramático a esas novelas, como para que no sean solo una sucesión de escenas de sexo y justifiquen su denominación: novela.
Por eso es posible aventurar la hipótesis de que dichos libros son “consumidos” con fanatismo por mujeres y hombres de la clase media, aspirantes eternos al ascenso en la escala social. Los hombres que las leen –que los hay y suelen negarlo– adoran imaginarse poderosos como el estereotipo masculino “sexy” que abunda en estos libros: machos con billetera llena y dominantes. Hablamos no de “novelas eróticas”, sino de “novelas clasistas”.
Sí leí entera la primera novela de la ex actriz porno Sasha Grey, La sociedad Juliette. A pesar de repetir ciertos paradigmas insulsos, es más honesta y con mayor vuelo literario que la de James (hay referencias al mejor cine: Godard, Welles, Bertolucci; el título es un guiño obvio al Marqués de Sade, y la prosa de Grey denota que ha leído buena literatura clásica). Me parece más erótica, más pornográfica como quería Susan Sontag, que lo que aguanté de las manidas cincuentas sombras. Y, finalmente, Grey sabe bien sobre lo que escribe.
Si quieren leer buena literatura erótica actual, lean El luminoso regalo, del español Manuel Vilas. Y, también, más Sasha Grey y menos Christian Grey.