08 may. 2026

Más allá del show

Tras bambalinas se vislumbra una vida que pareciera alejada de la normalidad. Vida accedió a un detrás de escena de los circos populares, para descubrir a las personas cuya misión es divertir a chicos y grandes, sin límites.

Circo

Revista Vida

Por Fátima Schulz Vallejos / Foto: Fernando Franceschelli.

Las luces coloridas del escenario se encienden, las sillas están listas y cada quien en su lugar se empieza a acomodar. “Bienvenido a este maravilloso espectáculo”, anuncia una voz que forma parte de esa escena que indica que la función está por comenzar.
Tras bambalinas, los artistas que tendrán que divertir a chicos y grandes, hacen sus últimos ejercicios de calentamiento, otros elevan una oración o simplemente terminan de retocar su rostro con la última pasada de maquillaje. Se arreglan sus coloridos y brillosos trajes y se alistan para salir a sorprender.
En escena todo es alegría. Los espectadores se sorprenden por esa capacidad de hacer lo que pocas personas en el mundo exterior pueden. Y es que bajo la carpa del circo hay un mundo caracterizado por la magia y la fantasía. Desde el momento en que uno ingresa al vestíbulo del predio por la puerta principal, el ambiente se transforma y traslada al espectador a un sitio completamente diferente, donde se combinan luces, colores, shows y hasta sueños de cientos de chicos.
No hay dudas de que el circo tiene un atractivo especial para todos, que no discrimina edad, sexo, nacionalidad, gustos ni condición económica.
Pero cuando se baja el telón, el show debe continuar y detrás de las funciones, la vida de los artistas continúa. Así, sin maquillaje, sin zapatos graciosos ni ropa llamativa. Y sobre todo, con los pies bien puestos sobre la tierra.


Hogar sobre ruedas

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No hay término que defina y resuma mejor la vida de circo: nómada. Los circenses no conocen los muros de ladrillos de una casa, no tienen un patio ni un jardín. Sin embargo, detrás del escenario, los payasos, el malabarista, el mago, los acróbatas y equilibristas tienen su hogar. Sobre ruedas, pero hogar al fin y al cabo.

Pocos conocen el mundo que hay detrás de esa gigantesca carpa, ese que queda lejos de las luces y de los aplausos del público, aquel donde los colores no son tan intensos. Los artistas de circo tienen una vida itinerante, habitan en remolques y estacionan su vida -y su casa- ahí donde haya tierra firme.
Es el caso de Jessica Chena, quien hace seis años decidió dejar su vida estable y su trabajo en una productora de Asunción para emprender la aventura de su vida con el circo. ¿Qué la llevó a tomar semejante decisión? El amor. Llegó a la carpa como una espectadora más e inmediatamente se encantó con uno de los payasos. Poco a poco se conocieron, se enamoraron, se pusieron de novios y convivieron. Y fruto de esa relación nació Facundo, su hijo de casi 3 años. Así que a quien tiene que culpar o agradecer es a Jorge, su marido, quien además de payaso es malabarista del circo. “Gracias a él también me volví circense”, recuerda nostálgica. Reconoce que en ocasiones extraña su antigua vida, la estabilidad, la familia, pero se aferra al presente. “A veces me dan ganas de ir otra vez a casa a establecerme y abrir algún negocio, más que nada por mi hijo, porque va a llegar el momento en que tenga que ir a la escuela y me gustaría que él pueda estudiar como se debe. Si bien en el circo hay una ley que dice que los chicos pueden ingresar a una escuela de cada pueblo donde vamos, sigue siendo algo más complicado. Pero no pierdo las esperanzas de volver”, añade. Vida de circo
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El Circo del Sol lleva más de 50 años en las rutas, recorriendo pueblos y ciudades dispuestos a divertir. Eliodoro (61), dueño, mago y presentador del espectáculo creció en el mundo del show. A los 8 años se escapó de su casa para ir con un circo que había visitado su barrio. Se fue a pedir trabajo como empleado, primero como encargado del armado y poco a poco empezó a practicar. Trapecista, payaso, malabarista, no hay un rol que no haya sido cubierto por este señor. Justamente, conoció a su esposa en un circo, a los 20 años. Ella tenía 19 y había ido como espectadora cuando él era trapecista. Y poco después, ya había montado con ella su pequeño “cirquito": una rascada, la jerga que utilizan para hablar de las funciones que se hacen en tinglados y sin carpa. Poco después, pasó a ser un circo con todas las letras, y hoy ya hace más de 37 años que la carpa del Circo del Sol no pasa desapercibida ante la mirada de quienes circulan por las inmediaciones del lugar donde esté asentado.

“Todos los Rojas nacimos en el circo”. La historia de Eliodoro es interrumpida por Yamil, uno de sus hijos que lo acompaña en los shows. “Cuando nacés en el circo, tu vida es muy diferente”, agrega el joven y deja que su padre continúe. “Tengo 13 hijos, casi todos artistas. Están esparcidos por diferentes partes del mundo. Uno de ellos está en Nueva Caledonia (una isla de Oceanía), la mayoría de mis hijas viven en España, pero ninguno vive de una forma muy distinta a esta”, expresa este orgulloso artista.
Para toda la familia, el circo es su vida. “Una vez, en J. A. Saldívar la gente estaba sentada con agua hasta la rodilla (debido a una lluvia), nosotros actuábamos sobre el escenario pero ellos seguían aplaudiendo. Situaciones así te hacen perder cosas materiales, pero todo queda tras el telón. Algunas veces va mal, llueve, hay tormenta, pero igual tenemos que trabajar. Esta es la olla grande de la familia”, agrega.
Y Yamil le da la razón. “Al público tratamos de transmitirle toda nuestra energía, los problemas se quedan atrás. Al salir al escenario, todo es alegría. La gente paga para vernos, entonces tiene que encontrar cosas buenas”.

Lejos pero cerca

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En un circo, todas aquellas situaciones que desde un punto de vista tradicional podrían considerarse extrañas, son normales. Así es como, por ejemplo, no llama la atención que los niños asistan a una escuela diferente en cada pueblo o ciudad que visitan.
Los hermanos Luján (12), Camila (10) y Juan Ángel (6), si bien nacieron en diferentes lugares geográficos, mamaron el circo desde pequeños. Ellas son contorsionistas y equilibristas y él, payaso. Su madre, Gladys Domínguez, más conocida por su nombre artístico, Soledad, trabaja desde hace 16 años bajo una carpa. “El tema de la escuela es con traslado, le pido a la directora que me de una constancia de que ellos estuvieron ahí para que cuando nos mudemos puedan iniciar de vuelta las clases. Cuando empiezan los exámenes es cuando se complica, porque tienen que terminar de rendir en el mismo lugar donde empezaron”, cuenta.
A las niñas esto no parece importarles, son conscientes de que esa es la condición de vida que llevan y disfrutan de conocer gente nueva todo el tiempo. O al menos eso es lo que dice Camila. Su hermana asiente y agrega que es divertido cuando invita a sus compañeros a ver el show, y después le preguntan sus trucos.
Más allá del ritmo de vida que puedan tener, suena lógico que el alejamiento de sus seres queridos sea una desventaja. Para matar esa añoranza, cada vez que puede, Soledad aprovecha su tiempo libre para ir a la ciudad de Pilar a visitar a su hermana. “Me voy una semana y a la siguiente ya quiero volver”, revela.
¿Vacaciones, feriados y fiestas de fin de año? “No tenemos vacaciones, nos vamos adonde nos llamen. En la época de fiestas pasamos todos juntos acá, como una familia grande, porque es cuando más se trabaja. Vienen ellos -nuestras familias- porque nosotros no podemos ir. Ahora está mi papá conmigo y cuando le extraño también le envío el pasaje a mi hermana para que pueda venir”, explica Soledad.
Sin embargo, el circo y su gente no escapan a las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías. A través de smartphones, los artistas se comunican con sus familias vía redes sociales o WhatsApp. De hecho, muchos predios de circos cuentan con su propia antena y red de wifi.

Cuarta generación

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“Nací en el circo, somos de familia circense. Mis padres fueron los pioneros en abrir la empresa y ahora quedó mi hermano, Héctor Escobar, como cabeza del proyecto. Yo comencé como contorsionista, pero ahora estoy enfocada en la locución y presentación del show”, destaca Ana Escobar, una de las herederas del Circo Mundo de las Estrellas. No se cansa de recalcar que ella nació, creció y se educó en este ambiente, trasladándose permanentemente de ciudad en ciudad.
Actualmente, ella y sus tres hermanos comandan la batuta de este emprendimiento familiar que nació hace casi medio siglo y que hoy cuenta en sus filas con alrededor de 35 personas, entre técnicos y artistas. “Acá está nuestro trabajo y nuestra casa”, dice.
Difícilmente un niño que haya nacido en el circo y cuyos padres también hayan sido criados en él, pueda desviar ese destino. Por eso es que no sorprende encontrar detrás de escena a los más chicos alistándose para el show. Es el caso de Rodrigo (18) y Abigail (9), los hijos de Ana y un fotógrafo a quien también conoció en ese ambiente.
Rodrigo es el encargado de recorrer con la camioneta el barrio donde estén asentados en ese momento, invitando a los habitantes a visitar el espectáculo. Además, es uno de los cinco motociclistas que ingresa al “globo de la muerte”. Ese enorme conglomerado de metal que expone a los valerosos artistas a demostrar su habilidad en el acto más temido por el público. Abigail es una de las acróbatas, la encargada de las divertidas y arriesgadas piruetas en la cama elástica. Los chicos aseguran que los traslados no son un problema. Ahí adonde vayan, ellos cosechan amigos. “La añoranza se queda -continúa Ana-, pero ellos llegan a un lugar sabiendo que nos vamos a quedar una o dos semanas, entonces no tienen que acostumbrarse mucho, es decir, hacen amigos a sabiendas de que en algún momento van a dejarlos. Por suerte la tecnología existe, para ayudar a paliar esa añoranza y estar siempre en contacto”.

Amor circense

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Ana, en realidad, es chef profesional y cuenta que trabajó en churrasquerías y restaurantes de la capital. Reconoce que más de una vez procuró llevar una vida “normal” para el común de la gente, aunque sin éxito. “Cuando me canso, voy un tiempo a casa, trabajo en mi profesión, me quedo cinco o seis meses, pero después busco de nuevo el circo, porque es algo que ya llevo en la sangre. No puedo quedarme mucho tiempo sin esto porque es mi vida y necesito volver a mis raíces. Para nosotros, lo complicado es hacer la vida de hogar”, confiesa. La sangre no es agua.
Un día en la vida de un trabajador circense arranca entre las nueve y diez de la mañana para hacer la publicidad correspondiente, los quehaceres del hogar y revisar cuestiones administrativas y operativas. Después tienen tiempo de descansar antes de que arranquen las funciones, que por lo general son diarias. Luego de cada presentación, el entrenamiento y los ensayos están a la orden del día. “Nuestra rutina no implica dormir temprano. Tenemos un horario más nocturno”, aclara Ana. Para ella, el único momento de estrés que encuentra en su trabajo es cuando llega la hora de la mudanza y el trabajo de armar y desarmar la carpa se vuelve una cosa de locos. Más de 20 personas se encargan de esta labor. Ellos son los responsables de que el circo esté en pie para el debut, que siempre es un día viernes. “Después vienen los artistas, que son quienes componen toda la magia del circo”, vuelve a intervenir Ana, con una sonrisa de satisfacción en su rostro. “Nuestra vida no es monótona. Siempre hay cosas diferentes para hacer y atractivos nuevos para ver. La consigna es llevar la vida con mayor alegría nomás, como tiene que ser”.

Todos juntos

Para los circenses es difícil imaginar una vida sin camaradería. “Cuando nos mudamos tenemos que ir como tren, uno detrás de otro con su casa rodante, la camioneta y los containers, pero todos juntos. Siempre juntos”, continúa Ana.
Su tráiler está estacionado en uno de los costados de la gran carpa y ahí, junto a sus hijos, tiene acceso a algunas comodidades. Antenas de televisión por cable e internet, heladera, una gran cama, cocina y todas las condiciones para vivir. Además tiene un televisor pantalla plana y un reproductor de DVD. “Acá cocinamos, lavamos ropa, hacemos lo mismo que en una casa estable”, explica. Para ellos, la vida rara parece ser esa de tener una casa donde vivir, siempre en el mismo lugar.
Una vez estacionados e instalados, hacen vida de comunidad. El tereré es un infaltable en la vida de técnicos y artistas, cuando no tienen nada que hacer o cuando están trabajando. Los cumpleaños los festejan todos juntos. “Cuando el cumpleañero se levanta, el equipo ya está encendido tocando las mañanitas, eso indica que te encargás de comprar el asado para el festejo”, cuenta Ana entre risas.
Las responsabilidades tampoco son ajenas a la vida circense. Cada quien tiene tarea que hacer, nadie está de balde. Desde la publicidad hasta visitar las radios locales, armar los equipos, limpiar y ordenar la casa, todo está bien distribuido. Cuando las labores concluyen, las luces se apagan y al fin tienen esos momentos personales para disfrutarlos como mejor les parezca. “Nuestro tiempo libre lo utilizamos para encerrarnos en nuestro tráiler, acostarnos y ver una película”, cuenta.
Uno pensará que tanto compartir y tanta amabilidad tienen sus límites luego de largas jornadas conviviendo, y que es cuando las peleas empiezan a surgir. “Pasa en las mejores familias -reconoce Ana-, pero son pequeñas discusiones más que nada por trabajo, no por la convivencia. Si es así, nos separamos un rato, nos tranquilizamos y después volvemos a hablar bien. Esta es una empresa donde trabajás y vivís, y nosotros somos conscientes de que tu derecho termina donde empieza el del otro. Acá todos hablamos con todos, no hay diferencias entre jefes y personal. Nos consideramos una familia grande, donde no hay rangos”.

Sin carpa

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“Vení, pasá pues, quiero que conozcas mi circo y a mi familia”, dice Antonio Ríos y nos hace cruzar la línea que divide el mundo real de ese de fantasía, donde los trucos están a la orden del día. A diferencia del circo convencional, el Nuevo Mundo no tiene carpa, es un rodeo (sin techo), que utilizan desde que hace tres años le quemaron su circo en Hernandarias y tuvo que empezar de cero.
“Alguien del circo Kramer me dio dos bafles para empezar de nuevo, ropa de payaso y un amplificador que me regaló doña Rosalía -Kramer-, eso me salvó. En ese momento yo no tenía nada para empezar otra vez. No tenía carpa, pero sí este ruedo y de a poco fui comprando nuevamente trapecios, volvimos a hacer rolo y malabares, por fin pude comprar la gradería y después el motocarro, con eso volvimos a hacer publicidad”, continúa.
Antes de entrar al ruedo, Antonio detiene el paso por un minuto y con el dedo índice nos señala: “Ese es nuestro remolque”, apuntando a una casa rodante, al lado de la cual hay una mujer pelirroja con una bebé en brazos y vestida como cualquier otra persona que se puede ver caminando por la calle. Es su esposa. “Nos conocimos en el circo, ella también era artista, hacía equilibrio de platos chinos y cabellos de acero”, agrega. Ahora se encarga de la boletería y de ver minuciosamente que cada cosa esté en su lugar antes del espectáculo.
Antonio vive en su remolque con su señora y seis de sus hijos. Su hogar móvil es pequeño, pero tiene todo lo que necesitan. Tantas son sus cosas que a veces no pueden llevarlas todas en un solo viaje, y deben hacerlo en dos partes. Esa casa la trasladan a cada lugar adonde les toque ir con el circo. “Somos de cada lugar adonde vamos. No tenemos casa fija, nos mudamos cada 8 o 15 días, depende del público que tengamos. Somos de acá y de allá. Todos los cirqueros somos así”, afirma.
Con cariño recuerda que se inició desde niño en el negocio del circo gracias a la influencia de Eliodoro Rojas, quien a los 12 años aproximadamente lo llevó como ayudante hasta que fue aprendiendo diferentes oficios circenses. “Mi sueño era aprender este arte y él me dio la oportunidad de cumplirlo. Hasta hoy somos amigos y le tengo un gran aprecio”, rememora.
Llegó la hora de partir, se acabaron las funciones en la ciudad y es momento de levantar campamento. Hay que cerrar tráilers, desmontar la carpa y emprender un nuevo viaje, una nueva travesía. Otro pueblo o ciudad aguardan la llegada de la magia del circo.

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