«Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emanuel, había dicho el profeta Isaías. Una humilde mujer se transforma en Madre de Dios; un pueblo casi desconocido pasa a ser la cuna del Mesías. Así actúa Dios. En nosotros, una respuesta aparentemente pequeña, llena de fe, puede convertir nuestra vida cotidiana en una gran obra divina.
Quizás en estos últimos días de Adviento nos hemos entretenido haciendo algunos retoques a nuestros belenes. Hemos movido una oveja que se había descarriado y que miraba en dirección opuesta al Niño, o hemos procurado que el musgo reseco de la pradera junto al establo adquiera un verdor más acogedor. Son pequeños gestos que queremos que sean una imagen de la fe con la que deseamos responder a las llamadas constantes y sutiles de Dios. Ven, Señor, ¡no tardes! Te necesitamos y queremos preparar con cariño tu venida.
«¿Quién podrá subir al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en su lugar santo?» Estas palabras expresan uno de los más profundos anhelos del salmista: habitar en la casa de Dios y contemplar su rostro. Sin embargo, el pueblo de Israel sabía que se trataba de un deseo imposible de colmar. Por eso nos sorprende tanto que Dios haya querido mostrar su rostro en la figura tierna de un niño. Desearíamos estos días acercarnos a Belén con dos sentimientos: la reverencia ante el misterio y el cariño que lo acoge en el calor de un hogar.
Dios ha sido mucho más generoso de lo que podría haber imaginado el corazón humano. No solo ha querido mirarnos desde el cielo con cariño y visitarnos durante un tiempo: Dios se ha hecho uno como nosotros y se ha implicado tanto en su viña que nos ha llegado a decir: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto».
«Jesús nació en una gruta de Belén, dice la Escritura, “porque no hubo lugar para ellos en el mesón”. No me aparto de la verdad teológica si te digo que Jesús está buscando todavía posada en tu corazón». Cada día gozamos de la oportunidad de seguir esta sugerencia de san Josemaría y de abrirle nuestro corazón a Jesús. La fe no se reduce a un conjunto de verdades, tampoco se trata de normas abstractas que debemos seguir.
Creer en Dios es, primero, acoger a su Hijo en nuestro interior y compartir con él toda nuestra vida. En definitiva, convertir nuestra alma en Belén. Si gracias al cariño de María y de José, y al calor de unas pocas ovejas, pudo sentirse a gusto en la pobreza de aquel establo… ¿Por qué no va a sentirse dichoso en nuestros corazones, si intentamos regalarle las alegrías y las contrariedades de cada una de nuestras jornadas?
Al contemplar al Niño de Belén, ¿cómo no estar seguros del amor que siente Dios por nosotros y de su cuidado amoroso? En todos los acontecimientos que forman parte de nuestra existencia podemos estar seguros de que Dios nos habla y nos salva.
Podemos imaginar cuánto le habrá costado a nuestra Madre ver nacer a su querido hijo en la pobreza de un pesebre. Podemos pedirle a ella que nos regale su sensibilidad y su corazón lleno de fe para que nosotros podamos percibir a Dios en todos los detalles de nuestra vida. Así como san Juan el Bautista saltó de gozo en el vientre de su madre ante la presencia de la Virgen embarazada, así nosotros nos llenaremos de alegría al recordar el nacimiento de Jesús.
( Frases extractadas de https://opusdei.org).