Para Cirila
Siempre que mi mamá viene a lavar la ropa me llavean en el sótano, desde donde escucho que mi tía le miente cuando pregunta por mí. Después de llorar un rato me entretengo jugando con los gorgojos y los túneles que los ratones hacen entre las bolsas de maíz. Hay tres, pero sólo dos se alejan corriendo hacia el pedazo de queso que yo saco de las trampas y tiro lejos para ver quién gana. De balde me encierran, porque lo mismo nomás voy a salir para verla. Aunque me peguen voy a escapar otra vez de mi casa. Yo sé que tiene una sola pieza, donde viven todos encimados, pero me gusta igual, porque en invierno voy a dormir bien cerquita de mi mamá.
Cuando murió Lucinda, la más chica, nos vinimos a Asunción; mamá le extrañaba demasiado y no se hallaba en ningún lugar; los cinco hermanos le sentimos mucho, y mi papá también, porque era linda como una muñeca con la que jugábamos todos. Pero tuvimos que mudarnos a la capital. Al principio me pareció divertido, después comprendí que las cosas iban a cambiar.
Como mi papá no conseguía empleo nos repartió entre su gente, para ayudar en el trabajo, dijo, y que nos manden a la escuela. A mí me tocó la casa de tío Antoñito, que tiene un bar con muchas mesas y un mostrador donde hay empanadas para los clientes. Mi hermano también está aquí para repartir la vianda, y para perseguirme cada vez que salgo corriendo detrás de mi mamá. Entonces me trae de vuelta dejando que ella se vaya sola.
Desde aquí abajo miro por la rendija el cable trenzado que se hamaca en la mano de mi tío. Su respiración me da miedo cuando abre la puerta y me busca en la oscuridad, hasta que me ve y me marca la espalda. Yo no sé si los chicotazos dan sueño, pero sospecho que así ha de ser, por que quedo dormida enseguida. Yo prefiero dormir, porque de esa manera se me va más pronto el dolor, y al despertarme ya me río de nuevo, mirando a Sultán que me ladra como si no me conociera.
No me acostumbro al frío del sótano, pero sí a saltar la muralla para irme con mi mamá. Le pregunto por qué no puede llevarme. Entonces me explica, con una voz triste, que cuando hay necesidad los pobres hacen así únicamente. Pero yo no entiendo. Mi tío tampoco entiende que me voy a ir aunque me rompa toda, porque lo que yo quiero es estar con ella, como antes. Cuando viene me prendo a su cintura. Entonces empieza a caminar hacia la calle, hablándome para que me distraiga; abre el portón y sale, sabiendo que su otro hijo nos va a seguir hasta alcanzarnos. Tampoco yo quiero oír que no puede volver a buscarme porque no tiene plata y mi papá quiere que me quede para ir a la escuela. Escribir es lo que me importa, dice. Siento lástima por ella, porque no sabe que siempre llego tarde a la clase si no termino mi trabajo.
La otra criada de mi tía es la preferida. A ésa le compran ropa nueva, zapatos lindos y juguetes. Le tratan como a una hija, no como a mí, que tengo que usar la blusa que me regalan cuando está vieja. En su cumpleaños, mi tía le regaló una muñeca toda vestida de rosa. Cómo quiero tener una igual, le dije. Pero ella paga su mensualidad, me contestó, con unos ojos que se cerraban en el medio, como los de un gato.
Después de eso, mi papá me trajo un muñequito negro del tamaño del dedo pulgar. Si me mandan al sótano le aprieto bien fuerte para que no se me caiga, y me acompañe en esas noches largas como el pelo de la muñeca de losa. Es tan grande que parece de verdad, mueve los brazos y las piernas como yo, pero sus ojos son azules, no como los míos, que son negros. En la casa todo es para Nela. Para mí nunca hay nada porque soy insolvente, dicen. No sé lo que eso significa, pero debe ser algo feo porque me miran como si no me vieran. Yo sólo tengo lo necesario, un cuaderno y un lápiz para la escuela. Ni merienda, ni plata me dan; después nada. Algunas veces a la salida, cuando hace calor y anoche más tarde, junto trocitos de porcelana para jugar al descanso con mis compañeras, pero casi nunca me sobra tiempo, porque si llego temprano tengo que ayudar en el bar, y si vuelvo tarde me meten en el sótano donde duermo sin cenar; pero si el sueño no me viene, una estrellita se asoma a un boquete que hay en la pared donde pongo un ojo hasta que deja de brillar y la guardo en la caja de fósforos junto con las otras para tener mi propio cielo.
No me gusta que la corra rápido, por eso quiero ganarle cuando vengo pensando que a lo mejor encuentro al lindo en la vereda para regalarle a mi mamá, pero entonces es cuando más me retraso y trabajo hasta más tarde. Aunque soy chica, me gusta limpiar las mesas del bar, para mirar a la gente que come. A veces me tienta alguna cosa dulce y me animo a sacarla de la vitrina. Si el tío Antoñito me sorprende o sospecha que falta una galletita de su negocio, saca su rebenque, y entonce sí que me duelen las piernas mucho rato. Yo le perdono todo, menos que me prohíba a volver con mi mamá. Por suerte, no todos los días son iguales. Los domingos, cuando todos salen de paseo, suelo jugar con la hija de unos vecinos ricos que me regala cosas. Una vez me dio un juego de aguja y dedal que tuve que esconder para que mi tía no me saque y le devuelva. No entiendo cómo no echan de ver lo mucho que quiero un juguete yo también.
Toda la semana me levanto temprano, limpio la casa, cobro mi paliza y lavo los platos, pero algunas veces estoy mejor en el sótano que afuera, sobre todo cuando mi tío Antoñito prepara el agua y el pasto para los camellos. Entonces, prefiero dormir aquí abajo para no sentir cómo mi prima salta de su cama y se ríe fuerte, buscando las huellas alrededor de la latona, mientras levanta del suelo el regalo que está sobre sus zapatos. Los días de Reyes son los peores para mí.
* Extraído de la Revista del Pen Club del Paraguay, IV Época, Nº 17, septiembre de 2009.
Una realidad que es frecuente en nuestras sociedades latinoamericanas refleja este cuento: la del infortunio de las criadas en casas ajenas.
Renée Ferrer
Escritora
reneeferrer@gmail.com
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