Los kupi’i son insectos mínimos, casi invisibles, capaces de engullir una biblioteca, una casa, un Palacio de Gobierno. Mastican con fervor de náufrago que recupera sus hábitos alimentarios.
No hay historia que frene su voracidad.
De a uno, son inútiles. Dado que son multitud, sin embargo, son un peligro que se encierra en un negro amasijo redondo que se hospeda en la horqueta de los árboles. O anidan en el suelo delatándose por el abultamiento en forma de barriga prominente como señal de abundante acopio de comestible.
A veces prefieren establecer sus reales en los takuru que van ganando altura a medida que aumenta la población albergada en la dura estructura blindada de barro.
El paladar de las termitas que atacan las casas se solaza con la madera, sobre todo las blandas y húmedas. Comen como si fueran un asado a la parrilla, una torta de bodas. No solo comen, sino que llevan la comida a las infinitas galerías que pueblan sus viviendas-laberinto.
Además, se alimentan con tanta diplomacia que dejan intactas las apariencias de muebles, soleros y sillas abandonadas . Cuando el dueño de casa se da cuenta de la acción de su devastadora mandíbula, muchas veces ya es muy tarde. Los recuerdos de familia y los documentos guardados con puntilloso celo ya fueron pasados a la categoría de curubicas repartidas en millones de estómagos insaciables.
A veces muestran sus huellas al dejar visible una línea amarronada de protección para circular en su interior. Otras veces, brotan de los agujeros de la pared, de las grietas del techo, de los huecos del piso.
En corto tiempo, invaden la vivienda. Se las desaloja de un ámbito y aparecen en otro. Las batallas se vuelven luchas desiguales. Como si hubieran sido discípulos de Tsun Tzu, conocen todas las estrategias para ganar la guerra.
El engaño es su arma principal. Cuando se les persigue a sol y a sombra, con lo terreno y lo divino, con agua caliente y químicos, se repliegan, se echan a muertos, se callan y esperan algunos meses para volver al asedio.
Ahora que la Presidencia de la República va a llamar a una licitación para eliminar las termitas del Palacio de López, se me ocurre que los kupi’i que no se sacian nunca son una metáfora de los políticos que –salvo alguna casi inencontrable excepción– han gobernado el país.
Como ellos, individualmente, no son una cifra ponderable. Juntos –aun cuando no sean del mismo partido, aunque sí con los mismos propósitos– son una constante amenaza.
Colocados en cualquier puesto, son afectos a la gula a costa de la pobre gente que sigue pobre mientras ellos van aumentando el tamaño de sus pantalones y de sus bolsillos.
Cuando la opinión pública desnuda sus asaltos al erario público, retroceden por algún tiempo para regresar munidos de un hambre mayor. Conocen todos los trucos de la supervivencia en el poder.
Pese a los tímidos intentos de dejarlos fuera del ruedo, hasta ahora, siguen masticando al Paraguay a su gusto y paladar.